Opinión | Jordi Garriga

Los niños en su isla

quim torra lazo amarillo

Paseando el otro día delante del Palau de la Generalitat, vi que en el balcón no había pancarta reivindicativa alguna. Luego reparé en que el viento la debía haber retirado hacia dentro. Mientras tanto, varios individuos han sido detenidos por estar preparando presuntamente atentados terroristas para el mes de octubre. Todo en Cataluña me sigue pareciendo un despropósito digno de una comedia de enredo o, mejor incluso, de un patio de colegio poco vigilado…

Sin querer, me vino a la cabeza una vieja novela que tuvo mucha difusión en su momento y que incluso fue lectura obligatoria en colegios. Ignoro si lo sigue siendo, pero debería. Se trata de “El señor de las moscas”, de William Golding. Para quien no lo sepa, trata de las andanzas de un grupo de escolares ingleses, bien educados y alimentados, cuyo avión se estrella y aparecen en una isla desierta donde los únicos habitantes son ellos. Rápidamente irán abandonando todo rastro de cultura y civilización “avanzadas” e irán cayendo en la idolatría animista, el tribalismo, el asesinato… Al carecer de cualquier fuerza represiva adulta o cualquier límite moral que les pueda traer consecuencias. El autor, que vivió de lleno la segunda guerra mundial en el ejército británico, siempre tuvo presente el precario barniz que cubría al animal humano, siempre dispuesto a favorecer sus deseos más básicos si tiene ocasión.

Y me vino este libro a la cabeza, porque muchos hemos observado, y estamos experimentando, lo que supone para Cataluña el hecho de que un grupo de familias y personas hayan pensado que esto era su isla, su cortijo, donde podían hacer y deshacer sin consecuencias. Y cómo, paso a paso, han ido olvidando, como los escolares llegados a aquella isla, todos los valores y experiencias anteriores.

Los que se hacían selfies con Otegi ya no recuerdan los brutales atentados y los muertos de ETA en Cataluña; qué representa tener a una sociedad dividida y enfrentada quizá para siempre como en Irlanda; la quiebra y decadencia de la región de Quebec, con marcha de empresas a otras provincias canadienses, huida de población y aumento del desempleo. Lejos de pensar en ello, el gobierno de Cataluña se dedica a inaugurar calçotadas con coros y danzas. Los que se creían los más europeos han descendido hasta un profundo paletismo.

Que creían que no habría consecuencias lo han demostrado y siguen demostrando estos últimos dos años, con sus proclamas y declaraciones, decretos y discursos altisonantes que, como los cipreses entre todos los árboles, se elevan muy alto pero no dan ningún fruto. La presencia real de la cárcel ha sido muy pedagógica a juzgar por el momento presente, en el que ladran mucho pero no desobedecen ni una orden superior.

Porque por mucho que se diga, solamente la obligación, la coacción, la represión garantizan un orden y una estabilidad que la libertad disuelve cuando no encuentra límites o consecuencias de sus actos. Porque bajo nuestra piel sigue latente una bestia que desea satisfacer sus deseos y a la que solamente frena la conciencia del castigo.

Este mes de octubre no sé qué puede pasar, más allá de cortes de carretera y algunos muebles urbanos rotos, que solo afectan a los catalanes de a pie. Tal vez es lo deseable para algunos políticos que no tienen nada mejor que ofrecer.

El problema en Cataluña se resume entonces así: Para seguir correteando por su isla sin presencia de adultos que les repriman, estos niños desearán que haya muertos siempre y cuando no sean ellos.

Jordi Garriga Clavé [Twitter: @Jordigave]
Escritor, articulista y traductor. Escrito para MEDITERRÁNEO DIGITAL

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación y poder ofrecerle contenidos o publicidad de su interés. Si continúa en la página, consideraremos que acepta su uso.