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Mar06182019

Última actualizaciónLun, 17 Jun 2019 11pm

España | Cataluña

Mediterráneo Digital visita en la cárcel a Pedro Varela

 pedro varela prision

Tengo la fortuna de tener grandes amigos en toda la geografía nacional, amigos que me han dado la oportunidad de vivir esta experiencia y de conocer en persona a este gran señor que es Pedro Varela.

El primer paso de este periplo es sin duda, remitir mis datos personales al centro penitenciario, que éste apruebe la visita y seguidamente comunicarle al preso si desea recibirme, como no podía ser de otro modo, todo fue aceptado y así se confirma mi visita para el 29 de abril.

Con la certificación de que todo está previsto, me dispongo a buscar modo de desplazarme desde Alicante, donde me encontraba en ese momento, y cerciorándome que efectivamente, los vuelos podían ser modificados por la huelga de controladores aéreos, disparándose los costes de los billetes, por lo que me veo obligada a hacer dos escalas, la primera me llevaría a Madrid, la segunda y ya a mi regreso, sería en Palma de Mallorca.

Salida desde Alicante a las 12:15 del día 28, aeronave que cojo con puntualidad y sin mayor obstáculo, llegada a Madrid a las 13:30. Aquí me encuentro el primer problema de los desastres que se forman con las huelgas aéreas, un retraso de casi dos horas de espera que me hacen llegar a la ciudad de Barcelona sobre las 19:30, estipulando que debía haber llegado a las 16:30.

Recibo el primer mensaje vía whatssap, lugar exacto y la hora donde debemos vernos la mañana siguiente, parada de metro de Vall D´Hebrón. Allí me reencontraría con tres grandísimos amigos, gente de honor y de palabra, amigos en común de Varela y que como yo, venían desde otros puntos de España, con muchos kilómetros en la espalda y apenas sin dormir.

Visita a la cárcel 

Y así fue, mañana del 29, me despierto muy temprano para prepararlo todo y estar puntualmente en el lugar citado. Nos reencontramos, pues alguno de ellos hacía tiempo que no les había visto, concretamente a Belinda, la dulce y espontánea Belinda. Los dirigimos hacía el centro penitenciario, dos varones, Raúl e Iván, dos mujeres, Belinda y yo.

El camino desde Barcelona no es relativamente lejos, pero al llegar a la altura de Granollers se accede por caminos de tierra muy mal y poco señalizados, apenas divisamos un torcido cartel que nos indica: Centro Penitenciario Quatre Camins. Según avanzábamos íbamos subiendo a una pequeña ladera donde se sitúa la monstruosa edificación. Conseguimos llegar a muy buena hora, aproximadamente las 9:05 de la mañana, entrando por un pequeño parking de tierra y alambrada donde dejamos estacionado el coche. De repente, se puso a llover fuertemente y nos vimos obligados a entrar por un sendero de tierra y piedras que nos llevan a la entrada principal.

Una vez dentro, ya conociendo de antemano que las visitas son por turnos de 30 minutos, comenzando la primera a las 9:30 y así sucesivamente hasta las 12:45, que es el último pase.

Lo primero que se debe hacer al llegar, es decir, nuestro primer paso fue identificarnos, en una pequeña oficina con un cristal de seguridad donde una señora nos pide nuestro documento de identidad y que seguidamente nos pregunta si traemos algo para el recluso, en mi caso, yo le llevé un libro de 1887 sobre la vida de Felipe Neri, toda una reliquia que deseo de todo corazón que amenice sus horas, mis otros compañeros y amigos, le llevaron ropa de deporte y algunas cosas más que necesitaba. Objetos que debíamos dejar a la funcionaria de prisión y que ellos más tarde, le entregarían a Pedro, ya que no es posible entrar a una visita con ningún tipo de objeto, así sea una botella de agua, todo, absolutamente todas tus pertenencias debes dejarlas en unas taquillas que con una moneda de un euro, puedes obtener la llave y dejarlo todo supuestamente, a buen recaudo. Digo supuestamente, porque habían bastante taquillas reventadas, y a tenor, de la gente que merodeaba el lugar esperando también ver a sus amigos o familiares presos, no era de extrañar.

quatre camins

Decidimos entonces, que dejaríamos todas nuestras pertenencias en el maletero del coche, excepto evidentemente, las llaves del vehículo y el documento de identidad que nuevamente, deberíamos presentarlo a la hora de pasar por el escáner, donde se nos seria retirado y devuelto una vez finalizada la visita.

