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Centauros del desierto; por Nacho Toledano

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Un Martes 13 yo tenía que haber muerto. El 13 de Septiembre de 2.011, tras un brutal accidente de coche en la M-40 de Madrid, yo tenía que haber muerto. Cada vez estoy más convencido de ello y, por una cosa o por otra, raro es el día en el que esto no me viene a la cabeza. En esas fechas, estaba yo iniciando una nueva fase de mi vida. Un particular viaje a ninguna parte emprendido sobre el desolador paisaje de una desilusión infinita y de un daño inmenso que tampoco he sido capaz de cerrar. En Septiembre de 2.011, yo iniciaba mi singularísima inmersión en la profundidad del fracaso: en el lugar donde las cosas han dejado de valer la pena. Por esta razón, tal vez no fuera algo casual que –justamente esos días- yo tuviera la ocasión de ver Centauros del Desierto (The Searchers) del Maestro Ford (1.956) en pantalla grande y en V.O.S. En una sala de proyección y de la misma forma en que concibiera esta película el mejor Director de Cine de la Historia.

No existen las casualidades, porque nadie como John Ford ha sabido contar la crónica de un íntimo viaje a lo peor de nosotros mismos. Una obsesiva peregrinación al mismísimo centro de la derrota y de nuestras propias frustaciones que –comenzando y terminando en el mismo lugar- constituye una perfecta espiral de soledad y de tristeza.

Ethan Edwars es la derrota. Un hombre que, envuelto en la luz de la mañana, regresa a un hogar que no es el suyo después de una guerra perdida. Desde su misma aparición, Ethan Edwars empieza a generarnos preguntas de muy difícil –o tal vez no tanto, y eso da miedo- respuesta: cuestiones terribles sobre la inadaptación, sobre el fracaso y sobre una vida destrozada. Los prodigiosos recursos narrativos de Ford que, en muy pocos minutos, nos ofrecen las claves adecuadas para entender correctamente este relato. Elementos que nos indican que estamos ante un antihéroe dotado de siniestras aristas.

La mujer que ama se ha casado con su hermano y ha formado con él una familia. Ethan Edwards se ha marchado muy lejos –en algún momento de un pasado remoto- no sólo porque tenía una guerra que librar, sino también porque ha dejado de tener un lugar en el mundo. Ha tardado años en regresar -la Guerra ha terminado hace mucho- y no dejamos de preguntarnos la razón de su vuelta justo en ese momento. No sabemos qué es lo que ha estado haciendo, pero lo imaginamos. Todo aquel que crea que John Wayne es un actor plano y sin registros debería analizar su trabajo en The Searchers: la profundidad de su mirada nos lleva a una inquietante sima de dolor y de resentimiento que –tan sólo y de una manera pavorosa- se llega a vislumbrar desde el principio de la historia. Ethan Edwards representa la derrota de unos ideales políticos –la Confederación- y de un proyecto personal: un inadaptado que prefiere los espacios abiertos de Monument Valley al techo de un hogar que no tiene, y uno de los personajes más maravillosamente complejos de la cinematografía de Ford.

Su familia es aniquilada por la partida de guerra del Jefe Comanche Cicatriz. Los comanches matan a todos ellos, menos a las sobrinas de Ethan, que son raptadas por la tribu. Comienza entonces la búsqueda de las niñas que, a lo largo de cinco años, emprenderá junto a su joven sobrino adoptado Martin Pawley, un mestizo unido a las niñas por fortísimos lazos de lealtad fraternal. Un sobrino medio indio que Ethan no es capaz de querer ni, muchísimo menos, respetar. La búsqueda de sus sobrinas es una bajada a los infiernos: un descenso a las sombras más siniestras y oscuras que acechan, escondidas, tanto en las trastiendas de toda sociedad civilizada como en las profundidades del alma humana. El racismo, el odio y los viejos rencores que -a través de los ojos de Ethan Edwards- jalonan la búsqueda de las niñas secuestradas.

Ethan Edwards y Martin Pawley son las dos posibles caras de un modelo social o –en otra lectura no menos inquietante- las dos facetas que habitan en cada ser humano. De una parte, nuestro lado oscuro: un resentimiento racista de odio al diferente y de superación de nuestros conflictos internos por medio de la confrontación y de la falta de piedad. De otra parte, un mundo joven y esperanzado que, presidido por el amor –el amor de Laurie y de Martin sirve de luminoso contrapunto a tanto odio- es capaz de superar las contiendas y las contradicciones por medio del aprendizaje y del diálogo. Viejas concepciones frente a nuevas ideas. El odio y el rencor que, hundiendo sus raíces en un pasado doloroso, impide cualquier visión conciliadora del presente.

Tenemos la inequívoca certeza de que Ethan ya no busca a su sobrina Debbie nada más que para matarla -ha dejado de merecer respeto en su particular concepción de las cosas- y de que Martin le acompaña para evitar que pueda hacerlo. Una búsqueda para cometer un asesinato piadoso que Ethan cree la única salida viable para la niña. Una visión -soterrada y personal visión de Ford que, una vez más, atraviesa las delgadas líneas que definen el género del Western- sobre los conflictos raciales que sacudían los Estados Unidos de la época. Una visión que es válida para toda sociedad tensionada por un conflicto entre grupos humanos diferentes.

No en vano –tampoco es casual- en 1.955 la valiente actitud de Rosa Parks había iniciado la Revuelta de los Autobuses de Montgomery en la sureña y ultraconservadora Alabama. Un movimiento que culminó con la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de segregación racial en los transportes de ese Estado del Sur y que, a muy corto plazo, acabo repercutiendo en toda la nación. John Ford rueda The Searchers dentro de una sociedad que se está transformando por medio de la integración racial y de la superación de los esquemas sociales racistas. Un modelo político que se estaba extinguiendo en favor de nueva sociedad cambiante. Martin Luther King y la lucha por los derechos civiles. Por eso, Ethan Edwards –lo mismo que su enemigo el Jefe Cicatriz- es la representación perfecta de un esquema social que está desapareciendo: de un mundo que se muere porque es incapaz de ofrecer nuevas respuestas a conflictos antiguos.

Cuando Ethan deja a su sobrina Debbie en la seguridad de su nueva familia –en uno de los finales más grandes que nunca se han rodado- podemos ver como todos ocupan su lugar en el mundo. Desaparecen de plano sin, ni tan siquiera, dedicar una mirada a Ethan. Todos encuentran su lugar menos él, perdido de nuevo en la belleza de un paisaje inmenso. Ethan Edwards es el fracaso oscuro: el lado tenebroso de la derrota asumida y aceptada. Ethan Edwards desaparece para que los demás puedan seguir viviendo en paz. Tal vez sea, por esta razón, Centauros del Desierto un verso –un triste y maravilloso poema fordiano- dedicado a los vencidos de todas las batallas y de todas las guerras. Una bella canción de pérdidas y de perdedores, entonada en honor de los que han sido descartados. Y, por descontado, una lúgubre oda dedicada a nuestros peores -y más bajos- instintos. The Searchers... un viaje al mismo corazón de la desesperanza.

Nacho Toledano | http://nachotoledano.espacioblog.com/

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