
Tenemos en España el mal hábito de adoptar como propias todas aquellas costumbres que nos conduzcan irremediablemente a la chanza, el desenfreno y el cachondeo. Somos un país con una especial sensibilidad e innata predilección para acoger y moldear, a nuestra particular imagen y semejanza, fastos, eventos y chascarrillos varios heredados de la siempre globalizadora cultura anglosajona.
Los españolísimos Reyes Magos o las partidas de moniatos y castañas de las que disfrutaban nuestros padres han sido indiscriminadamente arrasadas de almanaques y calendarios por trineos tirados con renos de tonos coca-cola y vampiros o tenebrosas calabazas disfrazados con toques de un siniestro fatuo carnavalesco. El Halloween americanísimo se impondrá como tantos otros y arraigará en nuestros días hasta convertirlo en cita ineludible en apenas unas décadas.
En España somos capaces de copiar las calabazas fantasmagóricas de Todos los Santos con milimétrica precisión... pero absolutamente torpes y opacos para calcar el orgullo patrio o el respeto a su propia historia de nuestros vecinos yankees; tenemos la virtud innata de reproducir con exactitud suiza las tradicionales fiestas de la cerveza bávaras en nuestras terracistas veraniegas de Benidorm... pero incapaces de copiar la precisión laboral y el sistema de producción alemán. Somos expertos en la fiesta, el baile y la sangría a dispersión, pero absolutamente inútiles a la hora de equipararnos por arriba con nuestros compañeros de viaje occidentales.
El ya socarrado anuncio de la banda terrorista ETA y su 'cese definitivo' de la lucha armada sin disolución ni entrega de armas es la última adaptación patria del ya típico 'truco o trato' popularizado a través de la gran pantalla por los niños en las terroríficas noches de Halloween americanas.

Celebramos con fatuos y rociamos de dulces y pétalos de rosa hasta encumbrar en la más eterna de las deidades a tres encapuchados que, previo mensaje televisivo y con un más que tenebroso currículum de 800 muertos a sus espaldas, nos prometen, a un mes exacto de la ineludible, y más que nunca decisiva cita con las urnas del próximo 20N, entrar en vereda, sentar la cabeza, portarse bien y dejar de apretar el gatillo. Mal que con la virtud no se dediquen ni puedan predicar con el ejemplo.
¿Por qué esta vez sí tenemos que creer a la banda terrorista ETA? ¿Qué tiene de distinto este de los cientos de comunicados de los sanguinarios pistoleros vascos? ¿Qué valor rezuma intrínseca la palabra de un asesino con la capacidad y sangre fría de empuñar sistemáticamente el arma hacia todo aquel que tiene la osadía de no estar en su línea ideológica de pensamiento?
De nuevo, y sustituyendo las tradicionales capuchas y máscaras por las txapelas y los ya populares pasamontañas, el estado se enfrasca en una batalla sin red con aquellos que, en vez de as, guardan en la manga un terrible 9 mm parabellum. El tradicional 'truco o trato' americano al Gobierno de turno... versión verde vascongadas.
Mucho cuidado con el movimiento de fichas que derive del agonizante ejecutivo socialista... o el ya previsible popular que salga de las urnas. Un paso en falso a estas alturas en la lucha contra el terrorismo, además de una terrible afrenta y falta de respeto frente a todos los que dejaron sus vidas y las de sus familiares por el camino, puede sentar un a todas luces peligrosísimo precedente hacia aquellos movimientos paramilitares o de secesión presentes y futuros. Si matar impunemente durante tres décadas puede tener a largo plazo su recompensa política, habrá que tomar nota.
El terror, mal que les pese a algunos, juega siempre con todo el tiempo del mundo por delante.
"Para que triunfe el mal lo único necesario es que los hombres buenos no hagan nada".









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