Juegos Olímpicos: la mano que mece la cuna

Siempre fue un peligroso cóctel de sensaciones el mezclar política y deporte. Los Juegos Olímpicos de Londres 2012, escaparate al mundo de los mejores atletas internacionales de todas las disciplinas se han erigido en el enésimo y más candente exponente de la incompatibilidad de sensibilidades entre unos y otros; ahora, ya no sólo se trata de representar con más o menos atino países o nacionalidades supuestamente emergentes; en la nueva realidad 2.0 el todopoderoso COI se permite incluso la licencia de prejuzgar abiertamente hasta las ideologías políticas y vitales de sus propios competidores: hay que acotar el campo y marcar sin pudor la dirección en la que puedan o no expresarse todos aquellos que quieran llevarse su parte del pastel. Antes de bajar del avión, hay que aceptar las reglas del juego.

Un paso más allá rumbo al Universo Gran Hermano que con tanto acierto reflejó George Orwell en su novelada y premonitoria 1984. Después de ni siquiera dejar participar en la cita universal por antonomasia a la atleta griega Voula Papachristou (campeona de su país en la disciplina de triple salto) por unos más o menos desafortunados comentarios en Twitter mezclando el siempre peligroso binomio entre negros y mosquitos, la gota que al parecer ha colmado el vaso de los gurús guardianes del código de lo políticamente correcto ha sido la supuesta relación entre una componente del equipo nacional de remo alemán, Nadja Drygalla y su pareja, un militante político del Partido Nacional Democrático (NPD), formación de tendencia abiertamente nacionalsocialista. La campeona teutona ha sido gentilmente 'invitada' por su Federación a hacer las maletas y volver a casa.

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Y es que parece ser que el propagandeado espíritu olímpico del Barón de Coubertin, del que tan socarradamente se llenan la boca (y los bolsillos) durante cuatro años los representantes internacionales de una organización hermética, corrupta y politizada hasta la médula, que aboga y se sustenta sobre los valores universales del deporte de la competitividad, el respeto y la tolerancia hacia el prójimo, se rompe en mil pedazos cuando se corre mínimamente el riesgo de poner en entredicho los multimillonarios contratos con los que las grandes marcas del primer mundo acaban por pagar y sustentar el chiringuito de naciones por antonomasia.

No entra en el guión prestablecido que los grandes lobbys económicos de Occidente, con firmas y gigantes omnipotentes a nivel mundial como Coca-Cola, Pepsi, McDonalds, Sony o Microsoft, guiados por la siempre omnipresente y perpétua mano negra que mece la cuna, acaben por encumbrar de oro a los que tienen la osadía de morder aquella que les da de comer. Hay muchos miles de dólares en juego. No se trata de una cuestión de ética, moralidad o deporte: si así fuera, no se dejaría participar a las naciones que privaban a las mujeres de competir en sus delegaciones, o a países como China, Corea del Norte o Israel, que siguen abogando y ejerciendo impunemente la tortura y la más vil y mortal de las represiones. Como popularizó la familia del inolvidable Don Vito Corleone en la obra maestra por antonomasia de Francis Ford Coppola, la mítica El Padrino, 'no es nada personal, son solo negocios'. Y en estos, como en casi todos, siempre gana la Banca.

Vistan con sus mejores galas y denle santa sepultura al espíritu olímpico. Descanse en paz la versión siglo XXI de los antiguos juegos de los inmortales griegos, padres morales de nuestra civilización. Aquí, y ahora, se compite a otra cosa. Para desgracia de muchos, y festin de unos pocos, los cinco aros olímpicos han perdido todo su simbolismo de sangre y fuegopara señalar únicamente aquel círculo vicioso por el que todo el que quiera pan debe irremediablemente saltar. Mucho más que la antorcha se apagó en Europa con los recordados Juegos Olimpicos de Berlín de 1936. De coronas de laurel a medallas de oro manchadas por el pestilente aroma de la más absoluta ignonimia.

Que se quiten las caretas y les regalen directamente La Torah...

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