Condenan a la enfermera del ébola por denunciar la muerte del perro Excálibur

«Es acojonante. Además de que matan a nuestro perro, nos castigan por denunciarlo. Manda narices. Así funciona este país corrupto».

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Teresa Romero, la auxiliar de enfermería que contrajo y superó el ébola en otoño de 2014 -primera persona infectada fuera de África-, ha sido condenada a pagar 2.100 euros por haber denunciado el sacrificio de su perro, Excálibur, por la Comunidad de Madrid.

«Nos parece un auténtico atropello», incide Romero en declaraciones al diario El Mundo. «Matan al perro sin evidencia científica que lo justifique, y cuando les denuncias por ello, no sólo no te dan la razón, aunque no haya ninguna justificación para lo que han hecho, sino que te obligan a pagar a ti, que eres el perjudicado».

La sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid que condena en costas a Romero y a su pareja, Javier Limón, lo hace amparándose en lo que la ley de la jurisdicción contenciosa califica de «mala fe o temeridad».

En realidad, jamás se pudo establecer si el perro estaba contagiado o no, y España ni siquiera contaba con las instalaciones adecuadas para ponerlo en cuarentena. Se le mató por si acaso, y ante la relativa ausencia de doctrina científica sobre su peligrosidad o lo contrario, como admitieron los propios expertos referenciados por la Administración regional.

Romero, que se contagió al asistir en el Hospital Carlos III de Madrid a un religioso infectado y llegado de África, fue ingresada en ese mismo centro el 6 de octubre de 2014. Junto a ella, aunque dio negativo en las pruebas, fue hospitalizada también su pareja, Javier Limón, de forma preventiva.

Ese mismo día -reza la demanda- se pone en contacto con Limón un alto cargo de la Comunidad de Madrid, responsable sanitaria de la crisis, para solicitarle autorización en orden a sacrificar al perro de la pareja, Excálibur, un American Staffordshire de 11 años de edad.

Limón se niega a dar ese permiso «de forma rotunda», y pide que pongan al can en cuarentena. Alega que, al salir del piso de ambos en Alcorcón, con Romero con fiebre y en muy mal estado, él le ha dejado a Excálibur «varios cubos de agua, la bañera también con agua y un saco de pienso de 15 kilos». También le ha dejado, asegura, «la terraza abierta para que haga sus necesidades».

Dice más, según la demanda: «Un perro no tiene por qué contagiar a una persona, ni al revés. ¿O acaso hay que sacrificarme a mí por si acaso? Pero claro, un perro es más fácil: no importa tanto».

En realidad, a Romero y Limón sí les importaba mucho su perro, en cuyos cuidados estaban muy volcados en su vivienda, situada junto a varias zonas verdes, en Alcorcón. De hecho, antes de todo eso, cuando este diario logra contactar con ellos en su aislamiento e identifica en primicia a los afectados por el primer contagio de ébola fuera de África, la mayor preocupación de Limón era su perro: «Lo quieren matar. Hago un llamamiento para que no lo hagan. El perro igual no está infectado y no tiene culpa de nada».

Automáticamente asociaciones animalistas como Igualdad Animal y el Partido Animalista (PACMA) inician una petición de firmas por diversas vías. Una de estas iniciativas recauda en pocas horas en Change.org 375.000 firmas, y otra logra en Facebook 120.000 adhesiones.

Nada de eso salva a Excálibur, que es sacrificado dos días después, el 8 de octubre, por orden del director general de Ordenación e Inspección madrileño, Manuel Molina. Romero, que consigue superar la infección al serle proporcionado suero sanguíneo de una monja que había logrado superar el virus en Monrovia (Liberia), la hermana Paciencia Melgar, lanza junto con su pareja posteriormente una acción judicial para solicitar una indemnización por el sacrificio.

Ambos piden 150.000 euros por la muerte de Excálibur, que fue eutanasiado directamente en el propio piso de la pareja, luego limpiado de forma industrial por los servicios de desinfección sanitaria contratados por la Comunidad de Madrid. Alegan daños morales y tratan de demostrar la ausencia de criterios científicos para matar al perro simplemente alegando un por si las moscas.

Señalan por ejemplo que «el mayor experto mundial en el papel de los perros en los brotes de ébola, Eric Leroy, director general del Centro Internacional de Investigaciones Médicas de Franceville (Gabón)», mantenía que había que mantener con vida a estos canes presuntamente afectados para estudiarlos. Según un estudio suyo de 2001, los perros pueden ser infectados por el virus y quedarían, según él, en estado asintomático.

El propio Leroy realizó en ese momento declaraciones a los medios españoles, pidiendo que se aislara y estudiara a Excálibur. También alegaban Romero y Limón que Estados Unidos, en el caso del perro de la enfermera Nina Pham, también contagiada a la vez que Romero, puso en cuarentena a su perro Bentley y este resultó ser negativo, y sobrevivió al trance.

La Comunidad de Madrid alegó, por su parte, que se solicitó en ese momento opinión a José Manuel Sánchez-Vizcaíno, director del laboratorio de referencia para peste equina y porcina africana de la Organización Mundial de Sanidad Animal, y catedrático de la Complutense. Éste respondió que «no existen muchas publicaciones científicas sobre el tema» y que «los hallazgos inmunológicos evidencian la infección de los cánidos por el virus del ébola con clínica asintomática, no descartándose que pueda excretar partículas virales en orina, heces y saliva por un periodo corto».

Por ello consideró al pobre Excálibur «un factor de alto riesgo» y llamó «a eutanasiar al animal lo antes posible y con las medidas de bioseguridad y biocontención adecuadas».

Tras autorizar un juzgado de Madrid la entrada en el domicilio para el sacrificio, Limón, con Romero en sus peores horas de lucha contra la enfermedad, interpone recurso que detenga el sacrificio. Interviene entonces el Ministerio de Medio Ambiente, que manifiesta que «no existe en España ninguna instalación de nivel de bioseguridad 4 en la que se pueda llevar a cabo la cuarentena del animal». Excálibur está sentenciado.

«Es alucinante que encima te multen por reclamar algo que es totalmente lícito», clama hoy Romero. Ella y su pareja recurrieron la cuantía de la multa, interpuesta en la sentencia, que data de 2017, y la Justicia de nuevo les ha negado, ahora, la razón: si se hubiera aplicado el baremo normal del 10% de la indemnización solicitada, se les habría condenado por más de 15.000 euros para costear los servicios de los letrados de la Comunidad de Madrid, reza el auto de tasación de costas promulgado por TSJ madrileño.

«La verdad es que no entiendo nada, y encima me parece un dinero desproporcionado», termina Romero. Al menos por su piso de Alcorcón corretea desde hace años Alma, la sucesora de Excálibur.

Entidades animalistas recogen firmas para la construcción de una estatua al perro Excálibur en Alcorcón

Mediterráneo Digital
Autor: Mediterráneo DigitalWebsite: https://www.mediterraneodigital.com/
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