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Once años de prisión para un inmigrante rumano por abusar sexualmente de su hija y obligarla a pedir en la calle

La Sección Sexta de la Audiencia Provincial de La Coruña, con sede en Santiago, ha condenado a un hombre a once años y tres meses de prisión por agredir sexualmente a su hija cuando era menor de edad, golpearla habitualmente en el ámbito familiar y forzarla a ejercer la mendicidad. Por estos dos últimos cargos también ha sido condenada la madre de la joven, a dos años y nueve meses de cárcel. Ambos no podrán acercarse a su hija a menos de 300 metros durante catorce y cuatro años, respectivamente.

El relato de los hechos que recoge la sentencia de la Sección Sexta, que publica el diario ABC —y de la que ha sido ponente el magistrado Ángel Pantín— sobrecoge. Se considera probado que el padre, de nacionalidad rumana, forzó a su hija a abandonar la educación secundaria tan pronto sobrepasó la edad obligatoria de escolarización, para forzarla a mendigar. La trasladaban diariamente desde Padrón, donde vivía la familia, a distintos supermercados de Santiago de Compostela, la dejaban allí sola, «siendo recogida por sus progenitores a la noche, a quienes entregaba el dinero obtenido».

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«Iba de forma habitual, diaria», relató la joven durante la vista oral. Había empezado a mendigar con catorce años. Sus padres «no le admitían que se negase, y le decían que tenía que ayudar así en casa». Los viernes «la llevaban a mendigar toda la mañana, porque por la tarde tenía que ir a clase«. Sus padres alegaron en el juicio que esto lo hizo «porque ella quería».

A punto de cumplir los 18 años, el padre le dijo que «estaba yendo a un psicólogo porque estaba enamorado de ella, que eso estaba afectando a su salud, y que el psicólogo le había dicho que lo hablara con ella». «Por el bien de la familia», el padre le dijo que «reconsiderase» tener «relaciones sexuales» con él, y empezó una suerte de «chantaje» psicológico. Llegó a decirle que si no había sexo entre ellos, él consideraría suicidarse. La sentencia recoge que el progenitor no forzó mediante la violencia física a su hija, pero sí que se valió de su posición de superioridad en el seno de la familia para lograr su propósito: mantener relaciones no consentidas con su hija.

El relato de los hechos se torna sórdido. El padre la recogía en el coche allí donde la menor mendigaba «y la llevó a un descampado», posteriormente en el vehículo y en una ocasión en el propio domicilio familiar. La sentencia da por probadas las relaciones sexuales con penetración y otras de índole oral. «En varios o muchos de estos encuentros, ella lloraba o pedía a su padre que parara o no siguiera«, lo que podía suceder, o no. El condenado negó en el juicio que esto hubiera pasado nunca.

Golpeada tras confesar

La joven nunca se lo relató a su madre. Pero en un viaje de la familia a Rumanía, reveló su secreto a una tía paterna, que sí se lo trasladó a su madre. Esta no dio crédito en ningún momento a lo que contaba su hija, que «entre lágrimas le dijo que era verdad, y entonces su madre cogió su chancla y le pegó con ella, porque no la creía«. La madre forzó a la hija a grabar un audio diciendo que se había inventado sus acusaciones contra su padre.

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En el informe pericial, se hace constar las secuelas psicológicas que estos hechos han tenido en la joven, que abandonó su hogar al poco de cumplir la mayoría de edad, y se refugió en un centro de acogida, donde sus responsables fueron poco a poco conociendo las crueles vicisitudes de su vida. Tampoco era ese domicilio un hogar feliz. «Era habitual, prácticamente a diario, algo que pasaba 'desde siempre', que sus padres les pegasen» tanto a la joven como a una hermana. «Los golpes se producían por el modo en que la víctima hacía o no hacía las tareas domésticas u obligaciones que sus padres le imponían», y en ocasiones «por no haber obtenido mendigando las cantidades que le exigían». Su madre se valía «de una zapatilla o del palo de una escoba», empleando su padre un cinturón. Después »las encerraban en el baño o mandaban que se quedaran debajo de la cama«.

Los magistrados consideran «común» que nadie del entorno familiar tuviera constancia de los abusos del padre hacia su hija, que aún hoy «sufre un trastorno de estrés postraumático como resultados de las vivencias experimentadas durante la convivencia familiar, un ambiente de agresividad, en el que los golpes e insultos se producían con frecuencia«.

Fuente original: ABC

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Autor: ABC

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