... Y el último que apague la luz

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Las Elecciones Europeas certificaron en las urnas lo que es un cisma social a voces. La polarización del voto a nivel continental y la radicalización del espectro ideológico a gran escala. Se acabó la luna de miel sempiterna del último medio siglo entre conservadores y socialdemócratas.

Ya nada volverá a ser como antes.

En España, las urnas certifican el enésimo varapalo de los partidos identitarios (o mal llamados patriotas), todos aquellos que el Sistema etiqueta abiertamente como del ala extrema derecha: mientras Europa gira y se lanza en brazos del euroescepticismo y el sentimiento nacional liderado por Marine Le Pen (que obtuvo el mejor resultado de su historia en Francia con un 25% de los sufragios) en nuestro país la ultraizquierda de PODEMOS, liderada por el radical Pablo Iglesias y aupada por la tela de araña del lobby de medios progresistas, se abandera como la gran triunfadora de la noche, con más de 1 millón de votos en su puesta de largo oficial. Ya es el gran canalizador del descontento nacional, el 'monstruo' perfecto de la crisis y sus devastadoras consecuencias.

Y es que el mapa político nacional arroja unos resultados absolutamente atomizados: la mutación independentista de los antiguos nacionalistas de CIU y el proceso por el 'dret a decidir' lleva en volandas a Esquerra, por primera vez desde la II República (hace más de 80 años) a ganar las elecciones en Cataluña. Artur Mas se ha metido, solito, en un peligroso callejón sin salida, radicalizando a marchas forzadas su discurso y convenciendo al electorado que, para marcharse de España, siempre y en cualquier caso, es mejor votar al formato original. ERC sigue defendiendo el soberanismo y la independencia desde los años 90. Ha sido Convergència i Unió la que echó gasolina a las llamas cambiándose de bando.

En Vascongadas, el PNV aguanta con pinzas el arreón de los proetarras de Bildu, que se imponen holgadamente en dos provincias y se consolidan como una peligrosísima alternativa de Gobierno regional. Los separatismos más radicales son los grandes beneficiados de la dispersión generalizada de las urnas, el castigo general a PP y PSOE y el hartazgo frente a la casta política de una democracia que se desangra.

Nada es consecuencia de la casualidad, y la pésima gestión de los últimos diez años es ahora la madre de todos los desmanes. La deserción es generalizada, la desafección frente a todas y cada una de las instituciones del Estado (incluida la castigada y atomizada Casa Real) global, y la catarsis nacional reflejo del malestar social que unos y otros se han ganado a pulso. Se acabaron los tiempos de las medias verdades, los lenguajes 'políticamente correctos', el talante zapateril y los sobres de Bárcenas con olor a naftalina.

Con la desaparición física de Adolfo Suárez el pasado mes de Marzo, parece que España dijo metafóricamente mucho más que adiós al primer presidente de la Transición. El Duque, que curiosamente empezó a perder la memoria con los primeros años de Gobierno de ZP, aquel fatídico 11M del 2004 que cambió para siempre nuestra historia (caprichos del destino), ha cerrado para siempre una etapa que empezó con la muerte del General Franco y que ha ido diluyéndose paulatinamente víctima de su propia metástasis de putrefacción.

En nuestro país no sólo tenemos la caótica situación política previa a 1936 (con victoria en las urnas de ERC incluida) sino que un hipotético Frente Popular de izquierdas (con Podemos a la cabeza) ganaría con total probabilidad unas futuras elecciones generales. Designios de la providencia, lo más preocupante es que, casi ochenta años después, ahora también se han quedado sin enemigo.

Edgar Sánchez Agulló | Director Editorial de Mediterráneo Digital

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