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Irene Montero y su insufrible sectarismo

Mientras este país se debate en medio de una de las mayores crisis de su historia, nuestra clase política –clase en el más estricto sentido de la palabra- se dedica a la descalificación y al insulto. Interminables broncas por asuntos que a casi nadie interesan y que, desde luego, no tienen su origen en los problemas que verdaderamente nos afectan. Entre unos y otros, se están haciendo imposibles tanto la convivencia política como la cohesión social. Los partidos políticos son incapaces de alcanzar pactos generales, de todo punto necesarios para hacer frente a todo lo que se nos está viniendo encima. En muy pocas ocasiones se ha visto en España un abismo tal entre lo que realmente preocupa a la ciudadanía y la árida actuación de sus representantes.

Estoy cansado. Estoy harto de tanta palabrería insustancial sobre la miseria de los españoles.

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Hace ya tiempo que me he cansado de esta España de la monserga de la cancelación, del señalamiento, del odio, de la polarización forzada, de los haters, de los bots y de la demás basura implantada por la analfabeta y sectaria pseudoizquierda woke. Hace ya tiempo que me he cansado de que me impongan códigos de conducta desde el poder: de que me digan lo que -según esta particular ralea sectaria- puedo hacer y lo que no. Estoy harto de que nos digan qué tipo de mujeres o de hombres debemos ser. Estoy harto de esta España suciamente costrosa, perpétuamente enfadada y profundamente ignorante. Nuestro pueblo -esos sufrientes ciudadanos que se afanan por llegar a fin de mes, cuadrar las cuentas y pagar sus facturas- no merece este espectáculo diario de indigencia intelectual. Estoy más que cansado de esta ideología barata de quita y pon, que gobierna mediante el slogan y que parte de la premisa falsa de que todos los ciudadanos españoles no son iguales.

Estoy harto. Harto porque el violador no soy yo. Y todos estos que hablan tanto de gobernar para la gente y de no dejar a nadie atrás -siempre cursis y siempre preocupados por encontrar un golpe de Twitter ocurrente- son infinitamente más reaccionarios, inmovilistas, mojigatos y tradicionales que lo que yo he podido ser en algún momento de mi vida. Porque, al final, tanta revolución de la sonrisa y tanto postureo de esta izquierda progreta para lo único que ha servido es para apuntalar el orden monárquico y capitalista ofreciendo -pícaros y trileros que esconden la bolita delante de su atento público- ridículas reformas de apariencia progresista y de un más bien escaso contenido social. Y que conste que muchos de nosotros lo avisamos. Nada nuevo iba a venir de lo que se llamó nueva política y que -a la larga- no ha servido más que para apuntalar la vieja. A mí -que llevo lustros propugnando una república federal, democrática, sindicalista y autogestionaria- estos especímenes no me van a enseñar nada de nada.

Irene Montero -estaría bueno- no se ha inventado nada. El sí es sí y el no es no siempre han estado presentes en nuestra vida cotidiana: desde que el mundo es mundo y porque así nos lo enseñaron de pequeños. Y bajo quien no lo tenía claro y no lo había entendido adecuadamente caía el peso del Código Penal. Yo creo que muchos de los límites que imponen las relaciones humanas no provienen exclusivamente de las leyes, sino de la simple y sencilla buena educación: esa necesaria y elemental buena educación que debemos traer todos de casa. Algo que -al parecer- no cabe en la cabeza de esta banda: antes de la entronización de la Ministra de Igualdad ya existía el respeto entre los sexos y el castigo penal de las conductas reprobables. Legislan por y para la galería. Y además, y viendo los resultados, lo hacen muy mal: enterándose sobre la marcha del contenido del principio de aplicación de la ley penal más favorable. Inaudito.

Muchos años antes de que naciera Irene Montero, las mujeres españolas habían ido conquistando derechos y escalando posiciones profesionales sin necesidad de una imbécil tutela desde el Estado. Durante todo el Siglo XX y durante lo que llevamos de XXI, nuestras compatriotas han llenado fábricas y despachos: estudiantes, obreras, funcionarias, administrativas, profesionales liberales y comerciantes. En estos avances -es cierto- ha jugado un papel fundamental el feminismo. El feminismo entendido como una corriente de pensamiento que, propugnando la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, ha impregnado nuestra legislación y ha servido de fundamento a muchos de estos movimientos. Pero -a pesar de lo que pueda afirmar sobre ello nuestro carísimo Ministerio de Igualdad- estas circunstancias no sólo se han debido a las corrientes feministas: las sociedades progresan porque todos -hombres y mujeres- se afanan en avanzar en una misma dirección. Porque los trabajadores -la inmensa mayoría- han arrancando estas justas conquistas siempre enfrentados con la clase dominante: hombres y mujeres -todos juntos- luchando por un mundo más justo en cada momento histórico.

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Dice mi amigo Juan Luis Bagüés que la lucha feminista del Siglo XXI no sólo es reaccionaria -estrechez de objetivos respecto a las necesidades reales del conjunto de nuestro pueblo- sino que también es una aliada inmejorable de la burguesía al fragmentar la lucha obrera. No puedo estar más de acuerdo. Porque mientras desde el Gobierno se nos insta a tomar las calles en defensa de lo que ya existe -la igualdad entre los hombres, mujeres, trans, gays, les, binarios, extrabinarios y demás- continúa asentado firmemente sobre nuestras cabezas el poder ilimitado de este modelo económico injusto. En eso sí que Irene Montero ha demostrado una sobrada capacidad: la defensa del sistema partitocrático nacido del Régimen de 1.978.

Nacho Toledano
Autor: Nacho ToledanoWebsite: http://nachotoledano.obolog.es/
Nacido en Madrid. Abogado. Licenciado en derecho por la Universidad CEU San Pablo. Autor del libro 'Parada de Postas' (2013). Dirige la 'Tribuna Narciso Perales', foro de pensamiento falangista. Es columnista de opinión de MEDITERRÁNEO DIGITAL y El Correo de España.

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