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          Miércoles, 06 Junio 2018
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        La Europa que viene
        Lunes, 13 Mayo 2019
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        Lunes, 01 Abril 2019
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        La Iglesia Católica es la más perseguida con diferencia
        Domingo, 19 Mayo 2019
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        Y ahora, Europa
        Domingo, 19 Mayo 2019
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        Martes, 12 Febrero 2019
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        Viernes, 10 Mayo 2019
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Opinión | Alejo Vidal-Quadras

Twitter y las reglas para conversar

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En su clarificadora descripción de la sociedad abierta, Víctor Pérez Díaz señaló la existencia de un espacio abierto de conversación pública como uno de sus elementos definitorios. En efecto, si existe un ámbito no sujeto al control del poder político en el que los ciudadanos pueden intercambiar libremente información, opinar, discutir, contrastar ideas, compartir experiencias, criticar a los gobernantes y hacer propuestas, no cabe duda que las probabilidades de progreso y prosperidad generales se incrementarán frente a otro tipo de organización de la vida colectiva en el que esa espontánea corriente de opiniones, conocimientos y datos quede bloqueada por un centro dedicado a controlar las mentes de sus administrados.

 Si un danés, un italiano o un norteamericano proclama su desacuerdo con las autoridades, revela un caso de corrupción o manifiesta creencias contrarias al consenso al uso, lo hace con la tranquilidad de que ningún policía vendrá a detenerle ni sufrirá represión y que el único reproche que recibirá serán las muestras no violentas de repulsa o discrepancia de otros que, como él, acceden a ese foro común de contraste de pareceres, convicciones y puntos de vista y que no coinciden con sus posiciones. Si, en cambio, un coreano del norte, un cubano o un iraní, se atreve a expresar en un medio de comunicación o en la calle su protesta por determinada acción de su gobierno o a defender principios o valores distintos u opuestos a la ortodoxia dominante sufrirá de inmediato graves consecuencias que pueden ir desde la cárcel o el destierro a la tortura e incluso la muerte.

Somos, por tanto, muy afortunados los que, como nos sucede a los europeos y a los habitantes del llamado mundo occidental, podemos nadar en el océano de la comunicación sin que escualos dictatoriales nos devoren. En este contexto, las redes sociales y en particular Twitter nos proporcionan el marco electromagnético apropiado para que esa interacción sea directa, inmediata y extendida a nuestros congéneres del conjunto del planeta. Así, esa sociedad abierta que tan acertadamente teorizó Pérez Díaz abarca a todos los humanos de los cinco continentes que dispongan de un terminal conectado y que hoy se cuentan por centenares de millones.

Pues bien, como usuario frecuente, aunque mesurado y no obsesivo, de Twitter, he llegado a la conclusión de que precisamente por esa enorme libertad que la tecnología pone a nuestro alcance, sería útil seguir una serie de reglas voluntarias que harían mucho más fructífero el debate y que elevaría su nivel en beneficio de todos los que allí hablan entre sí. La primera y elemental es prescindir de los insultos y las palabras soeces. Una injuria o una grosería no son argumentos y sólo consiguen degradar y desprestigiar al que las profiere. Contestar a alguien que ofrece una opinión o un razonamiento con una invectiva tabernaria indica impotencia intelectual, carencia de virtudes cívicas y baja condición moral. Esta forma de comportamiento desgraciado se ve agravada por el hecho de que la mayoría de los que lo practican se escudan en el anonimato para lanzar sus ofensas. Por eso, una segunda norma debería ser identificarse con nombre y apellidos, ya que la sola justificación, aparte de la timidez, de ocultarse tras la máscara de un nombre inventado, algunos por cierto de pésimo gusto, es el propósito de zaherir y desahogar rencor sin asumir la correspondiente responsabilidad.

Una tercera recomendación es la de prescindir de las consideraciones ad personam para rebatir afirmaciones de otros. Si alguien desarrolla un argumento o presenta una evidencia, responder echándole a la cara asuntos personales que nada tienen que ver con lo que se está dilucidando es contrario a la lógica más elemental. Es como si se rechazase el principio de inercia de Galileo porque era un notorio mujeriego. Los hechos se contraponen a otros hechos y los razonamientos a otros razonamientos y no a las flaquezas o vicios reales o inventados del interlocutor o de sus antepasados. Y la cuarta y última es abandonar el fácil recurso al "y tú más". Si se denuncia una actuación reprobable de un concreto personaje público es una muestra de debilidad aludir automáticamente a trayectorias asimismo incorrectas de sus oponentes porque esa línea de defensa es absolutamente ineficaz y únicamente consigue embarrar el campo.

Ya que tenemos la fortuna de poder desplegar una conversación múltiple con tantos desconocidos para enriquecer nuestras propias visiones hagámoslo de manera educada, constructiva y respetuosa. No hay que afilar la ironía hasta la mofa, desmontar al oponente con bofetadas léxicas ni recurrir al golpe bajo cuando hemos recibido un limpio directo dialéctico en la frente. Ya decía Oscar Wilde que lo más relevante son las formas, sobre todo en las cosas trascendentales. ¿No suena mejor, por ejemplo, hablar del Brexit como una "nueva forma de asociación entre el Reino Unido y la Unión Europea" que como un "divorcio", sea éste amistoso u hostil? Ruego a mis decenas de miles de seguidores en Twitter, a la vez que les agradezco sus incesantes reacciones a mis pronunciamientos, que eliminen para siempre de sus ciento cuarenta caracteres los vocablos zafios, la hostilidad irracional, las afrentas coléricas y la cobardía del anonimato. Me limito a pedirles que me traten a mí como yo les trato a ellos, vieja máxima evangélica que a lo largo de la historia ha evitado muchos desastres y ha arreglado no pocos entuertos.

Alejo Vidal-Quadras. Publicado en VozPópuli

 

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