El patriotismo español del siglo XXI: entre Facebook y la náusea permanente; por Edgar Sánchez Agulló

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Asistimos estos días impávidos, con un cierto cariz perdido entre la desafección habitual y algunas gotas de indiferencia a la no por previsible menos sentida autodisolución del enésimo proyecto revolucionario que, en los últimos años, intentó enarbolar bandera en el panorama político patriótico-identitario de nuestro país: la Mesa Nacional por la Revolución.

Uno de sus miembros fundadores y 'alma mater' de la organización, el prestigioso abogado castellano Nacho Toledano, era a última hora de este miércoles de ceniza el encargado de hacer pública el acta de defunción oficial de una Mesa que tuvo visos de ser nacional... y acabó por convertirse en poco menos que tresillo de saldo.

Desaparecía así apenas diez meses después de ver la luz, un ilusionante proyecto que despegaba en apogeo de la primavera del 2011 con la utópica voluntad de aglutinar falangistas, patriotas, viejas y nuevas glorias del nacional-sindicalismo, militantes revolucionarios y nombres propios llegados a lo largo y ancho de nuestras fronteras, convocados en pos y alrededor de un mismo objetivo en común: luchar por una España mejor que legar a nuestros hijos.

Al final, y como viene siendo tónica de costumbre, no ha podido ser. Razones hay muchas, y tiempo habrá para analizarlas en profundidad y tomar buena nota. Como apuntaba ayer en su columna habitual mi compañero de trinchera y sin embargo amigo Nacho Toledano, "resulta evidente que nuestras circunstancias personales –nuestras vidas privadas- constituyen un lastre intolerable en nuestra actividad política. Nuestras carreras profesionales obstaculizan el ejercicio de nuestra vida pública. Nosotros somos revolucionarios a tiempo parcial. Personas que –sumidas casi siempre en los vendavales de lo humano- no pueden dedicar todos sus esfuerzos y energías a la consecución práctica de su visión del mundo. Una especie de políticos por horas incapaces de transformar la sociedad no sólo por falta de medios materiales o humanos sino –sencillamente- por falta de tiempo concreto para poder hacerlo. Mucho se ha venido hablando sobre esta cuestión. Yo me cuento entre los que creemos que la verdadera Revolución del nacionalsindicalismo empezará –precisamente- el día en el que podamos contar con una veintena de agitadores profesionales -y liberados- que, no teniendo otra cosa que hacer, se dediquen a extender y a consolidar nuestros núcleos activos a lo largo y ancho de España".

Y no le falta razón al bueno de Nacho.

Sin embargo, y si se nos permite el dardo, sin más voluntad y mayor notoriedad que la que nos atribuye y confiere el altavoz desde esta tribuna mediática de prensa rebelde y contra-sistema (que no es poca) hay circunstancias que van mucho más allá de las simples 'personales' o de tan socarradas ya cansinas de falta de compromiso habituales.

El intrínseco afán de protagonismo hispano, la envidia enquistada que se mueve y nos guía en cada uno de nuestros actos, la permanente dosis de personalismo a la que, contra más torpe más se persigue y la siempre presente animosidad perpetua, nos está matando desde dentro. Aquí, no nos unimos para sumar: nos sentamos en bloque para figurar. No buscamos formar un gigante entre mil enanos; queremos ser el enano bajo el que crezca el gigante. Somos tan absolutamente inútiles (con perdón de la expresión) que no llegamos al campo de batalla porque ya nos hemos descuartizado entre nosotros en las trincheras.

Mientras España se desangra víctima de la desafección, el paro, la corrupción y una crisis económica sin precedentes; cuando nuestro país más nos necesita, cuando la calle nos reclama entre voces y gritos desgarrados, seguimos perdiendo el tiempo enroscados de manera perenne entre debates perpetuos sobre si son galgos o podencos.

Señores, hasta que aquí y de una vez por todas se dejen al margen personalismos de opereta; mientras no abramos las puertas de nuestro club de tertulia para ser parte de un gran ente común, hasta que no nos entre en la cabeza que el verbo a conjugar no es el YO sino el NOSOTROS, en España, por mil y una mesas nacionales o falanges versión XXL que se quieran constituir sobre fuegos de artificio, no hay vida más allá del chiringuito político.

Cuando nuestros vecinos europeos afloran la lanza y, entonando La Marsellesa, aúpan al Frente Nacional de Marine Le Pen hasta los Campos Elíseos, en España seguimos con el sainete en mano en cerrada y permanente masturbación política constante, mirándonos al ombligo de manera empezinada y resolviendo la ecuación al revés: no es de fuera hacia dentro... sino desde dentro hacia fuera. Hasta entonces, por mal que nos pese a muchos, y por más buena voluntad que se presuponga a unos pocos, no hay vida inteligente más allá de los debates necrológicos sobre Divisiones Azules y héroes de zarzuela.

Afortunada fue la Providencia contextualizando a los grandes tótems políticos del nacionalismo español a principios del siglo pasado. Si la contienda llega a retrasarse hasta nuestros años, o si la generación actual hubiese sido contemporánea de la victoria en las urnas del Frente Popular, aquí todavía se estaría discutiendo entre gritos quien toma el mando y se pone al frente del Alzamiento Nacional.

Los patriotas, tan admirados antaño, se han acabado convirtiendo en una sarta de ovejas sectáreas que siguen a ciegas al líder con fervor mesiánico. Más allá de Facebook, Twitter y las mil y una redes sociales, el españolismo se pudre guardado en una vieja guardilla entre polvo y ladillas.

El patriotismo del siglo XXI no existe más allá de un mísero enlace de Facebook. Hemos cambiado soldados por friki-fachas; líderes de postín por dirigentes de opereta y gentes fieles y leales por un atajo de traidores y miserables egoístas incapaces de dejar de mirarse permanentemente al ombligo.

Permanezcan en la memoria épocas gloriosas en la que nuestros militantes eran admirados incluso más allá de nuestras fronteras por hacer toda una forma de vida de su devoción y amor a una bandera. Hasta entonces y para siempre, Descanse en paz, España.

Carta Editorial publicada el 7 de Marzo de 2012 por Edgar Sánchez Agulló en Mediterráneo Digital

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