
Que no se rasguen las vestiduras los más puristas si me atrevo a respaldarme en el amplio altavoz que me confiere mi siempre privilegiado lugar desde esta tribuna editorial para afirmar que el 14 de abril de cada año debería ser declarado fiesta nacional en nuestro país. Mal que le pese todavía a algunos a estas alturas de siglo XXI, y por increíble que parezca, conmemorar la proclamación de la IIª República serviría para dignificar, y porque no también honrar, a toda una generación de hombres y mujeres que dieron los mejores años de sus vidas en pos de hacer realidad los más utópicos de sus sueños.
Dice y nos recuerda el siempre brillante refranero castizo que sólo los pueblos que no conocen su propio pasado, están irremediablemente condenados a repetirlo. La mal llamada Ley de Memoria Histórica, impulsada a bombo y platillo por nuestro desgobierno socialista, nos lleva, como es costumbre en esta España de nuestros días, en el sentido totalmente opuesto al que marcaría el más común y simple de los raciocinios: honrar nuestro legado, recordar y explicar a las generaciones venideras de dónde venimos sería la mejor manera, sin duda, de ayudarnos a comprender y canalizar la más arraigada de nuestras identidades en el camino futuro que debemos todavía recorrer en común.
Vetar la celebración de un acto tan importante y trascendente sin darle carácter institucional en la historia más reciente de nuestro país, es tan cabal como lo es sesgar e intentar borrar, de una tacada, los tres años fratricidas que desembocaron en aquel recordado 18 de julio del 36. Tan coherente e insano obviar la IIª República Española en nuestro árbol genealógico que compartimos como lo sería eliminar dos generaciones del propio por no querer honrar a aquel bisabuelo que murió combatiendo en el frente. Una boutade a la altura de la retirada de los símbolos franquistas que se extiende tristemente como la pólvora a lo largo y ancho de nuestra siempre vilipendiada piel de toro.

¿Por qué apartar de las calles, de las plazas de nuestros pueblos, de lo más privilegiados miradores de nuestro territorio nacional, la simbología que marcó los designios de todo un país durante más de cuatro décadas? Eliminar la estatua del Caudillo, comulguemos o no con su legado, es tan indigno como lo sería obligar a demoler los restos de arqueología romana porque marcan y nos recuerdan irremediablemente decenas de años de invasión. ¿O es que se plantearía alguien a estas alturas la posibilidad de volar por los aires La Mezquita de Córdoba? Al fin y al cabo... ¿también constituye un recodo árabe, no es así?
Apliquemos todos un poquito de coherencia y cedamos siempre por aquello tan socarrado como poco aplicado del bien por el interés común. O seamos egoístas, y protejamos simplemente a capa y espada la herencia de nuestro propio pasado. Al fin y al cabo, y desde la inmejorable perspectiva que nos confiere siempre el paso de la historia, podemos afirmar, sin equivocarnos, que la España actual sería inimaginable sin los años de República, la Guerra Civil y dictadura franquista que se extendió durante más de cuatro décadas y marcó indudablemente a más de tres generaciones. Sólo así, cuando aprendamos a honrar y respetar nuestra propia historia sin resentimientos intrínsecos y enquistados, seremos capaces de afrontar con garantías los retos que nos depara el futuro.
EDITORIAL MEDITERRÁNEO DIGITAL DE MARZO: CARTA ABIERTA A UN CORAZÓN PATRIOTA









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