Opinión | Alejo Vidal-Quadras

¿Qué sucederá el 1 de octubre?

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Las hojas del calendario van cayendo y el Gobierno separatista de Cataluña sigue adelante con los preparativos del referéndum inconstitucional, ilegal e irracional que tiene anunciado para el primero de Octubre. Ni las inhabilitaciones ni las sentencias judiciales ni las resoluciones del Tribunal Constitucional ni los procedimientos sancionadores abiertos por el Tribunal de Cuentas ni las investigaciones policiales en curso parecen hacer mella en su hasta ahora inquebrantable voluntad de acabar con España como Nación. Como una bola de nieve rodando ladera abajo, el volumen y la velocidad del golpe van creciendo imparables. Las causas remotas y recientes por las que se ha llegado a semejante situación han sido sobradamente analizadas y no se trata de insistir en ellas, sobre todo porque ya es tarde para cambiar un largo curso de errores estratégicos, ausencia de visión histórica, falta de patriotismo, debilidades conceptuales y oportunismos pusilánimes de los dos grandes partidos nacionales a lo largo de las últimas cuatro décadas.

A menos de nueve semanas de la fecha fatídica que marcará un antes y un después en nuestra vida colectiva, lo interesante es intenta adivinar cuál será el desenlace de esta tragicomedia, qué es lo que puede ocurrir el día de autos y qué probabilidad cabe atribuir a cada uno de los potenciales resultados de la temeraria operación emprendida, en contra del orden legal vigente y de la más elemental prudencia, por Puigdemont, Junqueras y sus acólitos. De hecho, a la hora de la predicción estamos obligados a movernos en el terreno de las hipótesis, dado que hemos alcanzado un punto en que es imposible saber con certeza qué ocurrirá ni qué hará cada una de las partes implicadas a medida que se vayan dando los sucesivos pasos del proceso desde hoy hasta la prevista jornada de la consulta. No lo sabemos ni los que asistimos como observadores activos o pasivos al espectáculo, ni tampoco lo saben los que evolucionan sobre el escenario. Si se tratase de una obra teatral, sería singular, ya que su final es un misterio tanto para el público como para los actores que la representan. El único que debería estar en el ajo es el autor, pero nos encontramos ante una pieza que en realidad es anónima al haber sido escrita por numerosas plumas inconexas a lo largo de mucho tiempo, sin un hilo que preste consistencia al relato ni un argumento estructurado. A lo que más se parece este embrollo es a un fenómeno aleatorio regido por la teoría del caos.

En principio, ningún Gobierno digno de tal nombre puede permitir una vulneración flagrante de la legalidad a cargo de representantes institucionales bajo su control, y no digamos si además dicha transgresión tiene como objetivo la liquidación de la Nación que debe proteger y preservar, pero el Ejecutivo presidido por Mariano Rajoy ha dado ya muestras tan asombrosas de pasividad ante las tropelías de Junts pel Sí, que es normal que haya quien abrigue dudas al respecto. Supongamos, sin embargo, que saca fuerzas de flaqueza y aplica alguno de los instrumentos normativos de los que dispone, declaración de estado de excepción o de sitio, ley de seguridad ciudadana, interrupción temporal de transferencias de fondos a la Generalitat rebelde hasta que desista de sus propósitos secesionistas, u otro que descubran los doctos juristas sorayescos - el famoso artículo 155 está invalidado por la inacción de Rajoy, que ha agotado el plazo para utilizarlo -. Ante coacción tan contundente, los separatistas pueden bajar velas, renunciar al referéndum y convocar elecciones autonómicas dándoles un carácter referendario o, indiferentes al castigo, mantener el pulso forzando al Gobierno a emplear las fuerzas de seguridad del Estado. El asunto podría quedar ahí o adquirir mayor gravedad si los sediciosos se resisten, toman las calles, y se inicia una escalada de violencia que comporte una intervención de la necesaria efectividad de la policía y la Guardia Civil, con heridos en un número considerable o algo peor. Si este escenario de confrontación física se desborda, podría en el límite requerir el recurso al ejército.

Otro posible cuadro consistiría en una cascada de dimisiones de altos cargos autonómicos contrarios a incumplir la ley por temor a las consecuencias sobre sus carreras y sus patrimonios, acompañada de la negativa de bastantes funcionarios de a pie, entre ellos los Mossos d' Escuadra, de obedecer a sus superiores si les dan órdenes incompatibles con la legalidad, lo que llevaría a la imposibilidad de celebrar la consulta. Un fracaso de este tipo es el que desea fervientemente el equipo monclovita y sería desde luego el menos traumático.

Una tercera opción es que el Gobierno central siga instalado en la parálisis más allá de inanes actuaciones ante los tribunales, y el referéndum tenga lugar. Obviamente, lo que seguiría dependería de su resultado, pero su mera celebración implicaría que España como sujeto reconocible de soberanía habría dejado de existir.

La verdad es que hay un amplio abanico de caminos que puede tomar este conflicto y que lo aconsejable es que el Gobierno, aparte de confiar en el Apóstol Santiago o en la Virgen de Lourdes, elabore y prepare un plan para cada uno de ellos. ¿Lo está haciendo así? He aquí una incógnita que nos acecha gracias al insondable y misterioso esquema mental del que, en última instancia, deberá dictar las disposiciones de las que en esta etapa crítica de nuestra historia depende el futuro de los catalanes y del conjunto de los españoles.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Exvicepresidente del Parlamento Europeo. Publicado en VozPópuli

 

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