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Lun05272019

Última actualizaciónLun, 27 May 2019 2pm

Opinión | Alejo Vidal-Quadras

Una comunidad de valores

europa

Hay fechas de la historia europea que se recuerdan con júbilo y orgullo y otras con tristeza y vergüenza. No hay duda que la inmensa mayoría de ciudadanos de nuestro continente celebra con enorme satisfacción el final de la Segunda Guerra Mundial o la caída del Muro de Berlín, mientras que consideran el día en que las tropas hitlerianas cruzaron la frontera polaca o en que los tanques soviéticos aplastaron la primavera de Praga jornadas de oprobio y dolor.

El 29 de Marzo de 2017 no será visto seguramente por las futuras generaciones que habiten el vasto y densamente poblado territorio que se extiende desde la costa atlántica hasta más allá del Danubio como un hito para conmemorar alegremente, sino como un acontecimiento sombrío, teñido de frustración y de fracaso. El que fuera ministro de los gobiernos de Margaret Thatcher y John Major, Michael Heseltine, ha dicho con la sabia lucidez que da la dilatada experiencia de una larga vida, que el Brexit ha sido el peor error cometido por el Reino Unido en tiempos de paz en el último siglo, afirmación cargada de dramatismo porque es sabido que los ingleses son poco proclives a la exageración grandilocuente.

Mi veteranía en la política nacional y comunitaria no está tan acreditada como la del ex-viceprimer ministro británico, pero tampoco es poca cosa y no sólo coincido plenamente con su melancólica apreciación, sino que lo hago desde una perspectiva muy distinta, la de un país que se incorporó a la Unión una década más tarde, que ha sido durante treinta años receptor neto de fondos europeos y que arrastraba en el momento de su entrada la carga de un reciente pasado dictatorial. Es evidente que la salida del Reino Unido del marco de los Tratados de Roma, Maastricht y Lisboa es una decisión lamentable, pero hay que atribuirla, además de a sus principales responsables, el Gobierno y el pueblo británicos, a la Unión en su conjunto. Rara vez un divorcio es asunto exclusivamente de uno de los cónyuges y en este caso también hay que repartir las culpas proporcionalmente.

Los principales instrumentos de los que se han valido los impulsores del Brexit han sido la demagogia y la mentira, pero no deja de ser cierto que el fuego no prende si la leña no está seca y cuando los populistas se lanzan desatados a excitar las peores pulsiones de la gente al servicio de sus siniestros y destructivos fines, lo hacen conscientes de que las circunstancias les ofrecen la oportunidad. Y esas circunstancias no son inevitables fenómenos meteorológicos, se han gestado a lo largo de lustros de falta de visión estratégica, de ambiciones cortas, de egoísmos estrechos y de desprecio a reglas elementales de conducta.

La Unión fue creada en un período que exigía grandes sacrificios y una inusitada altura moral. Los padres fundadores fueron un pequeño grupo de hombres esclarecidos de una estatura ética y política singular, que supieron colocarse al nivel que su época les demandaba. Por desgracia, las sucesivas hornadas de líderes que han venido después han experimentado un proceso de empequeñecimiento progresivo, tanto en el plano intelectual como en el personal. ¿Alguien imagina a Monnet, de Gasperi o Schumann contratando a su mujer para un trabajo ficticio con cargo a dinero público o montando orgías con menores en sede gubernamental?

La combinación de la crisis económica global y la avalancha de emigrantes procedentes de un Oriente Medio desgarrado ha sido letal y ha abierto brechas profundas en el cuerpo de Europa, pero ni el desplome financiero iniciado en 2008 ni los conflictos sangrientos de Siria e Irak han surgido por casualidad, han sido el resultado de un deterioro progresivo del sistema de referencia moral que levantó hace setenta años las instituciones germinales de la que hoy es la empresa colectiva más asombrosa y más noble de la historia del mundo, una Unión de Estados y de ciudadanos que se someten voluntariamente a un derecho común, que abren sus fronteras al comercio y a las personas y las cierran a los cañones y que comparten la defensa de los valores que han liberado a la Humanidad de la oscuridad de la tribu para elevarla a la luz de la polis.

He dedicado unas cuantas horas desde la deprimente visita carta en ristre del embajador británico Tim Barrow al Presidente del Consejo Europeo Donald Tusk -el reino que alumbró la gloriosa Carta Magna ha redactado por desgracia ocho siglos después una mezquina Parva Carta- a ver programas y reportajes de televisión en los que destacadas figuras públicas británicas o ciudadanos de a pie debatían sobre el Brexit, su significado y sus consecuencias. De este prolongado seguimiento de la discusión sobre tema tan espinoso en el seno de una de las sociedades más democráticas, maduras y multiétnicas del planeta, se desprende que los motivos por los que el 52% de los votantes han preferido el abandono de la Unión son básicamente dos: una supuesta recuperación de soberanía y un miedo irracional a la llegada de extraños de religión y cultura diferentes. Obviamente, los sólidos argumentos de que los Estados Miembros no pierden soberanía, sino que la refuerzan al ponerla en común con las del resto de socios y que la pertenencia a la Unión es compatible con un control adecuado de los flujos migratorios procedentes de latitudes no europeas, han sido insuficientes o no han sido explicados con la debida convicción y claridad por los partidarios del Remain.

La Unión Europea nació inspirada por un ideal de paz, libertad y democracia en mitad de un siglo que no en vano fue bautizado como "el siglo de los horrores". Cuatro generaciones más tarde, aquellos abismos de iniquidad han sido olvidados y resucitan amparados por esa alarmante desmemoria los viejos demonios del nacionalismo excluyente, de los instintos primarios y del relativismo hedonista. Nuestra admirable Comunidad de valores puede deshacerse enterrada por el declive de los mismos valores que la alumbraron.

Alejo Vidal-Quadras. Publicado en VozPópuli

 

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