Bienvenido Señor Ébola; por Edgar Sánchez

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Nos decían que 'no existía ningún riesgo para la salud', que no debíamos 'alarmar a la población', que la posibilidad de un contagio de Ébola en España era 'absolutamente remota' y que su propagación, sorteando las estrictísimas y 'ultra desarrolladas medidas de seguridad' preparadas por nuestro Ministerio, era poco menos que ciencia ficción. Todo previsto al milímetro.

Y resulta que hoy, apenas dos meses después de aterrizar en Barajas bajo unos protocolos dignos del guión de la saga Star Wars, el temible y mortal virus africano ha estado paseándose a sus anchas, sin control y con total impunidad, por las calles de la capital de España. Ha podido ir a la escuela, salir de copas, visitar a la tía de Burgos o caminar como un turista más por la céntrica y madrileña Puerta del Sol. Al fin y al cabo, si por algo nos caracterizamos en nuestro país, es precisamente por dar una magnífica acogida a todos los inmigrantes. ¿Y ahora qué?

Advertimos, ante la chanza general, de la temeridad que suponía repatriar a un religioso en un estado poco menos que terminal. Quién decide dedicar su vida al binenestar de los demás merece todas las adulaciones y reconocimientos mundanos (divinos y terrenales) pero marcharse a cuidar a los enfermos en zonas claramente subdesarrolladas conlleva unos riesgos vitales que, por una simple cuestión moral, deberíamos asumir como propios. Como el soldado que va a luchar en primera línea por defender un ideal. O el torero que sale al ruedo y se planta frente a un morlaco de 400 kilos. Toda decisión conlleva un riesgo añadido. Nada en esta vida sale gratis.

Trajimos al Ébola volando en primera clase directo al corazón de la nación, y ahora, ante el estupor general de nuestros vecinos europeos, le hemos dado la bienvenida al viejo continente. Franceses, alemanes y británicos, literalmente, deben de estar flipando. ¡Qué poco conocen España! En cualquier país desarrollado, una temeridad de tal calado, no sólo conllevaría una dimisión, fulminante y en cadena, de los principales responsables a nivel político, sino que merecería una exhaustiva depuración a escala global que, llegado el caso, debería terminar purgando pecados frente a los Tribunales de Justicia ordinarios. Un atentado de tamaña gravedad contra la Salud Pública, poner en riesgo de contagio a toda una nación, jamás debería quedar impune. Igual que el banquero que especula con el bien ajeno o el dirigente que despilfarra a sabiendas el dinero de sus compatriotas. Eso es patriotismo de verdad y no plantar una bandera en un islote.

Pero en España nunca pasa nada. La Ministra de Sanidad se excusará arropada en un centenar de expertos. La oposición pedirá que rueden cabezas y el Gobierno se enrocará en un Parlamento acorazado. Exactamente lo mismo que ocurrió con los GAL o con la Guerra de Irak. No importa de que color, rojos o azules, ocupen las bancadas, porque la respuesta siempre es la misma: aferrarse al cargo como sea. Calumnia que algo queda o patada hacia delante que el tiempo todo lo cura.

Somos la vergüenza de Europa. El eslabón perdido entre África y el Mundo Occidental. La versión siglo XXI del 'Bienvenido Mister Marshall'. Pan, vino y tortilla de patatas. Un país de pandereta. Hay días en los que uno se levanta y siente profunda vergüenza de ser español. 'El Sr. Ébola puede acabar con el problema de la inmigración en tres meses', dijo el pasado mes de mayo para estupor general el político francés Jean Marie Lepen, presidente del Frente Nacional. Si no le importa, que empiece por La Moncloa. Que parezca un accidente. Y el último que apague la luz. ¡Bienvenido a casa Señor Ébola!

Edgar Sánchez Agulló. Director Editorial de Mediterráneo Digital

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