Opinión | Alejo Vidal-Quadras

El universo paralelo de la política

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Mariano Rajoy ha firmado la víspera del Congreso Nacional del PP un largo artículo en un diario de gran circulación en el que afirma que los principios y valores del Partido Popular no han cambiado y no le falta razón porque para que algo cambie primero ha de existir. Ese texto destinado se supone a realzar el papel que su formación ha jugado en nuestro sistema político y sus contribuciones al buen funcionamiento del mismo, encadena una serie de sosos lugares comunes sin que aparezca en ningún párrafo un mínimo destello de pasión, sinceridad, profundidad de visión o coraje. Aunque contiene aseveraciones que provocan rubor, tales como que el inminente Congreso es fruto de un largo proceso de democracia interna, que nuestro país está unido y es una tierra de oportunidades para nuestros jóvenes, que la Constitución de 1978 refleja su idea de España de manera "inmejorable" o que se propone situar a la educación en el centro de sus preocupaciones, ni siquiera deja lugar a la indignación del lector dado que el denso tedio que produce la amortigua por completo.

La sensación que embarga al que tiene la paciencia de recorrer sus soporíferas líneas es que el firmante de la pieza –la misma conclusión se puede aplicar por supuesto a su anónimo autor– vive en un mundo distinto al real, un universo paralelo cuyo contacto con el material y tangible que habitamos los demás es solamente esporádico y con el único fin de buscar el método más eficaz para falsearlo u ocultarlo.

Este curioso fenómeno no es exclusivo del actual Presidente del Gobierno, sino que aparece con la misma nitidez e intensidad en casi todos los dirigentes políticos de primera línea que mosconean por el Congreso, los parlamentos autonómicos o los grandes consistorios de nuestra geografía. Sus discursos están calcados desde esta perspectiva de su nula conexión con la sociedad a la que administran y obedecen a un patrón común: series de tópicos políticamente correctos encadenados, imprecisiones voluntaristas, buenos deseos inanes, ausencia absoluta de autocrítica, desprecio continuo por la verdad, omisión piadosa de los problemas más acuciantes y ofensiva infravaloración de la inteligencia de los votantes. Es llamativo que tantos españoles sepamos cuáles son las deficiencias más graves de nuestra arquitectura institucional y de nuestro tejido productivo y que apenas haya un representante público que las mencione, las diagnostique y proponga soluciones efectivas para superarlas.

En estos días se habla mucho de la lucha interna que está desgarrando Podemos o de la cainita pugna por el liderazgo en el Partido Socialista, pero estos conflictos reflejan la auténtica prioridad de nuestros políticos, que no es para nada la elaboración y la aplicación de las medidas que requiere la sociedad española para ganar competitividad, prosperidad, seguridad, bienestar y altura cultural y moral. Su principal afán, aquel al que dedican sus mejores y más tenaces esfuerzos, es la obtención, preservación, ensanchamiento y explotación del poder. Mientras no lo alcanzan y a la espera de conseguirlo, el reparto del futuro botín ocupa su tiempo de forma absorbente y de ahí el baile de dagas inmisericordes que tritura amistades, lealtades y expectativas de voto. En el Partido Popular, el mantenimiento de la primera posición electoral a nivel nacional y del Gobierno apacigua por el momento las tensiones de puertas adentro y toda la atención se dedica a seguir en La Moncloa. En cuanto a Ciudadanos, al ser una organización todavía poco contaminada por los vicios de la partidocracia y en la que aún anidan ciertas convicciones, cabe albergar la esperanza de que persevere en su formulación y reclamación de reformas estructurales, pero por desgracia su peso en las esferas de decisión no ha sido hasta ahora suficiente.

Mientras millones de ciudadanos claman contra un Estado demasiado grande, demasiado costoso y demasiado complejo, trufado de ineficiencias, duplicidades y despilfarros, contra una corrupción desatada que nos debilita ética y financieramente, contra una organización territorial incompatible con un criterio elemental de racionalidad y funcionalidad y contra una educación de pésima calidad que lastra nuestras posibilidades de generar riqueza y de protegernos de populismos y demagogias destructivos, nuestra clase política habita su espacio cerrado en sí mismo a espaldas de la marcha de los acontecimientos y de las crecientes amenazas que nos acechan, pensiones menguantes, déficit galopante, panorama internacional desquiciado, endeudamiento sin freno y desintegración nacional.

Padecemos pues una contradicción letal: aquellos a los que elegimos, pagamos y respaldamos para que gestionen en beneficio de todos los recursos que generamos con nuestro trabajo, nuestro ahorro y nuestro talento, actúan bajo el impulso de motivaciones distintas o incluso opuestas al cumplimiento de la tarea que les hemos encomendado. Sólo un diseño institucional correctamente concebido puede enmendar, y hay ejemplos de referencia en otras latitudes, este defecto intrínseco de la política y para articularlo necesitamos una revisión profunda de los supuestos sobre los que venimos operando desde la Transición. Si hay en la sociedad española suficientes reservas de determinación, lucidez y voluntad para acometer una empresa de esta envergadura es el gran interrogante de nuestro tiempo y de su respuesta depende nuestro éxito o nuestro fracaso como proyecto colectivo.

Alejo Vidal-Quadras. Publicado por VozPópuli

 

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