Opinión | Alejo Vidal-Quadras

La memoria divisiva

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Ernest Renan en su célebre ensayo "¿Qué es una Nación?", escrito en 1882 bajo la influencia lacerante de la apropiación de las regiones francesas de Alsacia y Lorena por Prusia tras la derrota de Napoleón III en la batalla de Sedán, introdujo la a partir de entonces consagrada distinción entre "nación política" y "nación cultural". En su discurso hizo una observación de gran agudeza que siempre que ha sido ignorada ha provocado grandes daños cuando no tragedias a las sociedades que han incurrido en este error. Se trata de la idea de que las naciones, que se construyen a lo largo de los siglos por una serie de acontecimientos y circunstancias que acaban cristalizando en un conjunto de recuerdos comunes, también requieren para su cohesión y perdurabilidad un cierto grado inteligentemente administrado de olvido. El gran pensador francés legó a la ciencia política y a la comprensión de los fenómenos colectivos una paradoja tan iluminadora como cierta: la unidad nacional, es decir, la capacidad de millones de seres humanos que comparten un pasado para vivir juntos en paz, igualdad y justicia, organizar su presente y preparar su futuro en común, necesita que exista un acuerdo cívico en virtud del cual parte de este acervo pretérito quede borrado de la conciencia popular o, por lo menos, se fragüe un pacto tácito para que ciertos episodios ya sucedidos y, por tanto, irreversibles, queden fuera del debate político y no se utilicen jamás como motivo de enfrentamiento, de rencor o de reproche.

Al igual que la mente que ha sufrido un trauma doloroso de insoportable rememoración se defiende mediante una amnesia selectiva que elimina ese sufrimiento para siempre o un organismo sometido a tortura física extrema recurre al desvanecimiento para interrumpir el castigo, Renan recomendó a los pueblos que aspirasen a una convivencia solidaria, armónica y estable, que archivasen en un fichero guardado bajo siete llaves aquellos fragmentos de otras épocas que pudiesen resucitar viejas peleas, reverdecer odios marchitos o activar resentimientos dormidos. Es una evidencia que los países que han sabido realizar con éxito este ejercicio de sabiduría han podido superar sus errores y, en cambio, los que se han empeñado en mantener vivos los agravios, reales o inventados, cometidos por unos contra otros o por otros contra unos, se han visto condenados a regresar a sus peores pesadillas.

No cabe duda que la Alemania reunificada de hoy no sería viable si hubiese grupos sociales con influencia real que se dedicasen a reabrir las terribles heridas del nazismo con su orgía de inhumana crueldad o que Francia no hubiera resistido una ininterrumpida insistencia en mantener vigente la matanza de la Noche de San Bartolomé o el oprobio de Vichy. El bálsamo del perdón basado en la asimilación generosa de lo que pasó y no debe volver a ocurrir resulta imprescindible para el sosiego de los conflictos interiores de los pueblos, requisito esencial de su continuidad como entidades política, social y económicamente reconocibles, consolidadas y dotadas de saludable autoestima.

Estas reflexiones, fruto del conocimiento histórico y de la sensatez, debieran haber planeado sobre el hemiciclo del Congreso durante el debate de la Proposición No de Ley del PSOE sobre la aplicación de la Ley de Memoria Histórica al monumento funerario del Valle de los Caídos. La Transición fue un intento racional y bien intencionado de enterrar definitivamente los horrores de nuestra Guerra Civil para construir una democracia avanzada, europea y constitucional. Aquella operación de transformación de una dictadura a un régimen de libertad no hubiera sido posible si los españoles no hubiesen estado de acuerdo en dejar atrás las atrocidades de los dos bandos de la contienda, sellar una reconciliación sincera y mirar hacia adelante.

La tozudez de la izquierda en revisar periódicamente la gran entente civil de 1978 es perturbadora y estéril. Desvía energías que necesitamos para afrontar los múltiples y urgentes desafíos que tiene España, genera división en ámbitos muy sensibles de nuestra sociedad y no conduce a nada práctico. Como es obvio que ninguno de los partidos con representación en la Cámara desea aparecer como benevolente con un sistema autoritario, no se ha emitido ningún voto contrario a la Proposición porque el temor a ser percibido como sospechoso de simpatía hacia el franquismo hace que nadie se atreva a hacer una llamada a practicar ese olvido curativo que recomendaba Renan. Al final, la conclusión es la misma que se alcanza en tantos otros asuntos trascendentales de nuestra vida pública: padecemos una clase política muy superficial, no demasiado ilustrada y de escasa altura de miras. Se confirma así que probablemente la máxima prioridad que debe plantearse la sociedad española, tal como reclama insistentemente Ciudadanos, es la reforma de la educación para que las generaciones venideras dispongan de mejores y más sólidas herramientas intelectuales y morales que las blinden contra la politiquilla de bajo nivel.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Publicado en VozPópuli

 

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