Opinión | Pilar Enjamio

La violencia por ideas ha acrecentado la humanofobia

extrema izquierda

La humanofobia, el miedo al hombre, al ser humano, del que ya he hablado en numerosas ocasiones, ha aumentado debido a la intolerancia o nulo respeto a quien piensa diferente. Va acompañada de multitud de síntomas, desde un estado de alerta obsesivo y repetitivo que angustia al límite, hasta paralización, hipotonía en brazos y piernas, acompañado de hormigueo y mareo, además de agorafobia y huida hacia la casa, un entorno seguro.

Se rompen relaciones y amistades que olvidan al ser humano libre y se centran en la idea, la idea fanática que no entiende de razonamientos ni lógicas. Mucho menos de respeto.

La descalificación, la calumnia, la tergiversación y el insulto son las armas, muy lejanas a la democracia, que usan cual capricho infantil o pataleta cuando el resultado no es el que egoístamente desean. Elucubraciones, salidas de la realidad, o sea, las patologías que tanto dañan a uno mismo y a los demás. Las agresiones verbales se suceden en el trabajo, en la sociedad, en todos los ámbitos, incluso los privados e íntimos.

Es tal el daño que hacen estos ataques de unos y otros que no basta el silencio en redes ni bloquear a quien no respeta tu ideario y libertad, sino que se generan miedos, temores, desconfianzas como si de una auténtica persecución se tratara.

Hay una sociedad que difama patológicamente enferma y autoritaria pero que crea patología y enfermedad en una sociedad sana y de valores, que lucha por una verdadera armonía y equilibrio, donde el ser humano en igualdad y sin discriminación, ya sea hombre, mujer, niño, anciano sea pieza clave y con derechos fundamentales que deben cumplirse.

Vemos masas de gente cual secta, que siguen las directrices de un cabecilla que ejerce control mental sobre las mismas y van en manada sin saber a donde ni el motivo. No importa cortar caminos, no importa incendiar, no importa romper cristales porque hay que respetar su óptica pero el no respeta la tuya.

Este miedo, me cuentan en consulta, a que tu vayas a la calle y te veas inmerso sin desearlo en violencia y agresividad se traduce en pesadillas e insomnio, en apatía, desgana, depresión.

El espectáculo que están contemplando también niños genera patrones violentos de conducta, nada educacionales, porque el niño es una esponja que imita lo que ve, que va a tener muy poca tolerancia a la frustración, que podrá ser un niño con síndrome del emperador que impone normas a sus padres, tutores o entorno.

El cambio político es una guerra sin sentido y destructiva, una clara evidencia del basta ya de muchos, y deben aceptarlo por el bien común alejando la violencia, nula educación y fanatismo de unos pocos, con todo el peso de la ley para quien incite al odio y a la violencia. De lo contrario nos dirigimos a una guerra sin sentido y destructiva.

Pilar Enjamio. Psicólogo
Escrito para MEDITERRÁNEO DIGITAL

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