Opinión | Jordi Garriga

De profesión, guerrillero

farc

El pasado jueves 30 de agosto, el antiguo número dos de las FARC, Luciano Marín, alias Iván Márquez, anunciaba que el grupo terrorista colombiano volvía a actuar como tal, deshaciendo los acuerdos de hace 3 años, en los que renunciaban a la lucha armada y se transformaban en movimiento político legal.

Un vistazo a la historia de este grupo armado nos lo describe como una institución existente como tal desde 1964, manteniéndose desde entonces como una fuerza terrorista con implicaciones en el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando, la extorsión, colocación de minas antipersona, aparte de secuestros, asesinatos y destrucción de infraestructuras públicas.

Imaginad la vida cualquiera de uno de sus miles de miembros: en la jungla, en régimen militarizado, meses y meses, años y años participando en alguna actividad irregular, con algún eventual mal encuentro con las fuerzas del orden. Un modo de vida.

Imaginad también la vida de sus dirigentes: poder sobre gente armada, acceso a fuentes de riqueza, un estatus de vida que sus padres nunca soñaron. Y respaldados por un discurso marxista-leninista que santifica sus actividades, sean cuales sean. No es de extrañar que en el referéndum que hubo en Colombia para legitimar su acuerdo con el gobierno, ganase el NO de una población indignada con una inmunidad mercadeada sobre miles de inocentes muertos.

Si bien hay que ser de una manera específica para vivir así ¿acaso pocas personas no podrían decidir que es una buena vida, en el fondo? Vivir en comunidad, de aquí a allá, ejercer violencia y no trabajar demasiado. Mi padre me explicaba que, cuando era pequeño, escuchó hablar en la siega a dos ex maquis de la lucha antifranquista, ya reinsertados, acerca de lo bien que estaban antes, y lo duro que era doblar el espinazo ahora bajo el sol…

En nombre de causas más o menos “nobles” siempre se repite el mismo proceso: se crea un estilo de vida adecuado a una clase dirigente y sus tropas. Si ETA no revive es porque sus jefes y sus soldados ya se han recolocado en puestos políticos en los cuales siguen con el mismo discurso y siguen sin pegar golpe, como en los buenos viejos tiempos. Mi padre me dijo también que ETA nunca acabaría, por ser un modo de vida: lo cual me lleva a pensar que si pierden poder político, nada nos asegura que no regresen… ¿o acaso no se ha descubierto hace poco un zulo de armas suyas?

Entonces es posible, ante el giro de los acontecimientos en Colombia, que haya un gran malestar entre los antiguos guerrilleros, posiblemente porque no han podido colocarlos a todos y algunos jefes incluso hayan tenido que ponerse a trabajar.

Si en Cataluña el “Procés”, aunque ya debilitado, sigue adelante, es porque ya se ha transformado en una dinámica vital, que asegura el pan a no pocas personas desde hace casi 10 años y que cuenta con un público fiel, con esperanzas cuasirreligiosas, de que llegará la independencia como panacea para todos los males: El telepredicador de Waterloo, los antiguos etarras y las FARC son otros tantos vividores y traficantes de esperanzas, dentro de la misma escala y nivel de quienes arruinan y queman a los pueblos en la Bolsa y en la finanza.

Jordi Garriga Clavé [Twitter: @Jordigave]
Escritor, articulista y traductor. Escrito para MEDITERRÁNEO DIGITAL

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