Opinión | Alejo Vidal-Quadras

El Estado pasmado

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El sindicato AMES ha presentado al Ministerio de Educación un largo y detallado informe sobre el adoctrinamiento ideológico que se lleva a cabo en Cataluña a través de los libros de texto sobre los alumnos de quinto y sexto de Primaria. La lectura de su centenar largo de páginas produce a la vez estupefacción y alarma. España es el único Estado del mundo occidental en el que en una parte de su territorio se enseña a los niños a odiar a ese mismo Estado y en el que no es posible utilizar su lengua oficial como vehicular en las aulas. Cuando este absurdo se explica a ciudadanos de otros países europeos, la primera reacción es de incredulidad y, superada ésta ante la contundencia de los hechos, la segunda es concluir que el Gobierno español está formado por una pandilla de inútiles con sangre de horchata. Yo viví este fenómeno en primera persona durante mis tres mandatos en la Eurocámara entre 1999 y 2014, donde mis colegas alemanes, daneses, finlandeses, franceses u holandeses, se negaban a aceptar que tal cosa pudiese suceder en un Miembro de la Unión y una vez comprobado que, por delirante que pareciese este disparate, correspondía a la verdad, me miraban con conmiseración y hacían oscilar la cabeza con reprobación ante tal muestra de cobardía e irresponsabilidad por parte de las autoridades de una democracia supuestamente seria.

Hoy, tras treinta años de concesiones, oportunismos y dejaciones por parte de los dos grandes partidos nacionales, la situación es la siguiente: las fuerzas independentistas, que han conseguido una mayoría en el Parlamento autonómico gracias a los instrumentos financieros, legislativos, competenciales y simbólicos que les han ido proporcionando crecientemente las instancias centrales, se han declarado abiertamente en rebeldía contra el orden constitucional, se saltan las leyes un día sí y otro también y preparan sin ningún recato la separación de su Comunidad de España. Todo esto lo hacen gracias a que la Hacienda del Estado les suministra cada año cuantiosos recursos que les salvan de la quiebra causada por su despilfarro, su mala gestión y su corrupción. En otras palabras, el Estado español está pagando desde hace tiempo su propia liquidación.

La única reacción del Ejecutivo del Reino ante semejante desafío es acudir repetidamente ante los Tribunales de diversos órdenes jurisdiccionales, según corresponda y según sea el tema del que se trate. Los doctos magistrados dictan sentencias y resoluciones encaminadas a restaurar la legalidad vulnerada por las instituciones catalanas, resoluciones y sentencias que tales instituciones ignoran olímpicamente mientras siguen adelante pisoteando la Ley Fundamental y otras normas de rangos varios. La respuesta desde La Moncloa es la pasividad distante y nuevas querellas y denuncias que tampoco son respetadas y así sucesivamente hasta la fecha del anunciado referéndum ilegal e inconstitucional para el que ya se han licitado ocho mil urnas y las necesarias papeletas. Por supuesto, la fiscalía está estudiando muy seriamente la licitud de tal adquisición de material electoral con el consiguiente recochineo y regocijo del Presidente de la Generalitat y de su Consell en pleno.

Sun-Tzu escribió en El Arte de la Guerra, libro legendario que seguramente Rajoy lee con fruición en las pausas que le dejan las interesantes noticias sobre ciclismo, baloncesto y fútbol que le suministra su cotidiano favorito, la siguiente y certera máxima: "Una estrategia sin táctica alarga el camino hacia la victoria, una táctica sin estrategia es pura agitación antes de la derrota". Pues bien, desde 1978 hasta la actualidad, ni el PP ni el PSOE han tenido el menor asomo de estrategia frente a los nacionalismos identitarios y se han ceñido a meras acciones tácticas, invariablemente defensivas. Como en el otro lado, el del irredentismo secesionista, existe un propósito incombustible que cuenta con más un siglo de antigüedad acompañado de una estrategia implacable, el resultado del proceso es el que está a la vista.

Esta inacción por parte del Gobierno de la Nación a estas alturas de la película, obedece en primer lugar a su incapacidad de dar la batalla conceptual, intelectual y moral que un combate de esta envergadura requiere y, en segundo, a la creencia pusilánime en que al final el mismo absurdo del proyecto separatista lo disolverá, deshecho por su intrínseca inviabilidad. El problema de este enfoque teñido de impotencia es que la probabilidad de que llegado el momento del choque definitivo las cosas se salgan de control es muy alta y que, en cualquier caso, las dos salidas son ya traumáticas: o la liquidación de España como ente reconocible o la imposición del orden constitucional mediante la fuerza legítima del Estado como en 1934.

A Felipe IV se le conocía como "el Rey pasmado" por la expresión peculiar de su rostro inequívocamente Habsburgo. El genial Quevedo lo describió agudamente como el monarca que "más grande era cuanto más tierra le quitaban". El Estado español nacido de la Transición es también un Estado pasmado, dispuesto aparentemente a que le amputen la quinta parte de su PIB y la sexta parte de su población con tal de no descomponer la figura.

Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Exvicepresidente del Parlamento Europeo. Publicado en VozPópuli

 

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