La guillotina de la historia

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Los recientes ataques yihadistas en Francia nos desvelan que la historia nunca se detiene y que el aparente triunfo de la modernidad, y de la democracia occidental, solamente se sostiene desde sus aparatos de propaganda. Ya sabemos que la propaganda, por muy potente que sea, nunca puede tapar la realidad del todo.

Hoy estamos viviendo nuevos ataques, pero de histeria: manifestaciones de “ultraderecha”, ataques de fanáticos musulmanes franceses de tercera o cuarta generación, peticiones de dimisión a Fernando Simón por un simple chiste, noticias sobre un presunto envío de tropas rusas a Cataluña, etc… Ya no saben qué hacer o decir para mantener el poder en medio de una pandemia que no pudo ser más (in)oportuna.

Se acusa a los musulmanes de apoyar, todos, la decapitación de infieles. Supongamos que esto fuera verdad y que la mayoría de franceses de origen magrebí, de varias generaciones ya, viven otra cultura, otro modo de ser y que Francia les repugna. Ante ello ¿dónde está el mal o el fracaso? ¿Por qué deberían sentirse franceses cuando ser francés, o español, o italiano ya no significa nada potente? No hay proyectos colectivos, no hay identidades nacionales en Europa orgullosas de sí mismas, sino gente que se arrodilla y pide perdón por ser lo que es… Si esto lo ve un chico magrebí ¿acaso querrá participar de esa cosa?

Vamos, de hecho hemos visto que de todo eso tampoco quieren participar los jóvenes más autóctonos, tal como hemos visto estas noches pasadas. Más allá de sus ideas o de sus intereses (atacar al gobierno o robar bicis), se rebelan contra una sociedad que ya no actúa como un padre severo, sino como una madre regañadora a la que es imposible tomársela en serio.

Esta sociedad que les dice que pueden ser lo que quieran, desear lo que quieran, que todo es posible y que han de luchar por sus sueños… La realidad dice todo lo contrario: no hay diversidad de ideas o culturas, simplemente hay diversidad de ofertas y mercancías en las que gastar el dinero, si es que lo tienen. Y si no, a morirse de asco y aburrimiento. Eso es todo.

Decapitar a personas inocentes, destrozar negocios son simplemente la contraparte a la ruina actual de la democracia europea, que cierra negocios, desahucia a familias y acalla cualquier crítica aplicando el sambenito de “nazi”, “fascista” o el ahora de moda “negacionista”. Los fanáticos televisados como una amenaza son un producto de este mismo Sistema.

Y esto no es el típico discurso buenista que disculpa a asesinos, criminales y delincuentes, sino que señala cuál es la cantera, el útero del que nacen en mayor cantidad de la habitual. ¿Cuántas decapitaciones del estilo actual había hace 30 años? Ninguna. ¿Qué ha pasado? Que la historia no se detiene y si las sociedades occidentales renuncian a tener un proyecto político de verdad, entonces veremos surgir el caos ante ese vacío que ha de ser llenado con algo.

Entonces, del mismo modo que la República francesa nació cortando cabezas, y que todos los Estados modernos europeos se hicieron mediante guerras y revoluciones, su fin también consistirá en decapitaciones y disturbios que se extenderán por Europa. La guillotina de la historia seguirá siendo implacable una vez más.

Jordi Garriga
Autor: Jordi Garriga
Técnico industrial especializado en dirección de CNC. Colaborador en diversos medios españoles y del extranjero como autor, traductor y organizador. Ensayista, ha publicado varios libros sobre temas históricos, políticos y filosóficos. Ha sido militante y cuadro político en Juntas Españolas y el Movimiento Social Republicano.

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