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La Manada de Anfield: Liverpool, 4 - Barça, 0

 messi anfield liverpool

El día en que justo se cumplía el 33 aniversario de la inexplicable derrota del FC Barcelona en la final de la Copa de Europa de Sevilla, frente al Steaua de Bucarest, el infierno volvió a abrirse bajo los pies del equipo azulgrana. Ocurrió en Anfield, escenario de leyenda del fútbol europeo, convertido en una ardiente caldera en la que los jugadores de Ernesto Valverde se achicharraron a manos de un Liverpool espléndido, protagonista de una de las mayores gestas vividas recientemente en una eliminatoria de la Champions. Para el Barça, una pesadilla más dolorosa incluso que la vivida el año pasado en el Olímpico de Roma, por cuanto la existencia de aquel siniestro precedente parecía hacer imposible que algo similar pudiera suceder. Pero sucedió.

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Aunque ya no huele como cuando el fútbol se pensaba en The Boot Room, Anfield sigue siendo Anfield. Ahora desprende el mismo olor que muchos estadios, incluso se parece a alguno de los más modernos de la Champions, y la llegada al campo es más cómoda y tranquila, más esponjada que en tiempos del callejón de la Copa de Europa. No hay sin embargo ninguna cancha que ruja tanto y tan bien, de forma tan armónica y sincronizada, como Anfield. La comunión comienza con el canto a capella del You’ll never walk alone, admirable sobre todo para las hinchadas silenciosas, siempre fascinadas por la liturgia de los equipos de la Premier.

El ritual hipnotiza a cualquier rival, también a los que ya vienen avisados, o si se quiere escarmentados como el Barça. No hay ningún campo que tenga el alma de Anfield. La excitación es sobrecogedora nada más empezar el partido aunque saque la pelota el Barça. Ataca el Liverpool en estampida, como si el equipo fuera una manada de búfalos, imposibles de defender, ganadores de cualquier balón dividido, siempre intimidadores sin reparar en el currículo del adversario y menos si se trata del Barcelona. Hasta a los mejores defensas les da un ataque de pánico, como ocurrió con Alba, errático en el gol de Origi.

A los siete minutos ya contaba un tanto el Liverpool. Los reds penalizan cualquier error en Anfield y los laterales azulgrana no atinaban a achicar los espacios ni a reducir a Mané. Los azulgrana sabían en cualquier caso que el partido y la eliminatoria no dependerían de sus fallos ni de los goles del Liverpool. La clasificación se cerraría en el momento en que marcara el Barça y si no se repetiría inevitablemente el drama de Roma. El equipo de Valverde se arrimó con ganas a partir de las arrancadas de Messi. Al 10, sin embargo, le temblaba el pulso, le faltaba finura y le sobraba ansiedad, de manera que el encuentro giraba siempre a favor del Liverpool.

Hasta Ter Stegen parecía nervioso por los arrebatos de los reds, indesmayables y jaleados por el ruido de sus fieles, seguidores de la consigna de su técnico: “Haremos todo cuanto esté de nuestra parte; el resto dependerá de la providencia”, anunció Klopp. Y el azar estaba de su parte después de darle la espalda en el Camp Nou. Ahora eran los reds los que dominaban las porterías para desdicha de los azulgrana, poco pacientes pese a que Valverde dispuso el mismo equipo que en Barcelona. No entraba en juego Coutinho, tampoco sumaba Luis Suárez, los dos conocedores de Anfield, y solo guerreaba Arturo Vidal.

El chileno sobresalía en un partido intenso y fuera del control del Barcelona. No había manera de gobernar el fútbol ni de batir al excelente Alisson. Aún sin sus ídolos, la personalidad del Liverpool era inconfundible en el fiero Anfield. Klopp se sumó a la carga con Wijnaldum después de la lesión de Henderson, decisivo en el gol de Origi. La intranquilidad iba en aumento en el Barça porque no cedía Alisson. Y el drama se anunció en solo dos minutos, suficientes para que el Liverpool metiera dos goles, los dos de Wijnaldum, habilitado por Alexander-Arnold y después por Shaqiri.

Los azulgrana discutían y se consumían en la pira de Anfield. El Liverpool, en cambio, se dio un respiro, consciente de que si no le costaba marcar tenía que aplicarse simplemente en defender después de igualar el 3-0. Los azulgrana no se activaron ni con los cambios de Semedo y Arthur. No sabía qué tecla tocar Valverde, igual de desfigurado que sus jugadores, todos con la derrota escrita en su frente desde el gol inicial de Origi.

Tampoco supieron jugar con la pelota durante un buen rato y se vencieron como un equipo de colegiales a la salida de un saque de esquina rematado por Origi. El gol fue tan esperpéntico, la concesión resultó tan imperdonable, que ya no tuvo remedio en ninguna de las confusas llegadas del Barça. El peor epílogo para un equipo descompuesto, sin alma, que ya no se reconoce en su propio ADN original. El Barça de Messi no fue capaz ni de caer con honor.

Crónica original: El País / El Periódico

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