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Mediterráneo Digital | Gente y Televisión

¡Hasta siempre, chatín! Fallece Arturo Fernández

arturo fernandez

Desde hace muchos años, Arturo Fernández había quedado devorado por un único personaje en las tablas el teatro: el de eterno galán, seductor, elegante y divertido. Y muchos aficionados al cine y la televisión solo lo recordarán por ello y por su afán de ofrecer titulares a toda costa al no rehuir el expresar sus opiniones políticas: en 2012 arremetió con exabruptos contra quienes se movilizaban en contra de la política del Gobierno del la derecha y, más recientemente, anunció su negativa a llevar 'Alta seducción' a Cádiz por ser una ciudad gobernada por Podemos. Sin complejos.

Sin embargo, la carrera de Arturo Fernández va mucho más allá de todo ello. Y mucho más allá de un “¡Chatina!”. Antes de convertirse en una figura popularísima del teatro y la televisión, participó en más de 70 películas desde su debut a los 24 años, sin acreditar, en El beso de Judas (1954), de Rafael Gil, con quien trabajaría en otros seis filmes más. El actor se convirtió muy pronto en una presencia constante en el cine español: solo en la década de los sesenta interpretó 30 películas, algunas de ellas convertidas en éxitos tan potentes como María, matrícula de Bilbao (1960), El último verano (1962), Escala en Hi-Fi (1963), Currito de la Cruz (1965), Camino del Rocío (1966), estas dos últimas a las órdenes de Rafael Gil, y No desearás la mujer de tu prójimo (1968), una de las nueve películas en las que fue dirigido por Pedro Lazaga.

Pero los más jóvenes quizá no sepan que Arturo Fernández no solo fue un actor de comedia. Es más, en su momento se reveló como un sólido intérprete dramático y, entre finales de los años cincuenta y la mitad de los sesenta, participó en más de 10 películas de género negro, en la mayoría de ellas dirigido por Julio Coll, responsable del auge en Barcelona de este género. Obras como Distrito quinto (1958) y Un vaso de whisky (1959) revelaban a un actor más que solvente, aunque no fuera poseedor de un amplio registro.

Décadas más tarde, regresaría al cine negro de la mano de José Luis Garci en El crack II (1983). Ese mismo año filmaba Truhanes, en compañía de Paco Rabal. A buen seguro que poco imaginaba que esa película le haría vivir uno de sus éxitos más sonados, puesto que diez años después se convertiría en una serie que le supondría uno de sus más atronadores triunfos televisivos. Telecinco estrenó Truhanes en 1993 y la emitió hasta el año siguiente. Arturo Fernández, aunque ya era un ídolo en el teatro, entró en las casas de los españoles para quedarse, porque en 1996 llegó su culminación televisiva con La casa de los líos, serie de arrolladora aceptación popular que Antena 3 emitió durante cuatro años, entre 1996 y 2000, y que logró mantener una media de seis millones de espectadores, algo que hoy resulta por completo impensable.

Su trabajo le hizo obtener dos TP de Oro y un Premio Iris, que entrega la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión de España. Fue ahí donde Arturo Fernández consiguió incorporar el “¡Chatina!” y el “¡La leche!” al vocabulario de los españoles y también donde se encasilló definitivamente en su papel de maduro vividor, de modos exquisitos y seductor innato, lo que le llevaría más adelante a una suerte de autoparodia actoral en la que siempre pareció moverse a gusto. Fueron años de gloria en los que el actor logró que el público afirmase algo que está al alcance de pocos: “Voy a ver una serie o una obra de Arturo Fernández”.

Su último trabajo para la televisión sería la abortada serie Como el perro y el gato en TVE, en la que interpretaba el doble papel de dos hermanos gemelos, que fue cancelada tras la emisión de solo cuatro episodios. Desencantado con el medio y también con el cine (solo rodó seis películas entre Truhanes, en 1983, y su despedida en 1995 con Desde que amanece apetece), Arturo Fernández únicamente pisó desde entonces las tablas del teatro, en una repetitiva espiral que lo llevó a interpretar definitivamente a un único personaje prototípico. Así, en parte por sus propias decisiones y en parte por un cierto desprecio del cine español, un actor solvente quedó relegado de las pantallas.

Sus galardones son interminables: hijo predilecto de su Gijón natal e hijo adoptivo de Oviedo, consiguió, entre otros, el Premio del Sindicato del Espectáculo al mejor actor en 1961 y 1968, la Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos al mejor actor por Truhanes en 1983 y la Medalla de Honor en 2015, la Medalla del Ministerio de Cultura al Mérito en Bellas Artes en 2004.

Fuente original: El País


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