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Lun05272019

Última actualizaciónLun, 27 May 2019 2am

Mediterráneo Digital | Historia

Franco no fue fascista

franco

Extraído del libro de Laureano Benítez Grande-Caballero 'El Himalaya de mentiras de la Memoria Histórica'.

Una de las joyas de la corona del «Himalaya de mentiras» sobre el régimen de Franco es calificarle de «fascista», pues de este supuesto fascismo emanaría el adjetivo de «dictador» con que se nombra de manera obsesiva a Franco en los medios de comunicación del sistema, hasta el punto de que es muy raro que alguien le llame por su nombre, y mucho menos con otros adjetivos más prestigiosos, como «El Generalísimo», «El Caudillo», etc…

Realmente, pocas palabras se han degradado tanto desde la Transición como la palabra «fascista», ya que, por la manía izquierdista de llamar así a todo aquel que disienta de la ideología progre y de los paradigmas «oficiales» del pensamiento «correcto», el vocablo se ha prostituido tanto que ya no significa absolutamente nada, excepto que, vuelto como una especie de boomerang contra el que lo pretende lanzar como un insulto, su único significado es etiquetar como «progre» y/o «rojo» al que lo arroja contra los demás. Algo parecido sucede con otros vocablos, como «machista», «racista», etc…

¿Fue el franquismo verdaderamente un régimen fascista? Eso afirmaron desde un comienzo los frentepopulistas, adoctrinados por las incendiarias arengas de «La Pasionaria», quien el 19 de julio de 1936, en el Ministerio de la Gobernación, hacía un llamamiento a la movilización de los milicianos: «¡Obreros! ¡Campesinos! ¡Antifascistas! ¡Españoles patriotas!... Frente a la sublevación militar fascista ¡todos en pie, a defender la República, a defender las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo! […] Todo el país vibra de indignación ante esos desalmados que quieren hundir la España democrática y popular en un infierno de terror y de muerte». En fin, que totalitarios marxistas, dictadores de marchamo soviético llaman a la lucha para defender la «democracia» y las «libertades populares» de la República (sic). «Madrid será la tumba del fascismo»… y todo eso.

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Y de ahí a la eternidad, porque a partir de la Transición volvió la paranoia de ver fascistas no solo en los franquistas, sino incluso en los partidos de derecha, a los cuales hacían herederos del franquismo con el fin de estigmatizarlos frente a la opinión pública. Paranoia que continúa hasta la actualidad, con el guerracivilismo imperante, que no es de ahora mismo, ya que, por poner un ejemplo, en 1996 Felipe González utilizó como uno de los mantras de su campaña la consigna «¡No pasarán!», como si el Partido Popular de entonces fuera el Bando Nacional franquista de la Guerra Civil. Impresionante. Y hoy día no solo se sigue escupiendo esa frase, sino que cada vez se utiliza con mayor profusión.

Responder al interrogante de si el Régimen de Franco fue o no fascista ha motivado un amplio debate historiográfico que, partiendo de posturas encontradas y diversas corrientes interpretativas, ha desembocado en una conclusión unánime: Franco no fue fascista. Da igual la adscripción ideológica del investigador, porque el resultado final siempre es el mismo, con más o menos matices. Esto quiere decir que hoy en día solo llaman fascista a Franco los descerebrados, los aborregados, los manipuladores, los embusteros, los adoctrinadores, los progres que no tienen ni idea de la historia, que se limitan a repetir bobaliconamente las consignas lobotomizadoras.

La unanimidad sobre este punto es tal, que incluso en la misma Wikipedia —la enciclopedia de Soros— se afirma que la catalogación de este régimen dentro del fascismo suele ser rechazada o discutida por parte de los especialistas en el tema.

Y no solamente el franquismo no fue fascista, sino que más bien hay que situarlo en bastantes de sus coordenadas ideológicas justo en las antípodas del fascismo.

