España de luto: ¡se nos muere la Duquesa!

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¡Se nos muere la Duquesa! María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, cinco veces duquesa, dieciocho veces marquesa, veinte veces condesa, vizcondesa, condesa-duquesa y condestablesa, nombrada nada menos que catorce veces Grande de España. Supera en títulos nobiliarios a la propia Casa Real española. Le pasa la mano por la cara en reconocimientos eméritos a la mismísima Isabel II de Inglaterra. La intelectual Oriana Fallaci llegó a afirmar, sin miedo a equivocarse, que si ambas coincidiesen en una puerta, la Duquesa siempre tendría preferencia. 

Según los viejos cronistas de palacio, expertos en dinastías, epopeyas y caspa real, es la única católica del mundo que no se vería obligada a arrodillarse ante el Papa de Roma, o que incluso gozaría de bula vaticana para poder entrar, por aquellos azares desconocidos del protocolo, a lomos de un caballo blanco en el sagrado altar de la Catedral de Sevilla. ¡A quién no se le habría ocurrido!

Los medios de comunicación, que han seguido 'minuto a minuto' su larga agonía, nos regalarán, durante días, especiales, entrevistas, reportajes, crónicas, contra crónicas, debates, largometrajes, horas y más horas de programación ininterrumpida, sobre la obra y milagros de una aristócrata que ha derramado sus 88 años de vida entre palacios, fiestas, subastas de arte y una colección inenarrable de títulos nobiliarios.

Aportaciones patrióticas a su querida España, las justas. Donaciones culturales o económicas para la posteridad, más bien escasas.

Que sigamos vistiendo de santos a todos aquellos que llegan hasta nuestros días sin más mérito que el de conservar, vía ADN, el linaje hereditario de la burguesía, demuestra que continuamos viviendo en una sociedad totalmente involucionada y carente de amor propio. Que adoremos y guardemos pleitesía sin disimulo a los descendientes de una nobleza que se dedicó a someter, saquear y exprimir durante siglos a nuestro pueblo, que castigó a varias generaciones de españoles, que envió por decreto (siempre a los hijos de los demás) a cruentas batallas sin vencedores ni vencidos, y que se repartió la tierra a su gozo con el único anhelo que el de su propio beneficio, dice muy poco de un país y unos ciudadanos carentes de dignidad, con nulo respeto a su pasado, y que siguen guiados, en pleno siglo XXI, por una 'casta' que los seduce a su antojo como una inmensa y pestilente masa de borregos multiforme.

Me avergüenza profundamente ser contemporáneo de una sociedad, compañero de trinchera de unos profesionales, que vuelcan todas sus ansias en el todo vale, en el postureo para la eternidad, obviando y tapando con un tupido velo (por aquello del más de lo mismo), nuestras flagrantes carencias en sanidad, educación, la atención y el respeto a nuestros mayores o la sangrante cara de la pobreza infantil, mientras sigue iluminando el foco a los últimos suspiros de la crónica de palacio.

Me contaba en cierta ocasión mi abuela, mujer de origen humilde pero con una vasta y arraigada curiosidad intelectual que, coincidiendo con la visita del Rey Alfonso XIII a la Ciudad Condal, una castañera de La Rambla, a las puertas del Liceo, donde se congregaba toda la burguesía de la época, viendo deambular a las señoronas ataviadas con sus lujosos abrigos de visón, sus pieles o sus despampanantes joyas, en el punto máximo de esplendor y ostentación social, obnubilada por lo que presenciaba a su alrededor, exclamó sorprendida: '¡Qué bien vivimos en Barcelona!'. Un titular que llevó a sus páginas el recordado semanario 'Blanco y Negro' madrileño. Curiosamente, la venerable anciana, en pleno invierno, se cubría del frío con un mísero pañuelo y unas gastadas sandalias de esparto.

Mientras se sigan muriendo pobres en cualquier esquina de la ciudad; mientras siga existiendo una sola familia que no tenga un plato de comida que llevar a su mesa; mientras un sólo español no pueda acceder a una educación o atención sanitaria digna, es una ofensa al más puro sentido común que, personajes sin más meritocracia que el haber nacido en una cuna de oro, crezcan, vivan y se vayan entre nubes de colores y hurras de algodón. Vergüenza ajena de un sistema que alenta la desigualdad más abusiva y unos ciudadanos que continuan a perpetuidad aborregados en su poltrona. Y encima de palmeros, les ponemos la cama.

Tocarán a duelo las campanas de la Catedral de Sevilla y desencadenarán el pistoletazo de salida a la cruenta batalla fratricida por el reparto de su millonaria herencia. Que descanse en paz Cayetana y Dios la reciba y la juzgue en su justa medida. Acostumbrada a los azares que le regaló la vida, a los lujos que le deparó la posteridad, no sabemos si el Más Allá le gustará.

Edgar Sánchez Agulló. Director Editorial de Mediterráneo Digital

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