Última actualizaciónVie, 29 May 2020 7pm

Opinión | Jordi Garriga

El síntoma Anguita

anguita julio

“Si me quiere insultar, llámeme progre”
Julio Anguita

Este sábado 16 de mayo falleció el antiguo Secretario general del Partido Comunista de España, Julio Anguita, después de haber estado una semana ingresado en el Hospital Reina Sofia de Córdoba, por una parada cardiorrespiratoria, a los 78 años de edad.

Este histórico comunista español, nacido en una familia de militares y que hacía más de 20 años que estaba retirado de la política activa, aunque siguió impulsando iniciativas sociales hasta el último momento, tiene en su haber que ha sido y es admirado incluso por sus enemigos políticos e ideológicos. Y eso es un síntoma.

La democracia liberal no es más que un sistema oligárquico, donde cada sector de la clase dirigente compite con las otras mediante los partidos políticos. Estos partidos son maquinarias del poder en sustitución del pueblo, al que dicen representar cuando en realidad se limitan a informarle y orientarle convenientemente. Aquí no cuentan los principios, sino los finales: mantener el poder cambiando de caras para que todo siga igual.

Al principio de este sistema en España, tras la muerte de Franco, se pusieron frente a sus respectivos bandos una serie de nombres de la política que gozaron de reputación y que tenían una carrera detrás que les avalaba como jefes de facción: habían pasado por la cárcel, por el exilio, habían sido diplomáticos, excombatientes, tenían sólidos estudios… Y entre estos estaba Anguita, un militante comunista en la clandestinidad, profesor, que logró ser el primer alcalde comunista de Córdoba.

¿A qué se debe que gente de muy diversos sectores le haya alabado? Sobre todo por cualidades que hoy se hallan extinguidas entre las cabezas visibles del régimen del 78. Con él se extingue casi por completo una generación carismática. Hoy vemos a un Pedro Sánchez e imaginamos un dependiente de la sección de caballeros del Corte Inglés; vemos a un Pablo Casado y pensamos en el cuñado que nos enseña el BMW de 2ª mano que se ha comprado; vemos al Rey y vemos un adorno como la estrella del árbol de Navidad

Vemos todo eso porque ya no se ven CONVICCIONES. El mismo sistema se ha encargado de eliminar la excelencia para colocar a su frente a personas grises, prefabricadas, inocuas ideológicamente, que no transmiten nada, ni falta que hace. Anguita podía tener ideas más buenas o más malas, pudo haber hecho mejor o peor gestión, todo eso es discutible. Pero no tiene discusión que renunció a un sueldo vitalicio de exdiputado al que tenía todo el derecho legal, que cuando murió un hijo suyo en Irak haciendo de reportero tuvo la hombría de salir a hablar, que cuando hablaba podía sentar cátedra porque tenía argumentos. Es decir, tenía carisma y sabía transmitirlo.

Obviamente, yo y otros muchos seguramente habríamos sido apartados de su República ideal, y sus ideas sobre la autodeterminación de los pueblos y la desaparición utópica del Estado caían en un infantilismo izquierdista, muy característico en un amplio sector del comunismo, pero aun y así su nivel como político dejaba por detrás al resto (si, algo ya no muy difícil hoy día).

Hoy la política es una carrera profesional más, no hay principios, no hay vocación, no hay ideas tampoco, pues el planteamiento es que el sistema actual “es el menos malo” y que solamente necesita correcciones menores, cual máquina que va sola y que solamente necesita gestores aplicados. Pero eso ya no es política, es otra cosa…

Jordi Garriga
Autor: Jordi Garriga
Técnico industrial especializado en dirección de CNC. Colaborador en diversos medios españoles y del extranjero como autor, traductor y organizador. Ensayista, ha publicado varios libros sobre temas históricos, políticos y filosóficos. Ha sido militante y cuadro político en Juntas Españolas y el Movimiento Social Republicano.
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