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Lun05272019

Última actualizaciónLun, 27 May 2019 2pm

Opinión | Alejo Vidal-Quadras

Por la gracia de Dios

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Por suerte para la estabilidad social y política de España, Felipe VI está demostrando unas excelentes dotes para administrar un patrimonio intangible acumulado por los siglos que ya no procede de la gracia del Altísimo, sino que se sustenta en que decenas de millones de hombres y mujeres que le consideran un ser puramente humano.

La tan esperada sentencia sobre el caso Noos ha reavivado el debate sobre la Monarquía como forma de Estado, su vigencia en términos de calidad democrática de los sistemas políticos modernos y su justificación ética y racional en el siglo XXI. Uno de los aspectos más llamativos a la vez que decepcionantes de este desgraciado episodio es la incomprensible falta de visión sobre la institución a la que representaban los ahora condenados, al ser doña Cristina de Borbón y Grecia Infanta de España e Iñaki Urdangarín su cónyuge, y como tales miembros de la Familia Real en la época en que sucedieron los hechos juzgados. El proceso adaptativo de las diferentes dinastías que todavía reinan en países europeos al paso del tiempo y a la desacralización de sus figuras y del origen de su posición en la cabeza del Estado no ha sido fácil y ha puesto a prueba la inteligencia y el buen sentido de sus titulares.

Hay que decir que no todos han sabido comprender adecuadamente las nuevas circunstancias en las que debían desenvolverse ni los distintos grados de arraigo de los sentimientos de adhesión a la corona de sus respectivos pueblos. Así, por ejemplo, en el norte de nuestro continente, las sociedades escandinavas han otorgado gradualmente a sus reyes y príncipes un papel exclusivamente decorativo-turístico-afectivo carente de poder alguno, circunscribiendo su misión a la de representación icónica de una tradición, una identidad nacional y un paisaje percibidos como propios por la ciudadanía y exigiéndoles a cambio de sus privilegios un comportamiento personal y familiar ejemplar -por lo menos en la apariencia- y una permanente disponibilidad para ser exhibidos en festejos patrióticos o folklóricos, inauguraciones de escuelas u hospitales o bautizos de buques de la armada, ataviados según la ocasión requiriera y con una sonrisa permanente sobre sus augustos rostros. En tanto que los monarcas de Suecia, Noruega y Dinamarca se ajusten a este patrón de conducta y cumplan diligentemente su rol de figura de postal pueden seguir en sus tronos durante muchos años sin riesgo de ser reemplazados por repúblicas.

Asunto distinto es el de la monarquía británica, cuyo contenido simbólico asociado a la existencia misma de la nación y a su historia está tan profundamente implantado en las mentes y en los corazones de la mayoría de los habitantes de sus islas que resulta muy improbable su caída, incluso sometida a las pruebas más adversas. Se puede decir desde esta perspectiva que los británicos no se consideran súbditos de su monarca por mucho que se les denomine de esta manera, sino que lo entienden como una posesión suya, un signo irrenunciable de su personalidad colectiva y por consiguiente un componente fortalecedor de su autoestima. La prueba está en que ni siquiera la tragedia de Diana de Gales fue capaz de mover los sólidos cimientos sobre los que se apoyan las seis décadas de reinado de Isabel II.

En España, la relación de los españoles con sus reyes ha sido recurrentemente áspera a lo largo de los últimos doscientos años y las simpatías por la monarquía son descriptibles. Por eso, la pervivencia de la institución descansa sobre un suelo movedizo que demanda de sus responsables unas especiales habilidades y una atención cuidadosa a los vaivenes de la opinión. La monarquía en nuestros lares y en los principios del tercer milenio depende para su continuidad de la adhesión o como mínimo de la indiferencia de la gente. Cualquier acción, gesto o exceso que irrite a la fiera que puebla calles, plazas, estadios de fútbol y bares de tapas y que se acomoda todas las noches en el sofá ante la pantalla mágica, es una chispa sobre pólvora seca. Doña Cristina, su atlético marido y en buena medida el Rey emérito, se han dedicado sistemáticamente a jugar con fuego. El saqueo de las arcas públicas por los ex-duques de Palma de Mallorca en colaboración y connivencia con una pandilla de autoridades públicas tan cortesanas como horteras, ha estado a punto de cargarse el invento, delito mucho más grave e imperdonable que aquellos por los que se les han impuesto penas de prisión y abultadas multas. La conclusión de esta triste historia es que, aparte de linaje, honradez, sensatez, dedicación, formación e idiomas, un requisito indispensable para ceñir la corona o emparentar directamente con ella debería ser una capacidad de discernimiento que sitúe a su poseedor inequívocamente en la especie Sapiens.

Por suerte para la estabilidad social y política de España y para nuestra imagen internacional, Felipe VI está demostrando unas excelentes dotes para administrar un patrimonio intangible acumulado por los siglos que ya no procede de la gracia del Altísimo, sino que se sustenta en que decenas de millones de hombres y mujeres que le consideran un ser puramente humano, lleguen al convencimiento de que mantenerle en La Zarzuela les proporciona más ventajas que inconvenientes. El hecho de que siga ahí con su prestigio intacto después del espectáculo bochornoso dado por su hermana y su cuñado, demuestra que se encuentra plenamente a la altura de su trascendental tarea. Larga vida al Rey.

Alejo Vidal-Quadras. Publicado en VozPópuli

 

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