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¡Viva España! Campeones del Mundo de Baloncesto

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Mundial de Baloncesto 2019 | España, 95 - Argentina, 75

Es el oro que ya no verían nuestros ojos, la segunda cima mundial de una España que dio una lección planetaria en Pekín: no hay imposibles cuando se muere por una idea con la conmovedora hermandad con la que lo ha hecho este grupo ya para la historia, liderado en la pista por Marc Gasol y Ricky Rubio y en el banquillo por Sergio Scariolo. A un lado los orígenes, las rivalidades, los pasados e incluso lo que está por venir. Sobre la pista del Wukesong, allá donde la selección ya protagonizó otro de sus hitos en la final olímpica de 2008, Rudy Fernández levantó al cielo chino la copa del mundo como 13 años antes lo había hecho Carlos Jiménez en Saitama. España regresó a un paraíso inesperado tras rematar el torneo perfecto ante Argentina en la final. 

La vida puede ser maravillosa cuando se convierten los contratiempos en casus belli, se hace de las dudas el más profundo de los resortes, se deja la vida por cada balón suelto y el corazón por ayudar al compañero en apuros. Pero sería injusto afirmar que la España dorada es es sólo coraje, pues nadie tampoco les superó en sabiduría, en riqueza táctica, en interiorizar cada plan de partido como si fuera el plano de escapada de la prisión. Las órdenes de Scariolo fueron religión, a un lado los egos, que es el mayor de los logros que puede alcanzar un colectivo en el deporte profesional. Es la ética del que no le regalaron nada, del que le dieron por fracasado antes de empezar, del que escuchó una y otra vez aquello del 'ya no son lo que eran'.

España coge el testigo del humillado USA Team, ese grupo de vedettes que representa todo lo contrario, que renuncia a un verano de pasión como si ganar un Mundial no fuera algo extraordinario. Pagaron caro ellos el desprecio y España -también Argentina con esa plata que, sofocadas las lágrimas, vale tanto como el oro-, les enseñó el éxito de la mano tendida y la camaradería.

Nada tenía que ver la batalla final contra Argentina con los anteriores desafíos, ni el talento de Italia, ni la abrumadora superioridad de Serbia y el poderío de Australia. A corazón, sólo, no se iba a derrotar a los de Sergio Hernández. Había que igualar su dureza, enseñar los dientes de la agresividad y, por el camino, intentar imponer el talento. Había que frenar el genio de Campazzo y las artimañas de pura clase de un gigante como Luis Scola.

El partido amaneció con tres bofetadas. Ni escrúpulos ni contemplaciones. Dos grupos salvajes sobre el cuadrilátero. Primero España, que acostumbra a ser perezosa (2-14), con Oriola en el quinteto para atosigar a Scola, con las manos rápidas de Juancho y el rebote ofensivo como castigo a una Argentina trémula. Respondió Brussino y un inesperado despiste que desguareció la zaga, el tesoro español, recibiendo puñaladas a la contra, lo nunca visto. Más singular fue el siguiente arreón, de nuevo español, con la segunda unidad, sin Marc en pista, con un Willy concentrado como nunca, un Pau Ribas matador y dos triples de Rudy que dejaron el asunto claro: los de Scariolo mandaban por 17 (14-31) mediado el segundo acto. 

Pero era una final y un rival de los que no tira la toalla mientras le quede un soplo de vida. Argentina siguió con su plan, defensa agobiante de la primera línea -aunque descuidara el rebote-, y ataques veloces. Ritmo, ritmo, ritmo. Hizo amago de aproximarse de nuevo, pero España era un contraste maravilloso: puro hielo mental, fuego de corazón. Se fue al descanso con una jugosa renta (31-43), con Campazzo y Scola anulados, pero con un problema serio: todos los exteriores cargados de faltas, entre ellos Ricky, que cometió la tercera en una penetración en la penúltima jugada de la primera parte.

Es tiempo de valientes, de que Ricky siga al regreso y de que España volviera a desplegar esa defensa que asombra al mundo, que se debiera estudiar en las escuelas y no sólo de baloncesto, también de vida, porque es un canto a la solidaridad. Otra combinación de golpes (0-12), con el propio Ricky dirigiendo una orquesta, para estirar más la mano hacia el oro (33-55, min. 25). Era entonces la selección una bellísima sinfonía que sólo se detenía por los recursos de orgullo albicelestes, que también incluían artes no tan lícitas.

Conmovía ver a los soldados de Scariolo acudir exhaustos al banquillo, esfuerzos de tipos que llevan dos semanas dejándose el alma. Rudy también fue el capitán ahí, su maltrecho físico sobre la mesa, todo daba igual. No iban a bajar el pistón. Porque el Oveja Hernández ya no encontraba resquicios por dónde respirar. Scola no metió una canasta en juego hasta el minuto 35 -taponado una y otra vez-, porque tener a España enfrente es encontrarse con ese "¡muro!" que gritan en cada corrillo. 

Sólo había que resistir el último envite desesperado de Argentina. Que amagó con venirse arriba en el acto final, defendiendo más allá del límite; pero de nuevo el temple español, ni un atisbo de pánico, un triple de Juancho desde la esquina como si llevara una eternidad jugando finales. Y eso que el propio Juancho y Ribas acabaron eliminados por faltas. No temblaban las manos en los tiros libres y el tiempo pasada. La selección era campeona del mundo, ahí es nada.

Si el tiempo intentar robarle la plenitud, España lo aprieta con fuerza, se aferra a la vida, no lo suelta. Eso es la memoria, el tan mencionado ADN. Porque esta selección se niega a tener epitafio, cada verano una guinda, a cual más asombrosa. 13 años después vuelve a gritar que es un país de canastas: ¡ba-lon-ces-to!

Crónica original: El Mundo

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