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La ladrona de libros

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Si bien una actitud de resistencia frente a un poder tiránico puede revestir múltiples formas lo cierto es que, casi irremediablemente, esa idea de resistencia nos lleva a pensar en luchas heróicas y en sacrificios épicos. Resistir es dinamitar una vía férrea en mitad de la noche y de la niebla. Resistir es alzar ciudades como Varsovia o París en defensa de la Libertad. Resistir es organizar huelgas generales frente a una dictadura, entre el café y el humo de tabaco –las insurrecciones y sus halos románticos- propios de las reuniones clandestinas. Brillantes actuaciones que pasan, directamente y por derecho propio, a convertirse en hitos del esfuerzo humano en la lucha contra la opresión.

Sin embargo, existen otras formas de lucha. La lucha silenciosa de los actos individuales que, en franca oposición a los usos sociales imperantes, denotan una actitud de rebeldía y una voluntad de rechazo frente al poder constituído. La negativa individual a la rendición frente a un Estado injusto: acciones de reserva mental que, contra cualquier esperanza y a pesar de todo, mantienen encendida la creencia en tiempos venideros más felices. Muchos creemos que rendirse nunca es una opción. Digo esto porque me ha gustado mucho la película La Ladrona de Libros. Un fantástico film de 2.013 dirigido por Brian Percival, y basado en la maravillosa novela de igual título de Markus Zusak. Una película de oportunísima visión en estos momentos aciagos y oscuros. Todo un ejemplo de oposición silenciosa frente a los tiranos, y de lucha constante –la lucha entendida, en sí misma, como victoria- contra un poder todopoderoso e injusto. Una película bien estructurada desde un punto de vista narrativo, y de una brillante concepción visual. Otra grata sorpresa en un año de grandes películas.

En la Alemania nacionalsocialista –aquella Alemania de la Revolución sin Revolución de las camisas pardas- la realidad es contemplada a través de los grandes ojos de una niña. El duro camino de una niña hacia su vida adulta en un entorno hostil. Alemania a finales de los años treinta. El Estado ocupa, sin fisuras, todos y cada uno de los aspectos de la vida pública y privada de sus ciudadanos: la enseñanza, la calle, la intimidad del hogar, el ocio y cualquier faceta de su existencia cotidiana. La película nos hace sentir, casi desde su mismo inicio, este aspecto opresivo del totalitarismo: de un Gobierno que, en función de una planificación belicista apenas enmascarada en una maraña de retórica pseudorevolucionaria, impone sus criterios políticos, sociales y culturales sin discusión posible. La niña Liesel Meminger es víctima de un modelo político que no conoce la piedad: Liesel es débil dentro de un mundo asumidamente inmisericorde. Niña sin recursos nacida en la marginalidad, es adoptada por el matrimonio Hubermann, Liesel aprenderá el valor infinito de los pequeños gestos de rebeldía frente a unos modelos únicos, y férreamente impuestos, de conducta. Crecerá –año tras año- con la fortaleza que sólo la contestación sabe ofrecer. Oposición silenciosa y digna –y hasta puede que no siempre advertida por sus agentes principales- mantenida contra la Dictadura. Una larga singladura hacia la madurez llevada a cabo en el muy poco propicio mar de la ausencia de libertad. Liesel caminará hacia su vida adulta en sentido contrario al de la sociedad de la que es parte. Liesel afirmará su propia identidad como ser humano pleno y coherente mientras que –a través de una destructiva y terrorífica orgía de inmadurez colectiva- su propio país queda dramáticamente destruído. Tremendas paradojas de las Dictaduras, que propician un fuerte desarrollo individual de la persona –esos crecimientos interiores hacia la madurez que tan sólo pueden darse en ambientes hostiles a nuestros derechos y libertades- mientras que fomentan el mantenimiento del conjunto del pueblo en un calculado infantilismo. Ella crece mientras sus compatriotas, siguiendo un rumbo personal contrario, persisten en actitudes criminalmente inmaduras y políticamente irresponsables.

Sólo en ese contexto pueden apreciarse, en toda su grandeza, estas actuaciones nobles y aisladas. Frente a la visión unilateral de la educación ostentada por el ilimitado poder nacionalsocialista, la pequeña Liesel salvará de la hoguera libros prohibidos y escribirá, en la pared del sótano de su casa, las palabras que aprende a través de la lectura de estos libros. No en vano el libro salvado será El Hombre Invisible de H.G. Wells -¿pero qué demonios tendrían los nazis contra el bueno de H.G. Wells?- ya que, en metáfora asombrosa, parece que haya de ser uno invisible para hacer gala de esta perspectiva cultural alternativa. Frente a la exaltación institucionalizada e indiscutible de la raza aria como raza superior y omnipotente, el niño Rudy Steiner se tiznará la cara con betún y proclamará, a los cuatro vientos, su deseo de ser negro en imitación de su héroe deportivo Jesse Owens.

Frente al silencio cobarde y generalizado de sus conciudadanos, Max Hubermann defenderá a una persona detenida delante de toda la comunidad. Frente al oscurantismo cultural, la niña roba libros de la casa del Alcalde de su ciudad, demostrando que se puede seguir leyendo a pesar de las actitudes políticas esgrimidas por las instituciones: por el propio Alcalde de cuya biblioteca se nutre. Frente a la persecución antisemita, los Hubermann esconderán en su casa al joven judío Max Vanderburg, y ello en pago a una antigua deuda de amistad contraída con su padre. Max le regala a Liesel un ejemplar de Mein Kampf con todas sus hojas tachadas con pintura blanca, con el fin de que la niña pueda escribir encima de ellas las mismas historias que cuenta. Es como si estuviera anticipando –de esta forma- una sociedad futura y más feliz en la que, a través del tachado de las máximas enunciaciones ideológicas del nazismo, se reescriban unos nuevos -y más libres- patrones morales y políticos.

Este es el limitado universo en el que se va desarrollando la infancia de la pequeña ladrona de libros. Un mundo privado que, aunque en apariencia es similar al del resto de los entornos familiares de la ciudad de Molching, oculta un trasfondo de verdadero desacuerdo con el Régimen y de posesión de una jerarquía alternativa de valores. Un hogar donde puede palparse una soterrada, pero constante, rebeldía hacia lo establecido. Resistencia frente a la opresión en un mundo sediento de gestos nobles y de actos de oposición. Esa es, a mi juicio, la conclusión que puede extraerse de La Ladrona de Libros. La de que se puede resistir en todo momento frente a la tiranía: siempre y aunque las circunstancias sean adversas. La de que, aunque sea túnel sea largo y oscuro, pueden venir tiempos mejores. La cuestión está –tal y como lo intuye Liesel Meminger- en saber esperarlos con una adecuada actitud de esperanzada rebeldía. La persistente rebeldía de aquellos que no tragan.

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