Opinión | Jordi Garriga

La próxima victoria de Ciudadanos

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La última encuesta de Sigma Dos sobre intención de voto en España, sitúa al partido Ciudadanos como la primera fuerza con el 26'7% de los votos, seguido por el PP con el 23'3%. En tercer lugar estaría el PSOE con el 19'7% y finalmente, entre los grandes, la agrupación Podemos con el 18'4%. En la valoración de los respectivos líderes políticos, Albert Rivera es el mejor valorado de todos.

¿Se pueden sacar algunas conclusiones de todo esto? Ciertamente sí. Por un lado, evidencia el enorme desgaste al que se ha visto sometido el PP, con todos sus casos de corrupción actuando como una gota malaya, con el malestar social por una crisis que ya es endémica, con la aparente inacción de un presidente sin carisma alguno...

Sin embargo, un dato que es muy relevante es el siguiente: pese a todo lo anterior, pese al malestar social, las izquierdas representadas por el PSOE y Podemos solo suman el 38% del electorado, mientras que la derecha y el centro que bien se representan en C's y PP son exactamente la mitad de los votantes. La gente está enfadada, pero no parece buscar en la izquierda ningún remedio a sus males.

Recientemente, en las elecciones autonómicas catalanas del pasado 21 de diciembre, el partido ganador fue Ciudadanos con el 25'35% de los votos, pese a que su mayoría ha sido insuficiente para formar gobierno. Fue abrumadoramente ganador en las zonas más industrializadas y de más tradición obrera e izquierdista de Cataluña. Se me dirá que esas elecciones fueron excepcionales, por la presión del llamado proceso independentista. Pero es que esa tendencia sigue en curso y en alza desde 2006. En 11 años, de noventa mil a un millón de votos, una opción claramente populista y sin historia.

¿Por qué una mayoría clara de ciudadanos en toda España quieren votar a un partido tan netamente populista? La respuesta es la ausencia... de respuestas. Es el resultado de 40 años de elecciones, de bipartidismo y de muchas tomaduras de pelo en definitiva. No es casualidad que este proyecto haya nacido en Cataluña, una tierra donde el clientelismo es tan intenso como puede ser en Andalucía. Porque en este inicio de s. XXI el mundo no se parece en nada al de hace cien años, en plena rebelión de las masas.

Me explico: Hace un siglo las clases populares, el pueblo llano, reivindicaba y quería para sí todas las comodidades y ventajas que el mundo moderno conquistaba gracias a la técnica: los descubrimientos médicos que alargaban la vida, viviendas mejores y más dignas, una educación superior al alcance de todos, un trabajo con un salario y un horario en condiciones... Y todo eso se fue logrando en esta parte del planeta, pero al precio de grandes batallas lideradas en gran parte por sindicalistas, socialistas, comunistas...

Hoy, todo eso forma parte del pasado al menos en esta parte del mundo. Se me dirá que no, que hay muchas personas con graves problemas y deficiencias en esos terrenos. De acuerdo, pero eso ya no moviliza a nadie. Ya no existen comunidades, apenas sabemos quienes son nuestros vecinos; ya no existe necesidad de familia, como individuos podemos llevar una vida independiente; ya no existe una cultura proletaria, sino producción y consumo como meta de una vida feliz. Porque es de lo que se trata: de ser felices nosotros a pesar de los demás y contra los demás si es necesario. Y ese es el triunfo de partidos como Ciudadanos.

Porque Ciudadanos es un partido indefinido ni a la derecha ni a la izquierda, que no es extremista, que absorbe y asume cualquier reivindicación sin problema e incluso ir en contra automáticamente si es necesario. Igual que la persona moderna modelo: sin radicalidades, sin expresiones duras, sin opiniones firmes, según sopla el viento. Por eso triunfa, porque es el espejo donde se refleja gran parte de los españoles actuales.

Y se me puede replicar nuevamente que sí tiene un fundamento duro, y es su defensa a ultranza de la españolidad, de España como proyecto unitario y vertebrador. Eso es verdad. Y esa es la gran enseñanza de la antigua Convergència i Unió, que Ciudadanos aplica a rajatabla, sólo que esta vez se aplica a un territorio mayor. Durante veintitrés años, los nacionalistas catalanes encabezados por Jordi Pujol basaron su poder en la capacidad de negociación para conseguir los mejores y mayores beneficios a su gente, los catalanes. Era cuando decían que un catalán era un ser abstracto que "vivía y trabajaba en Cataluña", lo que atraía el voto de izquierdas y derechas en las elecciones autonómicas. Hasta que Artur Mas y los suyos han matado ese modelo de éxito.

Ahora Ciudadanos difunde ese mensaje para toda España: nosotros queremos el bien general y por ello pactaremos con quien sea para conseguirlo, y como no tenemos ideales fuertes, cualquiera podrá votarnos y apoyarnos sin sentirse incómodo. Esta es la política del s. XXI, generada por una sociedad compuesta de individualismos temerosos.

¿Y entonces, qué pasa con Podemos? Ellos empezaron muy bien, apoderándose del movimiento del 15-M, haciendo suyo el descontento de los primeros años de la Crisis, hablaban de lo que interesaba a los ciudadanos e incluso de Patria. Su abrumador éxito inicial no supieron digerirlo, han atraído a demasiada izquierda sin contrapeso, han creído en el regreso a épocas revolucionarias superadas. En resumen, sus banderas republicanas, su culto a la ingeniería social, su anticlericalismo trasnochado y sus tejemanejes con separatistas declarados les están hundiendo en el barro. Ese es el precio a pagar cuando se abandona el terreno de la realidad.

Jordi Garriga Clavé [Twitter: @Jordigave]
Escrito para MEDITERRÁNEO DIGITAL

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