El Sevilla, campeón de Europa

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 No importan la década, el entrenador, los jugadores, ni el rival. No importa que haya público o no, que se llame Copa de la UEFA o Europa League. Ni siquiera que todo, la vida y el fútbol, albergue para siempre una cicatriz por una pandemia que jamás imaginamos. Sólo importa el escudo y acaso el hombre que lo zurce cuando se descose, ese taumaturgo de los despachos llamado Monchi, que es el único nexo que enlaza los ya seis reinados continentales del Sevilla Fútbol Club. Cayó el Inter rendido al embrujo que cultiva el conjunto andaluz, cuya herencia tan brillantemente ha prolongado Julen Lopetegui, ya un pedazo de historia sevillista, como Banega, en su último día con esa camiseta, y sobre todo De Jong y Diego Carlos.

Fueron ellos, holandés y brasileño, los héroes de la final de Colonia, ambos con aroma a reivindicación. El delantero, tan fustigado por su falta de puntería durante todo el año, firmó un doblete que señaló el camino hacia la copa. Y el central, tras cometer un penalti tempranero por tercer encuentro consecutivo, clausuró la final con un espectacular -y algo afortunado- tanto de chilena. Argumentos que rindieron a un Inter decepcionante, en el que Lautaro no apareció y Lukaku sólo lo hizo en dos arrancadas... y para terminar de orientar hacia la portería el remate decisivo de Diego Carlos.

Quizá todo fuera fruto de un macabro y arriesgado ritual. Como en cuartos y en semifinales, el Sevilla dio la bienvenida al encuentro con un claro penalti del central brasileño. La víctima fue Lukaku, al que los de Lopetegui permitieron demostrar sus dotes de bisonte letal a los tres minutos. También fue el belga quien convirtió el penalti, certificando un nuevo arranque de pesarilla para el conjunto español.

Por fortuna, Navas y De Jong colocaron enseguida la tirita para la hemorragia que se intuía. Centró el lateral y cabeceó en el primer palo el ariete, la única novedad de Lopetegui. Una apuesta más que exitosa, pues pasada la media hora el holandés se apuntó un segundo tanto, de nuevo con la cabeza, esta vez tras una falta indirecta de Banega, tan deliciosa como de costumbre. La réplica interista, sin embargo, llegó casi en la siguiente jugada, un calco con Brozovic poniendo el balón al segundo palo y Godín convirtiéndolo en gol.

La primera mitad, en fin, fue tan frenética como sugiere el relato de los cuatro goles anotados. El Sevilla fue mejor a los puntos, dominando mucho más el balón con Banega, Jordán y Ocampos y minimizando con eficacia el poder de Lukaku y Lautaro al contragolpe tras el error inicial de Diego Carlos. En el cuadro de Conte, todo pasaba por D'Ambrosio: en ataque le buscaban constantemente -una verdadera sorpresa que no le dio excesivos réditos- y en defensa parecía gozar de licencia para repartir cuanto siquiera sin ser amonestado. Esa también es una virtud.

La bacanal dio paso a una segunda mitad más sosegada, en parte porque el Inter reclamó más el esférico, sin llegar a acapararlo ni mucho menos, y el Sevilla no hizo ascos a las posesiones lentas e inofensivas de su rival, cómodo también en contextos de partidos de esa naturaleza. Antes de que empezara el carrusel de cambios, los únicos sobresaltos fueron un latigazo de Reguilón al lateral de la red tras sacarle los colores a Godín y un mano a mano de Lukaku que Bono resolvió tirándose al césped y apagándole las luces.

Fue el preludio para el tercero del Sevilla, un gol que fue pura belleza, por mucho que le asistiera un punto de fortuna. Diego Carlos, olvidado ya su error inicial, se atrevió a resolver de chilena un barullo en el área tras una falta indirecta. Su acrobático golpeo impactó en Lukaku y ya nada pudo hacer el veterano Handanovic para evitar que el tanto subiera al marcador.

Quemó de inmediato Conte todas sus naves, dando entrada de golpe a Alexis, Eriksen y Moses. El Sevilla ya se dedicó a defender su renta, con varios de sus futbolistas (Banega, Diego Carlos, Koundé...) muy limitados físicamente y sabiéndose muy fuerte en esa faceta. La resistencia fue exitosa para continuar con un embrujo inagotable, seis títulos en seis finales, una racha inmune al paso del tiempo, porque en este Sevilla la dinastía está cosida al escudo.


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