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Mar05302017

Última actualizaciónLun, 29 May 2017 11pm

La curiosísima infiltración azul mahón

infiltrat

En España, existe un sector de la izquierda –más o menos amplio- que ya ha decidido no sólo sobre lo qué es el falangismo, sino también sobre lo que debe ser. Un conjunto de profundos pensadores que ya ha determinado no sólo cuáles son y deben ser nuestros objetivos políticos mediatos e inmediatos, sino también cuáles son y deben ser nuestras líneas maestras de actuación pública. En el momento en el que no actuamos conforme a esa idea prefijada -lo cual ocurre muy a menudo como es lógico- este concreto sector político se siente obligado a ofrecer a su público una serie de delirantes explicaciones sobre las razones de nuestra actuación. La izquierdona y su siempre divertidísima –yo os recomiendo leer algo de lo mucho que publican al respecto porque no deja de tener su gracia- interpretación sobre la historia del nacionalsindicalismo y sobre sus postulados ideológicos. Unos pastiches infumables que lo mismo te mezclan a Strasser con Narciso Perales o al General Mola con Giovanni Gentile. Unos pesadísimos e iletrados plastas. Esto no es nuevo. Recuerdo los divertidísimos pollos que nos líaban estos analfabetos en la Sierra de Madrid a raíz de nuestra política de alianzas y apoyos electorales. En cuanto rompes la invisibilidad te atizan. Ahora, los chekafilósofos de la ultraizquierda han vuelto a poner de moda esta cuestión a raíz del respaldo que La Bandera Negra –que, por cierto, NO es una organización falangista- está dando a diferentes iniciativas políticas y sociales consideradas –en una catalogación cada vez más apolillada, inadecuada e inservible- como de izquierda.

Personas de muy buena fe no dejan de pedirnos -más o menos frecuentemente- que contraataquemos estos tochos soporíferos con otros tochos soporíferos. Que contrastemos datos, que barajemos elementos históricos y políticos y que, en definitiva, demostremos expresamente que toda esta mierda ideológica de la ultraizquierda no es cierta y que es profundamente errónea en sus ejes esenciales de planteamiento. Sin embargo, yo creo que perderíamos el tiempo. Perderíamos el tiempo no sólo porque a esta gente le es absolutamente indiferente lo que podamos decir al respecto sino también, y como factor esencial, porque a toda esta banda le falta base cultural suficiente como para comprender correctamente tus posiciones políticas. No sólo no quieren entender lo que escribes sino que -y eso es mucho peor- tampoco son capaces de entenderlo.

Llevamos lustros enfrentándonos a esta cansina cantinela, que sale a la luz cada vez que no nos comportamos como, siempre según estos milicianos de la cultura, debemos comportarnos. Esta concepción se basa en tres afirmaciones básicas: el falangista es un enemigo de la sana clase obrera. El falangista tiene como único objetivo político la esclavitud de la sana clase obrera. El falangista construye un armazón ideológico falso alrededor de las dos premisas anteriores, con el único fin de exterminar –más fácilmente y sin piedad- a la sana clase obrera.

Por estas tres razones, estos pseudotroskos han llegado a una conclusión irrebatible. Cuando nosotros apoyamos a tal o cual movimiento social no lo hacemos en normal ejercicio de un derecho legítimo, sino con un único y exclusivo ánimo de infiltración. Nosotros escondemos nuestra verdadera ideología a los solos efectos de acceder a organizaciones ajenas con fines espúreos. La infiltración azul mahón.

Pero, pese a lo que pudiera parecer a simple vista, los falangistas no somos tontos. Yo no niego que puede haber –los ejemplos los conocemos todos y ellos ya saben sobradamente quiénes son y a quiénes me refiero- dos o tres tontos del nabo. Bodoquines de estandarte, llamados así por la facilidad que siempre han tenido para marchar detrás de una bandera. Con su fátua estulticia, estos tontos de la picha no nos afectan –en absoluto- en la media del nivel intelectual del conjunto. Y es que, con independencia de que exista un elevadísimo porcentaje de frikis –supongo que como en todo grupo humano aunque, al ser tan reducido el nuestro, aquí puedan disimularse menos- y de personas que vienen muy maleducadas de casa –meñiquito levantado, malos modales y una forma muy cutre de encarar las cosas de la vida- no puede decirse que el promedio de la inteligencia de nuestra gente esté por debajo de lo normal.

En lo tocante a maniobras políticas –en el sentido de enfrentarnos a los avatares a veces sinuosos de la vida interna de una organización- nuestros apparatchiks se han manejado siempre con la pericia digna de un embajador florentino. Antes de dejarse levantar los culos del sillón –esos culos cada vez más grandes que tienen nuestros responsables- no vacilan en manejar con esmero el arte de la difamación, la filigrana del ataque anónimo, el recoveco de la extraña alianza, el rédito del trabajo ajeno, el orgullo de la ignorancia, la constancia en el halago inmerecido, el pundonor de la puñalada trapera, la destreza en la aproximación culera, la soltura en la desinformación y la maña en la destrucción de honras y famas. Todo eso -y mucho más- lo saben hacer de forma eficaz y competente muchas personas de nuestro entorno ideológico.

