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          Miércoles, 06 Junio 2018
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        Lunes, 13 Mayo 2019
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        Domingo, 19 Mayo 2019
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Opinión | Alejo Vidal-Quadras

Lecciones de anatomía

bandera-gay

La campaña de Hazte Oír de oposición a ley madrileña contra la LGTBI-fobia y la discriminación por razón de orientación sexual ha estallado en escándalo cuando ha pasado de las declaraciones en los medios, las ruedas de prensa y las protestas en las escuelas a su materialización en forma de autobús. Es como si la aparición del pensamiento clásico sobre la diferenciación sexual en forma de enorme vehículo sobre ruedas hubiera hecho saltar un resorte que ha dado suelta a una hostilidad inusitada por parte del establishment político y las asociaciones de gays, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales.

Una tormenta de tronante violencia ha caído sobre esta entidad de acendrado catolicismo y, como tal, contraria a la legalización del aborto, al matrimonio homosexual y, en general, a todo lo que contribuya a presentar en la vida social y en el sistema educativo como normal y aceptable cualquier orientación distinta a la estrictamente heterosexual. El problema que tiene Hazte Oír es que aquí nadie discute que los niños y las niñas tengan anatomías distintas, tal como ellos proclaman en su enorme anuncio itinerante, sino que hay niños que, pese a su configuración externa masculina, no se sienten cómodos siendo niños porque preferirían ser otra cosa y niñas a las que les sucede exactamente lo mismo. El combate dramático de Hazte Oír no es contra determinados comportamientos o inclinaciones, es contra la realidad, y ese es un enemigo imposible de derrotar.

Cuando yo estudiaba bachillerato elemental -la secundaria de entonces- las iglesias estaban a rebosar los domingos y en Semana Santa se prohibía la circulación de coches por las calles, las radios emitían ininterrumpidamente música sacra y los cines tan sólo proyectaban películas sobre temas bíblicos, vidas de santos o edificantes historias de héroes de la moral tradicional. Mis compañeros de clase, adolescentes bulliciosos amantes del fútbol e incipientes admiradores de las alumnas uniformadas de los colegios de monjas, tenían clarísimo que eran unos pecadores compulsivos y experimentaban regularmente el éxtasis de la reconciliación con lo correcto y la mortificación de la penitencia. El bien y el mal aparecían perfectamente delimitados y había ciertas cosas de las que no se hablaba porque pertenecían al mundo oscuro y peligrosos de lo innombrable. Sin embargo, recuerdo perfectamente a un condiscípulo que manifestaba de forma tímida, pero evidente, aficiones peculiares y cuya relación de íntima amistad con otro revestía características de especial y afectuosa intimidad. La verdad es que ninguno de nosotros, aunque conscientes de que era digamos diferente, jamás le molestó, vejó o discriminó. Él era como era y no nos afectaba demasiado.

Desde mis tiempos escolares advertí que el dimorfismo sexual era algo más complejo de lo que nos explicaban en clase de ciencias naturales y que la atracción amorosa entre seres humanos presentaba un rico mosaico de variedades. El hecho de que a mí y a la mayoría de mis amigos fuera y dentro de las aulas lo que nos emocionaba eran las niñas y que coger la mano de una grácil y apenas púber colega de juegos de larga melena y ojos esquivos mientras patinábamos nos elevase hasta una dicha indescriptible no impedía que intuyéramos que existían otras variedades de aquel arrebatador fenómeno. En otras palabras, ya a muy temprana edad comprendí que la homosexualidad y otras modalidades de la relación carnal no eran una perversión ni una patología ni un vicio, sino simplemente un hecho como el vuelo de los pájaros, el relámpago antes del trueno o la caída de graves sometida a la mecánica newtoniana.

La evolución ha durado miles de millones de años y por ahora ha culminado en el Sapiens Sapiens. A lo largo de este dilatado recorrido se han producido muchos tanteos, excursiones laterales, éxitos y fracasos, y nada en la vida, la reproducción o el sexo, tiene por qué ser lineal o rígidamente predeterminado. Las dificultades surgen cuando se transforma un asunto que debe ser tratado con naturalidad y respeto en una militancia agresiva y en una ideología invasiva en un sentido o en el opuesto. El feminismo obsesivo y arrollador es tan molesto y perjudicial como el machismo abusivo y zafio. El conflicto aparece, como sucede siempre con las tentaciones totalitarias, en el momento en que una parte quiere imponerse a la otra mediante la coacción o la violencia.

El camino correcto lo marca la libertad y la protección de la esfera personal frente a intromisiones públicas. Libertad de educación, libertad de elección, libertad de sentimientos, libertad de gustos. Si hay padres que desean para sus hijos, tal como reza la Constitución, un tipo concreto de formación, ese derecho no debe ser vulnerado, y si hay personas que quieren a otras del mismo sexo, pues que puedan satisfacer su amor sin trabas ni riesgos. Si estas pautas se aplicasen, con naturalidad y sin aspavientos, nos ahorraríamos el espectáculo de exaltadas activistas de torso desnudo asaltando capillas o de indignados cabezas de familia que fletan imponentes autocares para defender a sus retoños de lo que consideran una amenaza disoluta. Las legislaciones demasiado específicas e intervencionistas no dan buenos resultados y generan invariablemente reflejos de rechazo en aquellos que ven constreñida su autonomía individual o atropelladas sus creencias. No hay que confundir la normalización con el proselitismo ni contemplar con ojos monocromáticos el arco iris.

Alejo Vidal-Quadras. Publicado en VozPópuli

 

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