Filtran una foto de Pedro Sánchez joven con el 'pelocenicero' y camiseta ajustada

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La filtración de una foto del presidente con el típico 'pelocenicero' de quien no ha descubierto a Beckham y un collar de cuentas comprado a un 'hippie' en Ibiza nos retrotrae a la España de Aznar, ese tiempo en que fuimos felices.

La gente, en general, suele arrepentirse de sus pecadillos de juventud, de decisiones que, en su día, parecían bendecidas por la estética dominante -ese gregarismo inconsciente que le lleva a uno a hacerse un tatuaje tribal, dejarse perilla o hacerse un alisado japonés-, pero que pasa el tiempo y te sumen en una agria melancolía teñida de vergüenza. Hagamos una encuesta y descubriremos que, a los españoles, la memoria histórica que de verdad les importa no es la de las cosas fachas, sino la que permitiría quemar las fotos de su errática adolescencia.

Pero hay una excepción, que se llama Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno no sólo no borra su huella digital, sino que la amplía periódicamente y no se advierte ningún movimiento de la fontanería de Moncloa, tan hábil a la hora de urdir relatos, para reescribir la imagen pública del líder. Puestos a agradecerle algo, que no sea que nos haya traído las vacunas -él, personalmente-, sino que haya tenido el detalle de no borrar sus viejos tuits en @sanchezcastejon, greatest hits que regresan cada cierto tiempo como el de aquella pizza cojonuda que se comió o su llamada, tiernogalvanesca de AliExprés y con el verbo mal conjugado, a "ser malos".

Es habitual que, cuando un particular -generalmente de la izquierda- asciende a cargo público, borre su historial de mensajes en redes, ya sea por pudor de esa ingenuidad feliz de los tiempos anónimos sin responsabilidad, o por reconocer que, en otro tiempo, no cumplieron con la pureza de sangre woke que hoy se exige para alejarse lo más posible de la ultraderecha. Pero Sánchez sabe que la gente olvida, y la que no olvida se distrae con la anécdota, lo que permite deslizar suavemente unos indultos, una subida de la luz o una genuflexión ante Von der Leyen.

Este lunes aparecía en Twitter una foto de Sánchez cuando era joven, con corte de pelo cenicero y pectorales como esculpidos por Fidias. Era una imagen en la que el Sánchez presidente -tan aguafiestas- entraba en contradicción con el joven Sánchez -o Yung Sánchez, pues sabemos que le gusta el trap-, y nadie del aparato de propaganda digital de presidencia se dignó a contrarrestar el shock porque, ¿para qué? La imagen era muy de los años de Aznar, ese tiempo en el que fuimos felices. La chica que se abraza al presidente -cuya identidad se desconoce- nos sirve para confirmar lo que siempre se ha dicho del Sánchez previo a escalar en el aparato del PSOE y ennoviarse con la legítima, a saber: que era un bala perdida, un ligón, un experto en chapar garitos.

Esa camiseta ajustada, ese collar de cuentas comprado a un hippie en Ibiza, ese pelo pincho de quien aún no había descubierto a David Beckham, es el resumen de una España que ya no existe: la de las primeras ediciones de Gran Hermano, la de las raves en Monegros para bailar al amanecer con Carl Cox, las excursiones de agosto al FIB porque tocaban Placebo y el boom de los primeros tronistas. Ahora se le acusa de traidor, y el reproche es más grave porque Sánchez fue uno de los nuestros: un bon vivant, un despreocupado del futuro que no atendía a alarmismos ni a lo políticamente correcto, sino que confiaba en el efecto balsámico del ron con cola mientras en el chiringuito sonaba Song 2 de Blur.

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La lista de Spotify de 'música para cagar'

Hace unos años, Miquel Iceta -sibarita japanófilo, por cierto- nos contaba que con Pedro Sánchez no se podía hablar de música, porque era un moderno, y él -fan de Queen, Mina y Paloma San Basilio- no hablaba el mismo idioma; es por ello que departen sobre referéndums. Pero, en realidad, Sánchez nunca ha sido un hípster -Patxi López, que estaba suscrito a Rockdelux, tenía un gusto más refinado-, sino un turista de lo cool que nunca ha llegado a ser activador de tendencias.

Meses atrás, algunos medios de comunicación se hicieron eco de las playlists públicas que Sánchez tiene en Spotify, escondido bajo el alias 115104783, y gracias a esa arqueología del streaming se confirmó lo que sabíamos: que le chifla el garrafón del indie español, cosas como Supersubmarina, Izal o Vetusta Morla. Pero también se destapó que tiene curiosidad por el house tropical, el reguetón y la EDM en selecciones con los títulos de Perreo y Típica playlist para hacerte una tostada, donde suenan cosas de Miley Cyrus, King Africa, Daddy Yankee y Maikel Delacalle. Apenas hay música clásica, y lo más raro que hemos encontrado es un disco de Biosphere -ambient noruego-. Este gusto normie, poco carismático, debería pasarle factura en los sondeos del CIS, pero misteriosamente ahí sigue.

En el perfil de Spotify del presidente hay listas de reproducción que se llaman 'Carlotiñi' -la de su hija-, 'Primarias' o 'Familyyy'. Hubo otra, 'Canciones para cagar', que borró, según cuentan zahoríes de internet que llegaron antes, pero la que mejor describe su relación con la música es 'DCode2014': Sánchez es de los que va a festivales de verano y se memoriza los 'hits' -bien por 'In for the kill', de La Roux- para saber dónde hay que darlo todo. Gracias a Twitter sabemos también que en mayo de 2016 fue a ver a Muse junto con Begoña Gómez, y que compró dos localidades de pista. Eran los tiempos en los que la pasión festivalera no requería viajes en Falcon como el que le llevó al FIB el 21 de julio de 2018, recién estrenado en Moncloa, para ver a The Killers, uno de esos grupos excesivos que radiografían a la perfección sus gustos, en una extraña equidistancia entre Pep Guardiola y los prescriptores de 'Jenesaispop'. Así que deberíamos posicionarnos: "are we human, or are we sánchez?".

Fuente original: El Mundo

El Gobierno declara 'secreto de Estado' el coste del viaje de Pedro Sánchez al FIB

Autor: El Mundo

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