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Opinión | Alejo Vidal-Quadras

¿Será China el nuevo líder mundial?

china

Desde la Segunda Guerra Mundial, el papel de potencia hegemónica global -lo que fue Roma en la Antigüedad, España en el siglo XVI, Francia en el XVII y el Reino Unido en el XIX- le ha correspondido a los Estados Unidos de América. El estilo de vida americano, su inmensa fuerza militar y su exitoso sistema económico lo han consagrado como la primera democracia del planeta y el actor decisivo en las grandes crisis de los últimos setenta años. Este predominio parece haber alcanzado su punto máximo, altura desde la cual se inicia el declive. La inesperada elección de Donald Trump podría ser un claro indicio de este cambio de tendencia y del comienzo de una retirada lenta, pero progresiva, de la cúspide de la gestión de los asuntos mundiales. La pregunta inmediata es: si esto es así, ¿a quién le corresponderá a medio plazo la ardua tarea de dirigir a la comunidad internacional? ¿Qué país será el heredero de la pax americana y de su capacidad de orientar la marcha de los acontecimientos en los cinco continentes?

Aunque no es una entidad estatal propiamente dicha, sino un grupo de Estados cohesionados por un mercado integrado y por unas instituciones y un derecho comunes, la Unión Europea y su "poder blando" sería una opción a la hora de la aparición de otro piloto del orden global. Sin embargo, la insuficiente envergadura de su estructura de defensa, la diversidad interna de su política exterior, su agónica demografía, su estancado crecimiento y la ausencia de un centro unificado e indiscutido de tomas de decisión, la inhabilitan para semejante misión. Puestas así las cosas, muchas miradas giran hacia Oriente y se fijan en China y en su omnímodo presidente, Xi Jinping. El gigante asiático posee, en efecto, bastantes de los elementos que lo podrían erigir en el líder mundial del siglo XXI. Cuenta con un formidable ejército, un potencial de desarrollo económico realmente impresionante, un vasto y variado territorio, una población que se acerca ya a los mil cuatrocientos millones de habitantes, una incipiente y pujante clase media, una posición de vanguardia en determinados sectores tecnológicos punteros y una rápida aproximación al dominio de los restantes y una visión y una ambición de alcance general que apuntan a la voluntad de ponerse a la cabeza de los pueblos de la Tierra.

Por supuesto, Beijing todavía está lejos de ocupar el vértice de la pirámide desplazando a Washington, El PIB per cápita chino es aún el 30% del norteamericano en términos de poder de compra y el 15% en términos nominales, su productividad laboral es muy baja comparada con la de las economías avanzadas occidentales, su sistema productivo dista de ofrecer la eficiencia y la competitividad requeridas para marcar la pauta en los mercados globales y recientemente su espectacular ritmo exportador se ha detenido. Ahora bien, tras el discurso de Xi Jinping en el último Congreso del Partido Comunista Chino, lo que se dibuja en el horizonte es un asombroso plan de extender y consolidar su influencia en todos los planos de la economía y de la geopolítica globales. Una muestra inequívoca de este propósito es el proyecto de Ruta de la Seda -one Belt one Road Initiative- cuya dimensión y volumen de recursos a movilizar sólo se entiende si su promotor se contempla a sí mismo como el llamado a resucitar las glorias imperiales del pasado, cuando China se autodenominaba "el centro del mundo y la civilización".

Hay otro aspecto de este cuadro de transformaciones que se avecina que es digno de reflexión y de atención. Una vez alcanzado el fin de la Historia con la caída del Muro de Berlín, nadie duda -salvo Pablo Iglesias, Nicolás Maduro, Raúl Castro y Kim Jong-un, o sea lo mejor de cada casa- que los valores de la sociedad abierta y la economía de mercado representan el marco ideológico más apropiado para proporcionar seguridad, prosperidad y bienestar a los países que lo adoptan. Esta certeza no se extiende en cambio al método más eficaz para organizar la transición desde la pobreza a la riqueza. La experiencia acumulada a lo largo de décadas a partir de los procesos de descolonización revela que las fórmulas simplistas de sustitución de exportaciones de bienes primarios e importación de bienes elaborados por industrialización o la aplicación en seco y a las bravas de privatización y liberalización no suelen funcionar. De hecho, los casos de éxito, Taiwan, Corea del Sur y otros tigres asiáticos, han demostrado que el paso ha de ser gradual y que las grandes empresas estatales sirven de sostén durante la introducción por fases de la economía liberalizada. En otras palabras, que la meta caracterizada por la libertad y la democracia ha de ser alcanzada mediante la aclimatación y no la ducha fría.

Desde esta perspectiva, China y su experimento de doble pista, capitalismo económico combinado con dirigismo político, se puede imponer en el mundo en vías de desarrollo como el paradigma ideal, reforzando el prestigio de ese régimen mixto, siempre y cuando, naturalmente, no se trate de eternizar la falta de libertades, sino, por el contrario, de garantizar que la senda del autoritarismo a la democracia sea recorrida sin sobresaltos. A este respecto, conviene señalar que Xi Jinping ha incluido entre los objetivos marcados para su país para 2050 una China "próspera, fuerte, democrática, culturalmente avanzada, armoniosa y hermosa".

Las generaciones venideras verán quizá un mundo distinto al nuestro, en el que el American Dream haya sido sustituido por el Chinese Dream. Será para bien, si esta evolución histórica se traduce en un incremento global de la libertad.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Exvicepresidente del Parlamento Europeo. Publicado en VozPópuli

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