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Por unanimidad, todos los autores consideran que el nacionalcatolicismo franquista es el mayor factor que diferencia al franquismo del fascismo, puesto que éste hunde sus raíces en una ideología idealista, vitalista y voluntarista ―en palabras de Stanley Paine―, profundamente pagana, que pretende cambiar y ordenar un mundo sumido en el caos usando para ello la acción, la fuerza de la voluntad, la energía de élites superiores ―el «superhombre» de Nietzsche—, incluso la violencia, creencia que otorga al fascismo una querencia por la guerra y el imperialismo. Es decir, que el fascismo es un movimiento descristianizado, fundamentado en componentes fuertemente sincretistas que después se integraron en la «Nueva Era».

Es ya de dominio público el poderoso influjo que ejercieron en el nazismo las ideologías iniciáticas de sectas donde se hibridaban el pangermanismo con los saberes ancestrales ocultos. Aunque con menor relevancia, también el fascismo italiano estaba imbuido de esa atmosfera iniciática, que describe así Umberto Eco: «Culto de la tradición, de los saberes arcaicos... cultura sincrética, que debe tolerar todas las contradicciones. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos; la fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sion, la alquimia con el Sacro Imperio romano...».

Resulta meridianamente claro que el franquismo, al estar cimentado en el más acendrado catolicismo, no tuvo absolutamente nada que ver con sociedades secretas ni movimientos iniciáticos, por lo cual está exento de cualquier simbolismo oculto, a no ser que alguna mente calenturienta pretenda ver griales en la bandera del águila de san Juan ―que el franquismo heredó de los tiempos de Isabel la Católica―, o en el brazo de santa Teresa que Franco tenía en su dormitorio, o en el yugo y las flechas también isabelinos, remedo castizo de las «fascies» mussolinianas. Y hay que estar loco de atar para ver en la Adoración Nocturna ―a la que pertenecía Franco desde joven― un remedo de la ocultista «Sociedad de Thule», que creó el protonazismo. En definitiva, el nacionalcatolicismo franquista es justamente lo contrario del paganismo fascista.

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Lejos de cualquier oscurantismo o modernismo, la raigambre católica del franquismo no bebía en ninguna filosofía moderna futurista, ni ultraísta, ni modernista, sino en los más tradicionales hontanares de la fe católica, donde el mundo, ordenado por Dios y sometido a él, no precisa de superhombres ni de élites superiores, ni de acciones más o menos violentas para llevarlo a su consumación.

Incluso la Falange, que como ideología y movimiento presenta componentes del fascismo con más claridad, al definirse como católica, estableció una frontera insalvable con el fascismo italiano, hasta el punto de que el mismo José Antonio, durante una visita a Italia, manifestó su repudio por la parafernalia pagana que envolvía al fascismo de Mussolini.

Sin embargo, Franco siempre mantuvo distancias con la Falange, aunque sus principios nutrieran los principios del «Movimiento Nacional», porque desconfiaba de sus proclamas sociosindicalistas, y porque la consideraba demasiado revolucionaria y modernista, por lo cual se sintió siempre más próximo al tradicionalismo carlista, que bebía más en la catolicidad y en las tradiciones patrias.

Como afirman Zaratiegui Labiano y García Velasco ("Franquismo: ¿fascista, nacional católico, tradicionalista?"), citando al hispanista italiano Alfonso Botti, «el nacionalcatolicismo es una ideología político-religiosa que, mediante un discurso legitimador basado en la consustancialidad católica de la Nación española y unas prácticas coercitivas, intenta garantizar las condiciones para que el desarrollo del país pueda realizarse a resguardo de los peligros de revolución y secularización implícitos en la modernización capitalista. Se trataría de una ideología no arcaizante y anti moderna, sino preocupada por filtrar los aspectos evaluados como compatibles con la modernidad (en sus aspectos exclusivamente técnicos y económicos, así como en su dimensión más típica burguesa). Estaríamos ante una concepción instrumental de la modernidad, en la que se aceptan las innovaciones técnicas y la mentalidad burguesa más convencional, pero no la conciencia crítica moderna. El catolicismo victorioso en la Guerra Civil se lanzó a la reconquista espiritual de España y a la construcción de una cultura nacional católica. Este fue el proyecto cultural del franquismo en sus dos primeras décadas».

Continuará...

[¿Sabías que todo lo que está pasando ya estaba escrito?]

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