Opinión | Alejo Vidal-Quadras

El Gobierno corto

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En los regímenes parlamentarios muy atomizados, como los de la Restauración en España, los de la Primera República italiana o los de la Cuarta República en Francia, los gobiernos se sucedían con frecuencia a un ritmo vertiginoso, con gabinetes que duraban a veces unos pocos meses o incluso semanas. Cuando un Ejecutivo conseguía pervivir un tiempo superior a un año se consideraba muy estable. Antonio Maura presidió entre 1907 y 1909 el llamado “Gobierno largo”, así denominado porque estuvo en el poder casi tres años, acontecimiento que fue visto como una auténtica hazaña en la época. Nuestro sistema político, alumbrado en la Transición, se ha caracterizado por gabinetes que han durado legislaturas completas o en ocasiones ligeramente acortadas, de tal manera que, aunque se produjesen remodelaciones parciales en la composición del Consejo de Ministros, sólo hemos tenido siete presidentes del Gobierno entre 1978 y el momento actual, es decir, siete presidentes en cuarenta años.

Esta característica del régimen del 78 se truncó en 2015 con el fracaso de Rajoy y Sánchez para ser investidos, el largo interregno subsiguiente y el nombramiento con fórceps del líder del PP en 2016, seguido de su súbita y sorpresiva caída el pasado 1 de Junio. Esta situación ha estado directamente relacionada con la notable pérdida de escaños de las dos primeras fuerzas y la aparición de nuevos actores políticos, Ciudadanos y Podemos, que han complicado considerablemente la articulación de mayorías. No cabe duda de que semejante alteración de lo que venía siendo un turnismo tranquilo entre PSOE y PP es un síntoma del agotamiento de la Constitución vigente, amenazada por la combinación de una corrupción casi sistémica a nivel municipal y autonómico, una estructura territorial inmanejable y financieramente insostenible y los feroces ataques del populismo de extrema izquierda y del separatismo golpista.

Tras la euforia provocada en la heterogénea constelación de siglas que propiciaron la moción de censura contra el Gallego Impasible por el éxito de su traicionera maniobra, la realidad ha hecho su aparición poniendo en evidencia la práctica inviabilidad del inexistente proyecto de Pedro Sánchez. Cualquier observador objetivo del presente escenario político español que no esté cegado por un voluntarismo irreflexivo o por un sectarismo incontrolable, advierte la imposibilidad del frenético propósito del flamante ocupante de La Moncloa de agotar la legislatura. Ya se han producido algunos avisos que preludian la devolución de la res al corral. El techo de gasto y la senda de reducción del déficit presentada por Sánchez a las Cortes, tras su aprobación renuente por Bruselas, no tiene visos de superar el veto que han anunciado PP y Ciudadanos y la abstención de los levantiscos socios del Gobierno. Es obvio que un Ejecutivo incapaz de ver aprobados sus presupuestos carece de viabilidad. El fracaso en el nombramiento de los miembros del Consejo de Administración de la Corporación de Radio y Televisión ha sido otra muestra elocuente de la impotencia del PSOE para llevar adelante una acción de gobierno mínimamente eficaz.

Cualquier persona sensata puede comprender algo que la levedad mental del usuario del Falcon presidencial parece no asimilar y es que una coalición “contra”, sin ningún elemento ni plan común, está condenada a una rápida descomposición. La satisfacción de echar del poder al odiado PP dura lo que dura y después hay que entrar en la gestión de lo tangible y lo cotidiano. Los fuegos de artificio de un antifranquismo trasnochado, de los fervores feministas y del halago a los pensionistas y a los sindicatos, dan para unos cuantos titulares, pero los problemas de verdad están ahí y no admiten bobadas demagógicas ni demoras tácticas.

Todo apunta a que Sánchez tiene los días contados y que a más tardar en otoño los españoles seremos convocados a las urnas. En esta coyuntura, resulta esencial que los dos jóvenes líderes del centro-derecha defiendan sus respectivos territorios electorales sin olvidar que representan espacios ideológica, económica, social y sentimentalmente solapados, de tal forma que una coalición post-electoral que les proporcione la mayoría absoluta pueda ser fácilmente montada. Desde esta perspectiva, una operación tan sencilla como la confección de listas conjuntas en las provincias de menos de seis escaños garantizaría la victoria. Son cuestiones como ésta las que permitirán comprobar si Rivera y Casado aportan una verdadera superación de la partitocracia podrida a la que tan justamente critican y se atienen con sano patriotismo al interés general.

El hoy levitante Sánchez pronto será un mal recuerdo y España podrá afrontar con seriedad y coraje los venenosos desafíos que la acechan y que pugnan por liquidarla como Nación, el secesionismo racista y el colectivismo liberticida. Y es que cuando uno se junta con lo peor es imposible que consiga nada bueno.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Exvicepresidente del Parlamento Europeo | VozPópuli

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