Opinión | Jordi Garriga

La República de los frívolos

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Los mensajes privados de Puigdemont, hablando del fin del proceso de independencia y sus planes de futuro, creo que no deben extrañar a nadie medianamente normal. Un prófugo de la Justicia ni siquiera puede estar en la Bolsa de sustituciones de la Administración Pública, así que imaginad.

El Estado español, pese a las apariencias, todavía es fuerte y puede darse el lujo de jugar al gato y al ratón con estos personajes. Una de las mejores maneras de acabar con los adversarios es dejarles meter la pata hasta el final.

Pero, actualmente el Estado español no es más que una maquinaria sin alma, que sabe funcionar perfectamente dentro del entramado occidental, sumisa y participativa en los objetivos del Orden Mundial Neoliberal, al servicio de la UE, el FMI, la OTAN, etc. Nada que se pueda defender desde un punto de vista patriótico.

El mayor problema vendrá cuando el entramado peligre o entre en descomposición: nada ni nadie defiende una máquina de recaudación de impuestos, un sistema de control y vigilancia regional, un cortijo de la casta política. Sólo se defiende y se llega a morir por ideas que nos superan. Y en este terreno, los españoles tenemos un serio inconveniente: ¿realmente soportaríamos una larga guerra sin ninguna idea fuerte de nación o comunidad? Porque hoy sólo se nos adiestra para consumir y ser consumidos.

Puigdemont, ni ningún otro, morirá por esa república que no era más que un feudo para los concretos intereses de una clase concreta en Cataluña. Movilizaron sentimientos entre los suyos, pero eso nunca es suficiente si los jefes no son los primeros en caer y en morir. Los de abajo siempre toman ejemplo de los de arriba: es Ley.

Y mientras no haya un proyecto nacional, sea cual sea, que no implique sacrificios verdaderos (con sangre y no con patrimonio), estaremos vendidos y sometidos a las leyes del Mercado mundial, esclavizados por la uniformización de cultura y costumbres, simples números en el más inhumano de los mundos. Puigdemont solamente aspiraba a un puesto más de contable, no esperemos ni de él ni de nadie más algo más digno que hermosas palabras totalmente vacías aunque inspiradoras.

Al Estado, a las castas parasitarias, a los mercados financieros, en realidad no les asustan ni las banderas ni las fronteras ni las protestas. Les asustan los hechos, las acciones, las realizaciones efectivas. Las banderas y las fronteras, a fin de cuentas, no son para ellos más que un medio de ordenamiento, a modo de organizar los diferentes departamentos de sus campos de acción. A una patria no la define una bandera y ni tan siquiera una frontera, pese a que son ciertamente muy útiles, sino sobre todo su capacidad para movilizar hacia la consecución de objetivos nacionales, es decir: no coincidentes con los deseos de una casta internacional, sino de un pueblo que se reconoce a sí mismo como tal.

El día que se derrumben las ilusiones del progreso, parafraseando a Sorel, y nos veamos obligados a enfrentarnos a las realidades de la lucha por el derecho a un trozo de suelo y a un trozo de pan, entonces sí que darán miedo las protestas, porque serán a vida o muerte.

Jordi Garriga Clavé [Twitter: @Jordigave]
Escrito para MEDITERRÁNEO DIGITAL

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