El mito del nacionalismo catalán y la tierra prometida

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Edgar Sánchez Agulló | La Generalitat proclama estos días a los cuatro vientos el viejo anhelo independentista del nacionalismo catalán: la panacea de la tierra prometida, el estado de estados, volver a levantar fronteras donde durante siglos solo han existido lazos. La paradoja del país soberano en la Europa sin banderas. La tierra de nunca jamás que convertirá al pequeño principado en la cuarta potencia económica de la gran urbe continental.

A los tan dados y propensos a expandir supuestos certificados de catalanidad, les resultará cuando menos contradictorio que quien humildemente suscribe estas líneas (ahora que parece estar tan y tan de moda adoptar y sacar en procesión bajo palio turbantes con estelada) pueda alardear sin pudor de un arraigo generacional a este país que va más allá de los últimos 150 años. Tatarabuelos, bisabuelos, abuelos, padres y hermanos. Difícil toparse con un barcelonés tan auténtico más allá de la barretina y el pa amb tomàquet. Mi lengua materna es el catalán, que hablo, siento, pienso y he transmitido (de momento) a mi único hijo varón. Imagino que tan intachable currículum nacional me confinará, cuanto menos, una mínima potestad moral para aventurarme a poder opinar sin miedo a ser tachado de ese charneguismo tan aniquilador que, los mismos que lo alimentaban a mediados de los 60 para señalar sin pudor a extremeños y andaluces, denostan ahora para abrazar a los recién llegados allende los mares del sur. Cosas de la multiculturalidad y el progresismo tan endémico del siglo XXI.

Decía Albert Camus aquello de "amo demasiado a mi país para ser nacionalista"... y quizás podríamos conferirle valor de epístola. El nacionalismo, entendido como amor fraternal a tu región, a una tierra, a la historia vital de todos y cada uno de nosotros, no se cura ni se transforma a base de sumar kilómetros a la retina: al estar lejos de casa, aprendemos a quererla, a respetarla, a añorarla y a admirarla por todo aquello que la hace tan distinta al resto. Renegar de nuestra esencia vital sería una traición moral a la altura y tan anti natural como querer extirparnos de raíz el ADN de nuestra propia memoria genética. No he dejado un solo día de pensar en mi ciudad, en mi pequeña patria, en mi gente. Y cuanto más te alejas de ella, más cerca la sientes.

Resulta sin embargo cuanto menos paradójico que, todos aquellos que hablan sin paliativos y con mayor celeridad de las maldades de una España opresora, que nos roba, aniquila y saquea desde hace siglos sin compasión son, en su basta mayoría, los mismos que jamás, han cruzado ni puesto un pie más allá de sus imaginarias fronteras nacionales. El odio endémico a un Madrid tenebroso que nos aplasta y fumiga incondicionalmente sin haber siquiera pasado por la capital del Reino. Y uno, que es más barcelonés que el monumento de la Sagrada Familia, no puede sino evitar sonrojarse al pensar que nunca, en ninguna ciudad, y en ocasiones siquiera en la propia, se ha sentido mejor acogido y más atendido que en la villa del oso y el madroño. Allá donde se empeñan en marcar como fuente de todos nuestros males los expendedores de certificados de catalanismo con turbante.

Que aplicados gurús del nuevo nacionalismo tengan la desfachatez o pretendan explicar, ahora que resuenan de nuevo tambores de guerra electorales, las bondades de un supuesto Estado independiente con una partida de nacimiento de origen saguntino (para los no viajados, en la comarca del Campo de Murviedro, provincia de Valencia) me entrecorta los sentimientos y se asemeja al descalabro e indignidad de alardear de enseñar la mejor receta del cuscús confinados en un poblado de haimas. Los nietos de la opresora y durante siglos cancerígena burguesía catalana que, después de exprimir hasta la extenuación (y sin atisbo alguno de compasión) a sus propios compatriotas, pretenden ahora alcanzar las cotas del pleno poder soñado enarbolando colores y banderas de utópicas cruzadas nacionales. No hay nada más fácil que movilizar por los sentimientos a una masa desangelada que sigue huérfana de referentes políticos y morales. Una ironía paralela a la de esos comunistas que continúan llevando sus inmensas fortunas a bunkerizados paraísos fiscales.... no vaya a ser que a alguien le de por repartirse el pastel. Un debate falso y a todas luces politizado que, como último as en la manga, juegan ahora los que no tienen respuesta para aquellos desheredados que les preguntan como poder llegar a fin de mes. La panacea de la tierra prometida; el tan poético como utópico camino a Itaca.

Deberían estos días nuestras instituciones tomar buena nota y repartir octavillas con el famoso cuento de los Hermanos Grimm y la vieja fábula del Flautista de Hamelín, no vaya a ser que a más de uno, siguiendo con fe ciega los albores de una supuesta melodía celestial, y previo paso por las urnas, le de por despeñarse fratricidamente por un terrible precipicio sin retorno. Al final, y para moraleja completa del envite, el venerado protagonista se marcha de la ciudad llevando hacia el peñasco a la terrible plaga. ¡Qué bien narraban las atrocidades de la Guerra Civil las mesiánicas familias catalanas de los años 30 desde el confortable salón de un exilio parisino! Los trajes de lino cubano nunca han sido compatibles con el polvo de una trinchera en el camino hacia la libertad. En el mundo real, como en la moraleja de la famosa fábula, las ratas son siempre también las primeras en querer abandonar el barco.

'El nacionalisme es com un pet, només li agrada a qui se'l tira', Josep Pla, escritor catalán del siglo XX

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