Así hicimos, esperamos nuestro turno de entrar, concretamente las 10:30. Una vez pasado dicho control de seguridad de armas y haber entrado nuestros documentos, nos trasladan a otra sala más grande, donde nos reúnen a todos los externos que vienen de visita. Allí conocimos a Marta, una joven de etnia gitana que venía a visitar a su esposo, y ésta nos informa que todos los presos tienen un sistema de tener dinero sin tenerlo de forma física, lo que ellos llaman allí: la llave, que consta como si una ficha de los cochecitos de coque se tratara, una especia de moneda o llave de plástico donde se contabilidad de forma electrónica el dinero que pueden gastar previo ingreso de un externo; familiar, amigo..

En esta llave, se pude hacer ingreso de la cuantía que se desee, pero el preso solo podrá extraer de ella, un máximo de 85 euros a la semana, y que podrán efectuar sus compras con dicha tarjeta en el pequeño supermercado que tiene la prisión. Allí podrán encontrar prácticamente de todo lo esencial pero escasísima variedad. Teniendo por observación que todo es mucho más caro que en el exterior.

¿Pero qué hace este gran hombre aquí?

Por fin llega el momento, se abre una gran puerta custodiada por un funcionario de prisiones que nos indica el paso. Lo primero que diviso son unas cabinas, como si una cabina de teléfono se tratara, pero con tan solo medio metro más de extensión. Una junto a la otra haciendo una hilera de cabinas separadas por cristales blindados. Unas a un lado (visitas) otras al otro (presos), y éstas separadas por un enorme y muy sucio cristal de seguridad con un pequeño orifico de rejillas en la parte inferior para poder comunicarnos.

Al entrar a la cabina, los cuatro que íbamos, me llega un fuerte olor a óxido, pues son cabinas metalizadas totalmente oxidadas, con un pequeño banco, en las mismas condiciones. Como buenos caballeros, nuestros acompañantes nos ceden el minúsculo banco para que nos sentemos nosotras, Bel y yo, a la espera del ansiado momento.

mediterraneo digital carcel pedro varela

De repente se abren las puertas, y vemos pasar uno a uno en fila cada preso que se introduce en la cabina asignada, la nuestra, el número 19, no lo olvidaré nunca. Entre todos esos rostros que circulan delante nuestro y que divisamos a través de esos cristales, vemos a Pedro, con su camisita de cuatros y su chaleco azul marino acolchado. La simple mera visión de este hecho te hace preguntarte, ¿Pero que hace este hombre aquí?, en nada se parece a todo lo que estamos viendo en este lugar.

Entra con una enorme sonrisa, visiblemente feliz de nuestra visita pero le siento un poco cansado, como si no durmiera bien, eso mismo nos dice él a nosotros, que nos ve estupendos pero que nos ve el rostro algo cansado. Creo que todos estábamos en las mismas circunstancias, cansados pero enormemente felices de este encuentro.
Muestra una gran entereza, una fortaleza excepcional, un hombre que intenta ocultar al máximo cualquier atisbo de debilidad. Un hombre que no se separa ni un segundo, ni si quiera en sus visitas, de un buen libro, papel y bolígrafo.

Nos pregunta uno por uno, como estamos, que proyectos tenemos, con una educación y un interés absoluto, sin dejarse esa sonrisa tan sincera que me produce la mayor de las ternuras.

Uno a uno le pone al tanto de en qué cosas estamos, él nos escucha con muchísima atención todo cuanto le decimos e incluso nos da buenos consejos que sin duda, en lo que a mí respecta, los llevaré a cabo.

Ahora queremos saber de él, queremos saber como se siente, como está, pues el tiempo apremia y tan solo son 30 penosos minutos. Él, y siendo muy propio, nos dice que está bien y entre risas nos cuenta que un poco cansado de las comidas que día si y día también hay acelgas y lentejas para comer, que el primer compañero de celda roncaba como un oso y era imposible dormir pero que ahora, tiene un buen compañero. Nos asegura que hace un mes, justo cuando entró, pidió permiso para tener el acceso al gimnasio pero que todavía no había obtenido respuesta.

