La sagrada transexualidad

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Hace algunos días leí un reportaje sobre los refugios para transexuales que la Iglesia católica tiene en Argentina. Era un documento conmovedor con varios testimonios de vida trágica y complicada. Uno de los sacerdotes de estas parroquias, instaladas en barrios marginales, dice: “En las sagradas escrituras, Jesús aparece con amigos que nadie quería. Prostitutas, cobradores de impuestos —mafiosos de la época—, leprosos; en general, gente apartada y marginada por la sociedad.” Y es verdad. El título del reportaje me pareció, además, de lo más acertado: La Santa Alianza: transexuales e Iglesia católica en el país del Papa.

Ciertamente, los transexuales y sobre todo los de pocos recursos, son personas que tienen problemas serios de verdad y necesitan tratamiento adecuado. Lo que siempre me había parecido excesivo era la gran atención y tacto que reciben por parte de políticos y medios…

He llegado a la conclusión de que el transexual, como figura y no como persona concreta con sus graves problemas, se ha convertido en la figura del Santo, tras la secularización de la sociedad occidental, de la Religión laica que dice: “lo que sientes es más importante que la realidad objetiva”.

 

Durante siglos hemos conocido en las vidas de los santos y beatos historias de mortificaciones, de desprecio hacia la carne para probar la superioridad del ideal religioso. La transformación que los transexuales hacen de su cuerpo, que algunos denominan mutilación, sería la manera en cómo su deseo o sentimiento se impone sobre un cuerpo al que rechazan, pretendiendo superar al hecho biológico mediante bisturí y farmacia.

Así como santos hubo y hay pocos, los transexuales pese a su minoría social son hiperrepresentados en series, películas, libros y textos para estudiantes. ¿Y para qué? Son el ejemplo de que no hay límite para cumplir el destino que te autoasignas, sea cual sea. Los demás, los que no hemos tenido esa situación, que somos la gran mayoría, podemos imitar algo el comportamiento, cuando nos tatuamos algo, nos agujereamos la piel…

Lo cual para un creyente religioso puede ser interpretado como una parodia: el santo mortificaba el cuerpo para acercarse a Dios, el trans modifica su cuerpo para cumplir su anhelo individual. Cumplimentando, curiosamente, todos los estereotipos de sexo al asumir el otro. No parece haber un tercero.

Dentro de esta dinámica, también hemos visto casos paralelos como sería el querer cambiar de especie, de planeta (¿?) de raza, de edad y parodias sobre el hecho de ser un rico encerrado en el cuerpo de un pobre. Sin ironía alguna, hay casos que merecen más tratamiento psiquiátrico y menos aplauso complaciente para no ser acusado de intolerante, fascista y el pack habitual.

¿Por qué el cambio de un sexo a otro tiene más éxito mediático, comprensión y promoción que otros como la raza? Bueno, en primer lugar, ser transexual es más visible que ser transracial. De acuerdo con la superficialidad de la ideología posmoderna, para cambiar de raza bastaría con oscurecer o aclarar la piel. Y eso hace muchos años que existe, con la moda de broncearse entre los blancos y usar crema blanqueadora entre los negros.

Además, no origina el mismo choque social en nuestras modernas sociedades occidentales: hay lavabos para hombres y para mujeres, no para blancos o negros; hay secciones de ropa a la venta para hombres y para mujeres, no para blancos o negros; hay puntos y cuotas paritarias por sexo, no por raza; el matrimonio interracial no está prohibido. Por si fuera poco, vivimos en plena negritud cultural con la música, la moda y el lenguaje que exportan los USA.

El hecho de traspasar la división hombre-mujer tiene una tremenda importancia ideológica, ya que, en todas las culturas del planeta, en todas las mitologías y religiones, la primera partición, la primera identidad que reconocen los seres humanos es el hecho de ser hombre y mujer. Ahí comienza todo. Y si ahí comienza todo, es lógico pensar que ahí debe también acabar todo y poder dar lugar a un nuevo comienzo, a un mundo nuevo, a un nuevo reinicio (el Gran Reseteo o Reinicio) de la humanidad o, mejor aún, transhumanidad.

Tanto en mitos griegos, luego recogidos por los romanos, como en mitos judíos, los primeros humanos eran andróginos, hermafroditas. Al dividirlos Dios o los dioses dio comienzo la Historia.

Superar esa división y lograr pasar de un estado a otro no es tan solo un desafío a lo divino o a la naturaleza, sino la afirmación de la voluntad humana por encima de todo. La soberbia: “Seréis como dioses” dijo la serpiente a Eva.

Jordi Garriga
Autor: Jordi Garriga
Técnico industrial especializado en dirección de CNC. Colaborador en diversos medios españoles y del extranjero como autor, traductor y organizador. Ensayista, ha publicado varios libros sobre temas históricos, políticos y filosóficos. Ha sido militante y cuadro político en Juntas Españolas y el Movimiento Social Republicano.

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