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Mié07242019

Última actualizaciónMié, 24 Jul 2019 12am

El Duque republicano; por Edgar Sánchez

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Ni los más incondicionales defensores de los albores de la República podían soñar con un panorama más utópicamente tricolor en la tercera reinstauración borbónica de nuestra historia contemporánea. Si fueron necesarios sendos golpes directos a las estructuras de Estado para mandar al exilio a la Monarquía española durante dos siglos consecutivos, la Casa Real del nuevo milenio se tambalea víctima de sus propios excesos, condenada por la desconfianza generalizada de un pueblo que dejó de creer en cuentos de hadas y dinamitada sin contemplación, desde dentro, por un prole de falsos cortesanos que, cuan caballo de Troya desbocado, han acabado por hacerle el trabajo sucio a varias generaciones de nostálgicos republicanos.

Un Rey al que cacerías de elefantes y amantes con bolsos de Louis Vuitton borraron de un plumazo décadas de 'campechanismo' mal entendido; una Princesa de Asturias divorciada, adicta a la cirugía plástica y a la que continúan visitando cada vez más asiduidad, como en el cuento de Dickens, los incontrolables fantasmas del pasado. Una infanta sin marido, a la que sigue entre mentideros la leyenda negra sobre peligrosos comportamientos no adecuados y un yerno que, convertido en involuntario protagonista de toda esta historia, va camino de salir bajo palio en cuanto se inicie la próxima y anunciada detonación de Palacio.

España no se aguanta por ningún lado. El paro se ha desbocado. La desafección social llega a cotas inimaginables hace tan solo unos años y el Gobierno de turno (surgido del pestilente cáncer del bipartidismo y la partidocracia constitucional) nos sigue poniendo parches de improvisación entre la espada de Damocles de Bruselas y los preocupantes síntomas de ebullición nacional. Solo la falta de un referente sólido y siete décadas de aborregamiento patrio evitan que en nuestro país haya un estallido global sin precedentes. La cada vez más patética imagen del Monarca, hinchado, irascible, tambaleante y sujeto casi con pinzas en cada aparición pública, entre legiones de médicos, gafas de sol y muletas de última generación, es la metáfora perfecta de un país que hace aguas por los cuatro costados, ahogado entre sobres de dinero negro y políticos con cuentas en Suiza. Ninguno se quedará aquí cuando esto pete.

A los Borbones se les acabó el crédito de más tres décadas de normalidad, cercanía y supuesto campechanismo. En cuanto el hambre entró por la puerta de la ciudadanía, las convicciones monárquicas, impuestas con calzador y afianzadas para la posteridad la noche del histórico (y todavía no esclarecido) intento de Golpe de Estado de 23F, saltaron imparables por la ventana. Lo que, sin quererlo, amarró para siempre Tejero, lo desató Urdangarín inmerso en una bacanal de sensaciones y pagos descontrolados de comisiones. La monarquía ha pulsado el botón de detonación de su propia metástasis y esto ya no lo salvan ni penitencias de perdón y arrepentimiento público ni afamados intentos a la desesperada de lavado de cara en forma de psicodrama. La ciudadanía está harta.

Harta de una casta política que sigue repartiéndose los cargos y a la que solo preocupa la papeleta de turno cada cuatro años; harta de los escándalos de corrupción, del mamoneo, del quítate tú para ponerme yo y de la pestilente soflama de un sistema en el que las ideologías se dictan desde Bruselas a golpe de talonario. No es una crisis institucional; estamos al final de una forma socio-política de entender la vida. Un punto de inflexión en nuestra historia contemporánea en el que ya nada volverá a ser igual después de la gran recesión global de la democracia occidental.

Como recordaba hace apenas unos días en un conocido programa de debate televisivo el laureado dirigente comunista Julio Anguita, dos veces se marcharon los Borbones de España. La primera, con el golpe de estado del General Prim; la segunda, con la proclamación unilateral de la República tras los resultados de unas elecciones municipales. Si a la tercera va la vencida, que vayan guardándoles sitio bajo palio a Iñaki Urdangarín y a Doña Letizia entre los grandes mitos del republicanismo patrio. O mejor, que le pongan al yernísimo una estatua en pleno centro de Madrid o en el corazón de Barcelona señalándonos a todos el camino hacia la libertad. Al fin y al cabo, y a diferencia del monumento a Colón, al bueno de Iñaki no le hace falta dedo: ya viene de casa empalmado.

Edgar Sánchez Agulló, Director Editorial de Mediterráneo Digital

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