Le preguntamos que necesitaba y su respuesta fue, únicamente folios y sellos, pero que en el caso de lo sellos, no mandemos hojas enteras, ya que están prohibidas porque los reclusos lo trasforman en drogas, que aunque están más que prohibidas, evidentemente, allí se ve por todas partes.

Yo, no podía dejar de mirarle y de sonreír, porque lo que me transmitía era absolutamente maravilloso, entereza, dulzura, compostura, inteligencia y un alto grado de nobleza. Yo mirada a mi lado derecho e izquierdo, fijándome en los otros presos situados en las cabinas colindantes y regresaba mi mirada a Pedro y de nuevo me asaltaba la pregunta: ¿Pero que hace este gran hombre aquí?

Uno de los miedos que acompaña a Belinda, era que dentro no tuviera protección, pero nos enteramos que en esa misma prisión hay un grupo de chicos a los que el mismo fiscal que llevaba el caso Varela, había conseguido poner pena de 16 años de prisión por una pelea callejera incluyéndoles varios agravantes como banda organizada y delito de odio, casualmente, chicos con una misma visión que Varela, quién quiera entenderme que me entienda, que diría Lope de Vega, esto que ahora llaman facha sin dilaciones a diestro y siniestro.

Estos muchachos, están en otro módulo distinto pero, conocen perfectamente el hecho de que Pedro se encuentra allí, por lo que dispone de su protección, ya que por tiempo ingresados en el lugar, tienen cierta experiencia.

mediterraneo digital prision pedro varela

Pedro sonríe sin cesar, y no deja de hacerlo en ningún momento, agradeciéndonos la visita con la mirada, en cada minuto que permanecimos en esa minúscula cabina. 30 minutos que pasan como 5, y ya percibiendo que la visita se acaba, los cinco, tanto Pedro como nosotros cuatro, empezamos a flaquear aún intentado mantener la entereza, él para que le veamos fuerte, nosotros para que nos vea enteros y poder darle toda la fortaleza posible. Una situación realmente dura cuando vemos llegar al funcionario diciéndonos que se acaba, que debe volver a su celda, una celda que según nos cuenta, es de 3 x 3 metros, no sé si algo más.

Nunca había sentido algo así, la frialdad de una cárcel, ese olor a óxido y humedad por todas partes, esa cabina fría y sucia, que no te permite tocarle y casi ni escucharle, pues la rejilla situada en la parte inferior, apenas traslada el sonido, y había momentos en el que tenías que elegir entre verle, o agachándote situando tu oreja en los orificios, escucharle. Ese gran hermano dentro de este gran hermano en el que vivimos. Absolutamente vigilados en todo momento, cámaras y ojos por todas partes. Un cristal horrible que nos separa de un hombre que no merece bajo ningún concepto ese ensañamiento judicial.

Llega la hora de salir, posamos nuestras manos en el cristal, él posa la suya. Es un gesto doloroso a la par que hermoso. Se siente lleno de energía por nuestra visita, pero por más que intenta ocultar su emoción y nosotros la nuestra, ya se hace más difícil cuando llega el: Hasta pronto.

Abandonamos la cabina y la sala contigua, todos los familiares y amigos de los otros reclusos hacen lo mismo y no dirigimos a recoger nuestro documento y nuestras pertenencias.

Nos dirigimos a otra ventanilla distinta a la ventanilla de registro de visitas. Deseamos saber que cantidad económica tiene Pedro en la llave, apenas unos 35 euros.

Teniendo en cuenta, que tienes que comprar comida en muchas ocasiones porque es incomible, que cada llamada de teléfono, tiene un máximo de 6 a la semana, le cuesta 5 euros, no dudamos por un instante, hacerle ingreso, cada uno lo que pudiera. Es lo menos que podemos hacer, para amenizar este injusto encierro de alguien a quién estimamos y que desde ya, ha ganado mi corazón.

Una vez cercioramos que ese ingreso se ha hecho efectivo, abandonamos el lugar por la carretera empedrada, dónde no puede evitar girar mi cabeza , dejando atrás esa horrible construcción y preguntarme nuevamente: ¿Pero que hace este hombre aquí?

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