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Anglada tiene razón; por Edgar Sánchez Agulló

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Que no se rasguen las vestiduras ni se echen las manos a la cabeza los más puristas al ver el título que acompaña a la Carta del Director quincenal que lanzamos desde el cada vez más basto altavoz que nos confiere nuestra tribuna de prensa habitual. Desde aquí, hemos criticado sin tapujos y seguiremos señalando con dureza, y por simple coherencia y honestidad con nuestra propia línea editorial, las actitudes sospechosamente cambiantes y camaleónicas del líder de la PxC, más allá del innegable respaldo que, amparándose en el mono-temático problema de la inmigración en Cataluña, le hayan podido regalar desde el siempre oscilante péndulo de las urnas.

Josep Anglada ha dejado tras de sí un reguero de cadáveres políticos y desengañados personales entre los que vimos en él (y permítanme aquí la inmodestia de hablar en primera persona) a un líder identitario capaz de colocar un proyecto patrio a la altura de muchos de nuestros homónimos europeos. El fundador de PxC ha sabido rentabilizar, como nadie, el discurso anti-inmigración, siendo pionero en afrontar, sin matices, un problema al que han querido reiteradamente ponerse la venda por sistema el resto de nuestros partidos políticos parlamentarios (conservadurismo acomplejado del PP incluido).

Que el identitarismo o un gran credo político a todos los niveles sea mucho más que una simple cuestión de agitación canalizada de la xenofobia es algo que, por obvio, no entraremos a discutir en esta columna. Ya habrá posiblemente tiempo para afrontarlo más adelante.

Pero Anglada tiene razón cuando declara con fiereza (para sorpresa de muchos e indignación de otros tantos) que "un moro nunca será catalán ni español... aunque nazca en España". Sin embarcarnos en discusiones no exentas de cierta coherencia sobre lo apropiado o peyorativo del término (podríamos substituirlo quizás por el menos despectivo 'musulmán' o incluso 'árabe') no le faltan argumentos para esgrimir al líder de la PxC cuando señala, sin miedo a equivocarse que, aunque vea la luz de manera circunstancial dentro de nuestras fronteras, un moro nunca será español; y entendiendo aquí el adjetivo o la denominación de origen como algo que va mucho más allá de una simple inscripción en un mero registro administrativo.

Un musulmán, nacido de padres marroquís, argelinos o sirios en nuestra tierra, podrá integrarse, aceptar como propias nuestras costumbres o incluso dominar a la perfección la riqueza de lenguas que pululan a lo largo y ancho de nuestra querida piel de toro... pero ser catalán o español (a pesar de la redundancia del término), es mucho más que simplemente un tema de estricta burocracia. Es una cuestión de historia, de legitimidad, de sentimientos. Un musulmán nacido en Barcelona nunca será español por muchas nacionalidades que pueda conferirle un simple delegado ministerial. Y eso, en cualquier caso, no es ni mejor ni peor. Es una realidad tan simple como mirarnos al espejo y ver nuestra a la luz del día nuestra diferencia de rasgos. Y es que la genética de nuestro ADN, sí que no entiende de papeleo ni de postulados de lo políticamente correcto.

¿Seríamos nosotros iraníes o vietnamitas si, por alguna carambola del destino, hubiésemos venido al mundo por aquellos lares? ¿Tendríamos nosotros los mismos valores, las mismas costumbres, la misma moral que un chino o un japonés, si nuestros padres nos hubieran alumbrado, por mil y una circunstancias, en las camas de un hospital de Tokyo? La respuesta, por obvia, es absolutamente innecesaria. Pensar o intentar defender lo contrario es tan rematadamente absurdo como lo sería taparnos nuevamente los ojos como aquellos que, a mediados de los 90, y ante el inicio de la invasión descontrolada por tierra, mar y aire, esgrimían eso tan socarrado por extendido de que "los inmigrantes vienen a pagarnos nuestras pensiones". Estos lodos de hoy, son fruto de aquel despropósito.

Pretender equiparar y legitimar a la misma altura a un niño árabe con uno autóctono por el mero hecho de haber nacido en la misma tierra es tan coherente como no ver diferencias entre el blanco y el negro. Es una cuestión de cultura, de raíces, de antepasados. De compartir un árbol genealógico en común. Administrativamente y a nivel de derechos y deberes, posiblemente (por aquellas carambolas que nunca llegaremos a entender) estemos en la misma línea de prioridades. Pero intentar defender con argumentos que un musulmán, de padres marroquíes, es exactamente igual de español que un sevillano de padres, abuelos y tatarabuelos trianeros, es tan ilógico y disparatado como querer decir que estamos al nivel y somos primos hermanos de los países del norte de Europa porque les ganamos en el último Mundial de Sudáfrica. Que yo, ni pintándome con betún puedo parecer de Camerún... aunque sea recibido y envuelto con una estelada con los brazos abiertos por los ayatolás de la nueva globalización 'made in Cataluña'. Un poquito de por favor.

Edgar Sánchez Agulló, Director Editorial de Mediterráneo Digital

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