Desafío independentista

Puigdemont contrata a un 'probador' para su comida: teme que España quiera envenenarle

puigdemont carles

Puigdemont tiene vocación de martir. Serán sus horas de soledad en su fría mansión de Waterloo, o quizás es que la paranoia colectiva del imaginario independentista le ha acabado abduciendo por completo. Está obsesionado con que los servicios secretos españoles quieren asesinarlo. No solo tiene un escolta de seguridad privada las 24 horas del día (que pagan todos los catalanes), si no que hace unos meses, ya se hizo instalar un sofisticadísimo sistema de cámaras de televisión que han convertido su lujosa 'Casa de la República' (4.000 euros al mes de alquiler) en una suerte de Gran Hermano. Pero ahora, ha ido todavía un paso más allá: como el César en la antigua Roma, hace probar su comida a personas de su máxima confianza: está convencido de que quieren envenenarle. Lo cuenta el periodista Salvador Sostres en el diario ABC.

La estabilidad nunca fue la característica de Carles Puigdemont. Colérico y bipolar, el expresidente de la Generalitat siembra el desconcierto y una cierta sensación de caos en sus equipos de trabajo. En los últimos meses, sus más estrechos colaboradores le han puesto el apodo de «Maniac Mansion» a su residencia en Waterloo, por sus constantes crisis y desconfianzas.

Uno de los últimos debates que sus imágenes desde Bélgica han generado es si había engordado. Lo que podría parecer una cuestión frívola tiene sin embargo una respuesta más grave. Si se le ve más lleno no es porque calme la nostalgia de su tierra comiendo demasiado, sino porque en su última paranoia cree que quieren asesinarle. Sus personas de confianza aseguran que sale muy poco de Maniac Mansion y que cuando sale lo hace provisto de un chaleco antibalas, y que por ello aparece más rechoncho en los retratos. «¡No está gordo, está loco!», exclama uno de los habituales de Waterloo, harto de los desvaríos de su jefe.

Puigdemont ha tendido siempre a creer en teorías de la conspiración y en la brujería, afición que comparte con su esposa, Marcela Topor

Chaleco antibalas

Pero sus prevenciones contra los sicarios imaginarios que en su delirio le persiguen no se limitan al chaleco antibalas, porque teme –lo mismo que un disparo– morir envenenado. El último domingo de 2018, en la habitual «happy hour» en la que sale al jardín a saludar a los que han ido a visitarlo desde España, unos admiradores quisieron obsequiarle con una caja de los famosos pastelitos de Rasquera, comprados en la célebre pastelería Piñol Puig de este pueblo de la provincia de Tarragona. Por no parecer borde, ni que despreciara el regalo, abrió la caja pero en lugar de comerse uno, los ofreció a los agentes que se ocupan de su seguridad, por ver si contenían algún tipo de veneno.

No hay constancia de que los mossos que pudieron morir envenenados por los dulces de Rasquera se hayan rebelado contra Puigdemont, ni siquiera de que sepan que su jefe les expuso a este peligro, pero nadie en Maniac Mansion confía en la cordura del que hace un año veían como al líder indiscutible que encarnaba la épica de los que querían una Cataluña independiente.

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