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Opinión | Alejo Vidal-Quadras

¿Qué nos espera en 2017?

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El futuro es por definición desconocido, pero hay períodos históricos en que la incertidumbre se acentúa. Ha habido épocas en las que los seres humanos no preveían grandes sorpresas para los años que tenían ante sí, sus instituciones lucían sólidas, sus creencias firmes, su interpretación de la realidad fiable y les era posible hacer planes con la certeza de que el entorno político, tecnológico, moral y económico en el que se movían iba a mantenerse razonablemente estable durante décadas. Así debía sentirse un egipcio durante el reinado de Ramsés II, un romano bajo el mandato de Tiberio, un francés en la etapa de madurez de Luis XIV o un británico en el apogeo victoriano. Para desgracia de los habitantes del planeta recalentado que se dispone a dejar atrás un turbulento 2016, los próximos trescientos sesenta y cinco días se prefiguran como igualmente imprevisibles. Ian Bremmer acuñó hace seis años un término felizmente descriptivo de un orden global caracterizado por la confusión: el G-cero, es decir, un mundo carente de estructuras supranacionales que proporcionen seguridad jurídica, política y financiera a nivel general y que eviten el caos, los conflictos incontrolados, los desastres ecológicos y que nos pongan a salvo del pánico.

Es precisamente Bremmer el que en un reciente artículo en Time Magazine ha asociado este inquietante porvenir a corto plazo con la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, acontecimiento que interpreta como el punto de inflexión a la baja del liderazgo sobre el orbe que los Estados Unidos han venido ejerciendo ininterrumpidamente, para bien y para mal, desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Es cierto que una cosa es el poder y otra el liderazgo. El poder se tiene con independencia de la voluntad de utilizarlo para determinados propósitos y no cabe duda que la capacidad militar, económica, cultura y tecnológica de los Estados Unidos para proyectarse sobre el resto del globo e influir sobre los demás países los seguirán consagrando como la gran fuerza hegemónica en el plano internacional durante bastante tiempo.

Sin embargo, la idea que ha venido orientando la acción de las elites de Washington a lo largo de los últimos setenta años de que su gran nación, esa ciudad resplandeciente sobre un promontorio que ilumina todos los confines de la tierra, tenía el deber moral y la misión inescapable de conducir al conjunto de la Humanidad hacia la libertad, la prosperidad, la justicia y la paz, y que esta tarea sublime requería enormes sacrificios que debían ser asumidos con coraje y generosidad, está dejando de tener vigencia y el nuevo ocupante del Despacho Oval encarna este cambio trascendental.

Trump, en efecto, no es un hombre de convicciones, sino un hombre de negocios, y va a actuar como tal. Este significativo desplazamiento de enfoque va a tener consecuencias notables. El empresario del ladrillo y del espectáculo que se dispone a jurar su cargo en pocos días está dando ya señales de que lo que se avecina no es una mera cuestión de estilo o de programa o de estrategia, lo que se cierne es otro concepto, y para eso hemos de prepararnos los europeos. De entrada, está nombrando para los principales puestos de su Administración a personas muy alejadas del establishment político y con trayectorias previas que no les sitúan precisamente en el campo de lo políticamente correcto. Además, se ha permitido rechazar el informe diario de inteligencia que se le suministra al presidente electo, lo que demuestra que prefiere formar su propio juicio sin el apoyo -por lo menos en esta fase inicial de su responsabilidad- de expertos pertenecientes a lo que percibe como un sistema sospechoso. Las pistas que ha dado sobre su proyecto de alianzas, amistad con Rusia, indiferencia despectiva hacia Europa, proteccionismo económico, frialdad hacia China, contención enérgica de Irán, sustitución de aliados por clientes y preferencia por el unilateralismo frente al multilateralismo, denotan una mentalidad despiadadamente pragmática basada en la decisión de que el contribuyente norteamericano no sea más el pagano de todos los estropicios propios y ajenos y de que allá cada uno con sus problemas.

Se dice que Reagan exigía que se le presentasen los temas, por complejos que fueran, en un máximo de un folio, especificando con claridad las opciones. El flamante primer mandatario tiene la costumbre de no pasar de ciento cuarenta caracteres a la hora de formular sus planteamientos, lo que obviamente representa una tremenda ganancia en eficacia, aunque es posible que se pierda algún detalle relevante en este meritorio esfuerzo de síntesis.

En 2017 se celebrarán elecciones en Francia, con una aspirante bien situada partidaria de dinamitar la Unión Europea, en Alemania, donde Merkel se encuentra muy debilitada por el fracaso de su apertura de fronteras a los refugiados, y en Italia, sumida en la desazón provocada por el rechazo a la reforma constitucional de Renzi. Un desenlace perturbador de cualquiera de esas citas con las urnas podría desencadenar un proceso de efectos devastadores para nuestro continente. Las negociaciones del Brexit mantendrán a las instancias comunitarias en vilo y situarán a un Reino Unido profundamente dividido ante la disyuntiva de reparar en lo posible el desastre o hacerlo completo. En España, la bomba de relojería catalana ha de estallar de una u otra forma y dependiendo de la magnitud de la explosión nuestra incipiente recuperación se puede ir al traste irreversiblemente. Si la guerra de Siria acaba con el triunfo de Assad y la teocracia iraní, el califato sunita asesino del ISIS se dispersará generando focos múltiples de terrorismo en otros continentes y un entronizado califato chíita de los ayatolás de Teherán con aspiraciones a erigirse en potencia nuclear plantará su bandera totalitaria sobre Oriente Medio amenazando a las monarquías sunitas del Golfo, cuya reacción no será pacífica.

Si 2016 nos ha sobresaltado con no pocas sorpresas desagradables, todo apunta a un 2017 no menos agitado. Apretemos, pues, el cinturón de nuestro asiento en la aeronave global y no confiemos demasiado en la pericia de los pilotos.

Alejo Vidal-Quadras. Publicado en VozPópuli

 

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