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Dom05262019

Última actualizaciónDom, 26 May 2019 11am

Opinión | Alejo Vidal-Quadras

El significado de la Navidad

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Hay determinadas fiestas de origen inequívocamente religioso que se han transformado en una ruidosa celebración hecha de excesos gastronómicos, frenesí comercial, luces urbanas y cabalgatas multiétnicas. La Navidad es un ejemplo paradigmático de esta banalización de un acontecimiento decisivo en la Historia de la Humanidad, que cambió el paisaje moral y filosófico del mundo y que hoy ha perdido todo rastro de su sentido profundo para desplegarse en forma de belenes, villancicos, compras apresuradas y jolgorios alcohólicos. Incluso la evocación del decisivo suceso que se conmemora en el entorno del solsticio de invierno realizada desde los púlpitos por los guardianes oficiales de su legado está teñida de reflexiones banales y el relato de un hito portentoso se rebaja a cuento infantil de una decepcionante trivialidad.

Lo que acaeció en Judea hace veinte siglos expresa con asombrosa fuerza lo que hemos sido, somos y seremos aún durante bastantes años, aunque se empieza a atisbar la posibilidad real de que la definición del hombre que Jesucristo encarnó deje de ser aplicable en un futuro previsible. Nuestra idea de nosotros mismos se construye sobre dos premisas: la de nuestra contingencia ansiosa de trascendencia y la de nuestra vocación de eternidad inserta en una naturaleza mortal. A esta tensión lacerante y jamás resuelta, el mensaje evangélico propone una respuesta que concilie estos opuestos en una síntesis explicativa que se manifiesta en la Cruz. Es una concepción genial en su sencillez. Como deseamos vivir para siempre y sin embargo morimos y como ansiamos un conocimiento absoluto que no podemos alcanzar, es necesario que se produzca dentro del ámbito que nos es propio y que nos limita, es decir, el espacio y el tiempo, la aparición de una singularidad en la acepción matemática del término que nos redima del sufrimiento de nuestra contradicción intrínseca. Desde esta perspectiva, la belleza sobrecogedora del relato evangélico deslumbra por su claridad. La solución no puede ser otra que la aparición en el seno de nuestro universo finito de un dios infinito que habite en la Tierra como uno más de nuestro linaje, y como tal sienta dolor como nosotros, se angustie como nosotros, padezca injusticia como nosotros y muera como nosotros, sin dejar de ser omnisciente e imperecedero.

Dado que tal fenómeno es incomprensible, además de absurdo, refleja a la perfección nuestro destino en este mundo. En efecto, sólo nos puede apartar de nuestra terrible suerte el que nos ha sometido a ella y la mejor garantía de que es capaz de hacerlo radica en pasar él también por todas las fases de nuestra existencia, el mismo via crucis, la misma agonía, el mismo Gólgota. Ya sé que lo que os digo no podéis entenderlo, es su buena nueva, pero la prueba de que es cierto es mi aceptación de la tortura, del odio injustificado, de la traición de mis discípulos y de los clavos que atraviesan mi carne. No tenéis acceso a la comprensión de la realidad ni sabéis en que consiste, pero os regalo la fe en mí y si dais el salto por encima de vuestra razón indispensable para creerme, os salvaréis. La base conceptual del cristianismo, por muchos esfuerzos que hayan hecho tantos teólogos insignes, es inapelablemente elemental: únicamente un misterio nos libera de otro misterio. La fe cristiana no pretende ser verosímil, pero su lógica es aplastante.

En cuanto a la vigencia de esta visión antropológica en el futuro, el historiador israelí Yuval Harari abre interesantes e inquietantes horizontes en su libro Homo Deus, continuación de su no menos exitosa obra previa, Sapiens. Harari examina la posibilidad no descartable a la luz de nuestra experiencia reciente y de la aceleración del progreso científico y tecnológico, de que llegue un momento en la evolución del ser humano en que la omnisciencia, la felicidad y la inmortalidad no serán más una meta inalcanzable porque dispondremos de interfaces entre nuestros cerebros y ordenadores lo suficientemente potentes que dilaten nuestra inteligencia y nuestra memoria hasta extremos insospechados, de procedimientos bioquímicos y de ingeniería genética que acaben con todas las enfermedades y con el envejecimiento y de instrumentos biónicos de altísima perfección que permitan reponer piezas en nuestros organismos sin mayor problema.

Si esta utopía digna de Huxley es lo que nos espera, no cabe duda que el dios que nació en el borde occidental de Asia cuando Augusto gobernaba Roma y que cambió espectacularmente el curso del devenir humano, se desvanecerá como esos otros antiguos dioses que en los hermosos versos de Kavafis vagan espectrales entre los restos de sus abandonadas estatuas jaspeadas de hiedra a orillas del Mar Jónico. Solos con nuestra anhelada perfección, no necesitaremos invisibles seres sobrehumanos a los que orar para obtener consuelo de nuestras aflicciones porque nosotros seremos los dioses. En la interminable beatitud de un cosmos sin incógnitas que resolver, nuestra especie habrá cambiado hasta el punto de ser sustituida por otra cuya diferencia con aquella a la que hoy pertenecemos será equivalente a la que separa a Isaac Newton de un chimpancé.

Este es el significado de la Navidad sobre el que merece la pena detenerse entre copiosos ágapes familiares y polémicas banales creadas innecesariamente por alcaldesas anticlericales.

Felices Fiestas y Próspero 2017.

Alejo Vidal-Quadras. Publicado en VozPópuli

 

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