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Vie04262019

Última actualizaciónVie, 26 Abr 2019 12pm

Opinión | Alejo Vidal-Quadras

La política como destrucción

pedro sanchez mariano rajoy mocion censura

La historia política de España desde la Transición hasta hoy ha recorrido un camino marcadamente descendente. Se inició esta larga etapa de cuatro décadas con una enorme carga de esperanza y un asombroso despliegue por parte de las elites dirigentes de aquel momento seminal de una admirable altura de miras, sentido del Estado, generosidad y responsabilidad. Los que sabían que su tiempo se había acabado supieron dejar el escenario con dignidad y decoro y los que llegaban para hacerse cargo del país renunciaron a la revancha y al rencor. El nivel medio de las figuras públicas que hicieron posible aquella transformación sin apenas traumas ni violencia era apreciablemente alto, tanto en formación como en experiencia, calidad humana y exigencia moral. Muchos de ellos tenían tras de sí biografías cuajadas de claroscuros, pero era difícil encontrar pigmeos intelectuales, saqueadores de las arcas públicas, falsificadores de currículo, mediocres o ágrafos.

El sistema institucional y la estructura territorial que acordaron presentaba graves defectos de fondo, lagunas peligrosas e inconsistencias resbaladizas, pero debemos admitir que lograron lo que entonces fue posible y que confiaron, creyendo que los que vendrían después serían de su mismo fuste, en que el transcurso de los años y la adaptación a la realidad irían tapando las vías de agua, soldando las grietas y resolviendo las contradicciones. Botaron una nave de cuyas fragilidades eran conscientes, aunque nunca pudieron imaginar que las sucesivas tripulaciones que la ocuparían en el futuro irían perdiendo progresivamente el rumbo hasta estrellarla en los arrecifes de la corrupción, la incompetencia, el sectarismo y la traición. La inclinación de la pendiente que lleva de la dramática sesión en que las Cortes del régimen anterior aprobaron la Ley de la Reforma Política hasta el esperpento rastrero de la moción de censura del Partido Socialista de Pedro Sánchez contra el Gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy es llamativamente grande. Basta observar la magnitud de la caída para que a uno se le encoja el corazón.

Todo en el debate de esta iniciativa pérfida conduce a la decepción y al desánimo. Un aspirante que invoca la estabilidad y la confianza mientras la posibilidad de que ocupe La Moncloa hunde la Bolsa y dispara la prima de riesgo y un censurado que se aferra a la poltrona como Scrooge a su dinero. El líder del partido de los ERE de Andalucía se dispone a sustituir al jefe de la organización de la Gürtel, al que reprocha su falta de honradez, y en su discurso declara enfáticamente su compromiso con la Constitución aupándose al poder con el apoyo de golpistas contra el ordenamiento vigente. Afirma su propósito de cumplir con las obligaciones de control del déficit que derivan de nuestra pertenencia a la zona euro a la vez que anuncia medidas que van a desbaratar el equilibrio presupuestario. Nada hay que tenga la mínima consistencia en este espectáculo vergonzoso de vanidades desatadas, codicias reptantes y completa ausencia de atención al interés general.

Y lo peor de este final de época tan carente de grandeza y tan abundante de mezquindad es la resistencia férrea de Mariano Rajoy a presentar la dimisión antes de que la votación que tiene perdida arroje a España al abismo. Sin importarle la Nación que debe proteger de enemigos exteriores e interiores, ni su partido, que bajo su mandato se aproxima a su desaparición, ni la interrupción brusca de la recuperación económica, se agarra al sillón hasta el último minuto poseído del deseo diabólico de extender su fracaso al resto de sus compatriotas. Hasta su adversario en esta hora aciaga le ha conminado repetidamente desde la tribuna a renunciar, se supone que aterrado por la perspectiva de presidir un Ejecutivo en desoladora minoría en manos de grupos cuyo proyecto confesado es la voladura de España en pedazos.

Sin embargo, el que ya ha quedado consagrado como el peor presidente del Gobierno de nuestra democracia, desplazando de tan meritoria posición al contador de nubes, prefiere la catástrofe que nos aguarda a abrir un período de interinidad que asegure un margen de maniobra para convocar elecciones, para que su formación elija a su sucesor y para que la sociedad española se recomponga después de tanto sobresalto.

Para oprobio del derrotado, dos falsos mitos con los que sus aduladores han insistido en adornarle se han desplomado con estrépito: el primero, el de su habilísima administración de los tiempos, que ha consistido esencialmente en sestear en la inacción o en reaccionar tarde y mal ante lo inevitable, finalmente desmentido por el hecho de que ese mismo tiempo que ha desperdiciado con su pasiva indolencia le ha atrapado hasta aplastarle; y el segundo, el de su tan cacareado sentido común, que al dejarle inerme frente a un indocumentado sin otra arma que su osadía temeraria, ha demostrado que no era otra cosa que pura cobardía.

Quizá lo único bueno de este episodio trágico sea que los españoles quedaremos libres de un individuo que, atrincherado en su inmovilidad desesperante, nos mataba de aburrimiento. A lo mejor en los meses que vendrán la experiencia del desastre absoluto que traerá sin duda el cóctel venenoso de separatismo rabioso, colectivismo liberticida e inanidad insalvable que deberemos tragar, haga que la sociedad española reaccione y descarte la política como destrucción para adquirir la solidez de las democracias maduras.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Exvicepresidente del Parlamento Europeo | VozPópuli

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