Por eso, es absolutamente falso que nos estemos infiltrando en las organizaciones de izquierda. Porque nos sobra cintura y tenemos pericia como para poder hacerlo de manera perfecta. Porque, si quisiéramos –de verdad- hacerlo, nada sería más sencillo. Bastaría con integrar en estos grupos a un puñadito de personas absolutamente anónimas que, sin mayores reparos, comenzaran a trabajar en la misma dirección de todos los demás. Tal vez -sin duda- ya existan falangistas que lo estén haciendo, no habiendo todavía reparado en ellos -ni lo harán- estos aguerridos defensores de la Fábrica de Tractores. Habrá quién lo esté haciendo pero a nosotros, por fortuna, no nos hace maldita la falta.

Como diría Séverine en Belle de Jour (Luis Buñuel 1.967), la discreción es uno de los pilares fundamentales de este negocio. Lo que resulta totalmente increíble es que intentáramos infiltrarnos por medio del esfuerzo de personas muy significadas dentro de nuestro ambiente político, tales como Ricardo Saénz de Ynestrillas o como yo mismo. Tan increíble que no creo ni que esta curiosísima orquesta roja se lo llegue a creer realmente, porque nadie se infiltra en ningún sitio por medio de personas fácilmente reconocibles.

En la política –como en la vida- siempre se debe comenzar recurriendo a la explicación más sencilla.

En realidad, la historia de nuestra opción política puede ser contada de un modo muy facilito y clarificador. Una breve historia para tontos que ayudaría –a estos aguerridos luchadores de Octubre- a entender mejor las razones de nuestra actuación pública. Contaríamos como el pequeño grupo de revolucionarios que desarrolló su actuación política durante la Segunda República –en defensa de un avanzado programa de profundas transformaciones sociales- fue literalmente sepultado por una avalancha de centenares de miles de -ideológicamente poco fíables- afiliaciones motivadas en la situación política creada en Julio de 1.936. Explicaríamos como fue eliminada físicamente la práctica totalidad de nuestra cúpula dirigente en los primeros meses de la Guerra, y como Franco disolvió por Decreto nuestro partido y lo fusionó con el resto de las formaciones políticas que habían apoyado la rebelión militar de 1.936. Explicaríamos como no fuímos capaces de defender nuestra independencia política respecto a los grandes poderes del nuevo Régimen.

Diríamos como, ante esta integración forzosa, una gran mayoría de falangistas decidió respaldar la actuación del Caudillo pero otro sector -en cambio- rechazó esta unificación. Comentaríamos como, desde esta forzada entrada de los falangistas en el llamado Movimiento Nacional, existieron dos corrientes o sectores que, de un modo u otro, se han perpetuado hasta el día de hoy: los que se identificaban con el Régimen y los que no. Explicaríamos como toda una corriente de pensamiento falangista, absolutamente alejada de los parámetros políticos del Régimen de Franco, desarrolló los grandes ejes de nuestra propuesta en torno a materias tales como la autogestión, la participación ciudadana, la democracia directa o el federalismo. Diríamos que los falangistas que, en 2.014, prestan su apoyo activo a estos movimientos sociales y políticos son los directos sucesores de aquellos que no encontraron su sitio dentro de los parámetros franquistas: de Manuel Hedilla, de Narciso Perales o de Javier Iglesias.

Fácil. Sin engaños y sin complicados planes estratégicos. Nosotros defendemos lo que siempre hemos defendido. Sin complejos ni falsas banderas, y mucho antes de que se originara la situación política por la que atraviesa España en la actualidad. Por eso, no es raro que estemos donde estamos, porque es una consecuencia natural de nuestra peculiar forma de entender la acción política. Porque somos herederos de una sólida corriente de pensamiento que, dentro del falangismo, abrió las largas avenidas de esta forma de entenderlo y de practicarlo. Al lado de los desposeídos, de los humildes y de los descartados, porque cada día estamos más lejos de nuestros bodoquines de estandarte. Y así, varios falangistas –entre los que me cuento- han apoyado el proyecto colectivo, autogestionario y federalista de La Bandera Negra. No somos más que otros ni ostentamos labor de dirección alguna dentro de ese nuevo movimiento político. Lo apoyamos por convencimiento y por una más que evidente sintonía con las ideas que mantiene y proclama. Y si eso no les gusta a estos tontos de izquierda, peor para ellos. Siempre peor para ellos.

Nacho Toledano | 'La Coctelera', el Blog de Nacho Toledano

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