Opinión | Alejo Vidal-Quadras

El problema no es el modelo, es la estructura

urkullu

La reciente aprobación del Cupo vasco en el Congreso ha suscitado una considerable polémica y ha avivado el eterno debate sobre el modelo de financiación autonómica. Es sabido que las Comunidades son la principal fuente del déficit crónico del Estado y que prácticamente todas ellas cierran cada año sus cuentas con números rojos. Sistemáticamente, el ministerio de Hacienda, bajo la presión de Bruselas, fija unos objetivos que son invariablemente incumplidos. Como es lógico, el hecho de que la segunda autonomía más rica en renta per cápita sea la mejor financiada, despierta la indignación de las demás, que protestan por recibir un trato que consideran discriminatorio. Las reclamaciones de más recursos por parte de todas establecen una ecuación sin solución: hay que recuperar el equilibrio de las cuentas públicas y a la vez aumentar el gasto total, propósito evidentemente imposible. Cada región sólo ve sus necesidades, que percibe justas e imperiosas, y cierra los ojos al conjunto porque eso la llevaría a reconocer sus exigencias como irrealizables. A este conflicto inextinguible, se añade la circunstancia de que ninguna comunidad contempla la posibilidad de reducir su gasto eliminado organismos inútiles, suprimiendo empleos públicos no funcionariales sin contenido real, cortando subvenciones puramente electoralistas o clientelares o comportándose austeramente. Por el contrario, sus nóminas crecen imparablemente, el número de entidades superfluas se mantiene y el dispendio en autobombo no cesa. La suma despilfarrada en la aventura golpista catalana causa doble asombro por lo voluminosa y por la permisividad del Gobierno de la Nación que no ha actuado hasta que el mal ya estaba consumado.

Los políticos se secan la boca de afirmar que la financiación autonómica se ha de regir por los principios de suficiencia e igualdad, sin poner en cuestión quién y cómo fija los criterios que determinan esa suficiencia y esa igualdad. No existe ninguna autoridad independiente que analice los presupuestos autonómicos con un enfoque objetivo coste-beneficio y haga recomendaciones sobre medidas de saneamiento. La bola de nieve del gasto rueda pendiente abajo sin dejar de alargar su diámetro. Cuando los responsables políticos de las Comunidades son llamados a respetar el cuadro de ajuste europeo preguntan demagógicamente airados; ¿Qué quieren de nosotros, que no paguemos la sanidad, que cerremos las escuelas, que no atendamos a los dependientes? ¿Cómo vamos a bajar el gasto si tenemos tantas obligaciones ineludibles? Y así, un ejercicio tras otro, el déficit se repite y el endeudamiento del Estado se engorda. En el caso del Cupo vasco, no se discute tanto el mecanismo, que tiene una base constitucional, sino la forma de calcular el montante a pagar por los servicios no transferidos. Se trata de una cifra que surge de una negociación política opaca a tenor del juego de mayorías y minorías en el parlamento nacional y en el autonómico y que desemboca en una situación de escandaloso privilegio para los habitantes de esos territorios.

Con inexorable periodicidad se pacta y se aprueba un modelo de financiación que a través de alambicadas fórmulas asigna a cada Comunidad el dinero del que podrá disponer y sin excepción al cabo de pocos años estalla el descontento porque la aplicación de lo acordado no satisface a casi nadie y las tan cacareadas suficiencia e igualdad brillan por su ausencia. Ahora nos disponemos a asistir a la enésima negociación entre el Ejecutivo central y las Comunidades para repartir la tarta y no es difícil adivinar que se repetirá el mismo rompecabezas.

Como en la escena del elefante en la habitación o en el cuento del rey desnudo nadie se atreve a mencionar la verdadera naturaleza del problema, que no es el modelo de financiación autonómica, sino el Estado de las Autonomías en sí mismo. La Transición, con una mezcla letal de ingenuidad, buena intención y desconocimiento de la Historia, diseñó una estructura territorial disfuncional, ineficiente y carísima para apaciguar a unos separatistas que han correspondido asesinando a novecientos inocentes los unos e intentado dar un golpe de Estado los otros. A mayor abundamiento, y para que nadie se sintiera agraviado, se generalizó el despropósito construyendo así un artefacto políticamente inmanejable y presupuestariamente insostenible. La gran motivación de los partidos para seguir con este tinglado que no nos podemos permitir y que pone en continuo riesgo la unidad nacional, es la multiplicación de puestos para políticos, correligionarios, parientes y amigos que conlleva, así como la satisfacción que produce a tantas cabezas de ratón pavonearse emperifollados de pompa localista y de hechos diferenciales debidamente exacerbados.

Ese es el auténtico meollo de nuestro déficit incurable y nuestra deuda pública superior al PIB nacional. Mientras continúe este pantagruélico festín, no habrá remedio posible porque la ocultación de la verdad jamás conduce a buenos arreglos.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Exvicepresidente del Parlamento Europeo. Publicado en VozPópuli

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