El muñeco del pim, pam, pum

Hace mucho tiempo que no voy a ninguna feria, por lo que desconozco si aún hay casetas en las que se tira contra un muñeco, en el juego que se llamaba pim pam pum, con una pelota para conseguir un premio.

La mecánica del asunto era simple: el feriante colocaba una figura, a veces móvil, a la que se debía acertar mediante tres oportunidades. Si el jugador lograba su objetivo, se llevaba un premio, si no, no y perdía su inversión.

La función del muñeco, fuera cual fuera su forma, era recibir siempre los pelotazos de todo el mundo para que su función tuviera sentido. Era un objeto inanimado (sin alma) al que era divertido y provechoso arrearle. Nadie iba a sentir lástima por ello y además sería absurdo.

La metáfora, como el lector más sagaz ya habrá intuido, está servida: hay personas y grupos, incluso países o ideas, que son los muñecos pim pam pum de cada lugar y época. Cumplen una función cultural o social digna de estudio.

En nuestro tinglado político hay un muñeco pim pam pum al que siempre hay que golpear y que suele revestir diversas formas: es el fascismo. Quien quiera tener premio en política debe lanzarle la pelota y recibir su premio. La diferencia con la feria es que, aquel que se niega a lanzarle nada, pues ve la trampa (como todos), recibe el castigo de ocupar el lugar del muñeco pim pam pum, un sitio del que luego es muy complicado salir, pues no dejará de recibir pelotazos de los demás jugadores, felices al ver menos competencia en la carrera por el poder.

El incauto muñeco, desesperado, al final optará por lanzarse pelotas a sí mismo, o señalará a otro intuyendo que es el más débil de todos los jugadores, para que ocupe su sitio. En el mejor de los casos, logrará salir de aquella diana para disparar con mayor furor, rabia y fanatismo a su infortunado sustituto, del miedo que tendrá a regresar ahí. Aunque simplemente habrá quedado tan malparado que nunca más se acercará a jugar... En el peor, seguirá en su puesto en compañía de otras víctimas.

Para ser señalado no es preciso cumplir con un canon específico: se puede ser incluso comunista, o judío, o eslavo, o negro, o árabe, incluso mujer o transgénero. Se dispondrá todo un discurso para ello si es preciso. Del mismo modo, se dispensará al verdadero fascista de ser un muñeco del pim pam pum si es útil al tinglado: simplemente su inevitable suplicio será retrasado.

Como la metáfora ya debe estar aburriendo, acabo: del mismo modo que la función del muñeco no es otra que la de recibir pelotazos y nadie, absolutamente nadie, espera otra cosa de él, del mismo modo el fascismo quedó reducido a ello tras su derrota en 1945. Más allá de 1945 se convirtió en una idea inanimada (sin alma) contra la que se puede hacer y decir todo impunemente, con razón o sin razón. Al ser una idea que carece por completo de cuerpo, se puede endosar a cualquiera y convertirlo en la diana perfecta al servicio de cualquier, absolutamente cualquier, objetivo.

Resultado: el planeta es hoy una inmensa feria caótica donde todos son jugadores y muñecos del pim pam pum... La única virtud reconocida es tener mayor cantidad y calidad de proyectiles, y lanzarlos con gran altura moral...

Jordi Garriga
Autor: Jordi Garriga
Técnico industrial especializado en dirección de CNC. Colaborador en diversos medios españoles y del extranjero como autor, traductor y organizador. Ensayista, ha publicado varios libros sobre temas históricos, políticos y filosóficos. Ha sido militante y cuadro político en Juntas Españolas y el Movimiento Social Republicano.