Opinión | Alejo Vidal-Quadras

Fondo y forma

rufian

He tenido el placer recientemente de debatir con Gabriel Rufián sobre la Monarquía. Catalunya Ràdio, la emisora gubernamental catalana, ha concebido la feliz idea de epilogar la final de la Copa del Rey con este sosegado cambio de impresiones entre el diputado republicano y separatista -combinación sin duda extrema- y yo, considerando acertadamente que semejante diálogo podría ofrecer a sus oyentes el interés que siempre aportan los contrastes auténticos. He de decir que el tono y la actitud del joven y aguerrido representante del partido de Maciá y Companys han sido en todo momento de una absoluta corrección e impregnados del respeto que se supone merece una persona de tan larga trayectoria pública como la mía, libre de la atención de la fiscalía. En relación a la buena educación mostrada por mi interlocutor, por tanto, nada que objetar. Sus opiniones sobre la institución objeto de análisis, completamente subjetivas y parciales, emanan claramente de un apriorismo ideológico inconmovible. Es lo que tienen los revolucionarios, se niegan por sistema a que la realidad les estropee un buen incendio. Sin embargo, más que referirme a nuestra discusión sobre formas de Estado, quiero partir de este encuentro para reflexionar brevemente sobre la conexión entre fondo y forma, clásico asunto que ha entretenido a no pocos pensadores y artistas.

Rufián, en el transcurso de nuestra conversación, intercalaba periódicamente a modo de refuerzo dialéctico la palabra h...tia, y lo hacía con la suave naturalidad del que dijese, por ejemplo, "eso es", "vaya pues", "o sea", o cualquier otra locución inofensiva. La utilización de blasfemias, gruesas o leves, es frecuente en el lenguaje coloquial español y, por supuesto, como español que es, Rufián también las emplea en catalán, lengua en la que se ha desarrollado nuestro diálogo. Aunque se trata de un fenómeno habitual, lo llamativo es el empleo de términos malsonantes en un programa radiofónico de gran audiencia, ocasión que no es doméstica o privada, sino pública y, en cierto sentido, oficial. No se trata tanto de atender al fondo del tema, la justificación en nuestra época de que la jefatura del Estado le corresponda de manera hereditaria a una familia, como de poner el foco en la forma, concepto que afecta por igual a Gabriel Rufián cuando emite sus opiniones ante un micrófono o a la Corona cuando ejerce sus altas funciones.

Vivimos tiempos en que se hace gala del desprecio a la forma porque se cree, erróneamente, que lo que importa es la sustancia de las cosas y no su revestimiento verbal, gestual o ceremonial. Mi tesis es que este es un enfoque muy peligroso, fuente potencial de graves males. Pensemos en dos escenas de la historia del mundo de la última década: la llegada a la Casa Blanca para tomar posesión de su cargo de los presidentes Obama y Trump. Hace ocho años, la limusina que transportaba a Barack Obama y su esposa Michelle se detiene en el portal, Obama baja del coche por el lado izquierdo en el sentido de la marcha y queda frente a George W. Bush y su cónyuge que esperan en el arranque de la corta escalinata. Obama no se mueve, espera a que Michelle se ponga a su lado después de rodear el vehículo del que ha salido por el costado derecho, la toma del brazo gentilmente y suben juntos hacia sus ya efímeros anfitriones. Perfecto.

El pasado enero, misma situación con Obama y su primera dama esta vez en lo alto de los escalones y Donald Trump y Melanie llegando para tomar posesión de su nueva casa. El magnate inmobiliario sale del automóvil y sube rápido la escalera sin mirar atrás mientras Melanie trota para alcanzarle y poder saludar también al presidente saliente y a su mujer. Espantoso. ¿Cuestión de pura forma? Por supuesto, pero cuánto nos dice de los personajes implicados, de su carácter, de su escala de valores, de su educación, de su relación con los demás, de su consideración hacia el resto de la humanidad. Un simple gesto, unos pocos segundos, que hablan con elocuencia implacable del que fue mandatario entrante en 2009 y del actual ocupante del Despacho Oval.

Gabriel Rufián blasfema, seguramente sin darse cuenta, en las ondas hertzianas y Donald Trump se comporta groseramente con la madre de su hijo Barron ante los ojos de centenares de millones de personas de cinco continentes atentos a sus televisores, también inconscientemente con toda seguridad. Pablo Iglesias se presenta ante el Rey en mangas de camisa y los miembros de su Grupo Parlamentario acuden al Congreso vestidos con deliberada incorrección, calzados con desgastadas zapatillas deportivas y exhibiendo desaseadas melenas o mejillas mal afeitadas. Es decir, sea por una alarmante falta de modales o por provocación expresa, padecemos una generalizada ignorancia de las formas que no nos lleva a nada bueno.

Oscar Wilde escribió que "en los asuntos triviales la forma y no el fondo es lo que cuenta y en los asuntos importantes la forma y no el fondo es lo que cuenta". Efectivamente, tal como observó agudamente Benedetto Croce "el acto estético no es más que forma y sólo forma" y ya nos advirtió un ilustre filósofo español contemporáneo que "no hay Ética sin Estética". Los que desempeñan responsabilidades destacadas tienen hoy a gala hablar y actuar de forma ordinaria para igualarse con la gente corriente cuando lo que han de procurar con su ejemplo es que la gente corriente deje de ser ordinaria. Se empieza pisoteando la forma y se termina destruyendo el fondo. Y así nos va.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Exvicepresidente del Parlamento Europeo. Publicado en VozPópuli

 

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