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Sáb12102016

Última actualizaciónVie, 09 Dic 2016 6pm

Grândola Vila Morena: la situación militar

soldados-plomo

El poder no va a ser abandonado voluntariamente por la Corona, o por el Gobierno, o por los partidos o por la Banca. Las personas e instituciones que nos gobiernan tienen la firme intención de mantener las cosas como están. A estas alturas, a nadie puede quedar ya la esperanza de que estas estructuras de poder vayan a cambiar por sí solas, presionadas de forma misteriosa -casi esotérica- por la sola fuerza incontenible de la opinión pública, actuando en conjunción con una total falta de resultados económicos positivos o de signos de recuperación. Por el contrario, están resistiendo perfectamente los embates de los sectores descontentos, sin vislumbrarse perspectivas de cambio. Siguen gobernándonos de forma firme: imponiéndonos sus líneas políticas en línea recta y sin concesiones.

A los falangistas nos gusta escribir sobre la Revolución. A todos los que nos proclamamos revolucionarios nos gusta. Nos gusta escribir sobre los males de la Nación y sobre los remedios que estamos proponiendo: sobre la forma en la que podemos agruparnos, y sobre las propuestas que debemos estudiar y analizar. Queremos que las cosas cambien, pero no estamos haciendo todo lo posible para ello. Las personas que estamos propugnando la apertura de un proceso revolucionario en España -muy distintos sectores ideológicos unidos en torno a unos principios esenciales- nos estamos quedando en la superficie de las cosas. Porque en este camino se no olvida que existen otros factores importantes. Se nos olvida que la finalidad de toda estrategia revolucionaria no sólo es la articulación teórica de unos postulados alternativos. La Revolución también consiste en determinar el tiempo y la forma en la que se va a tener una confrontación directa con los instrumentos defensivos del Estado. Iniciar y culminar un proceso de sustitución de un régimen por otro. Por eso, me temo que nos hemos quedado mirando el escaparate y que no hemos pasado de ahí: observando los acontecimientos -desde fuera- pero sin poder tomar parte activa en una posible solución. El problema reside en la propia inercia de los hechos: estar en una permanente oposición teórica mientras que un poder todopoderoso se encastilla en una posición de dominio también permanente.

Se hace necesario analizar cómo queremos derribar estas estructuras de poder para poner en marcha nuestro proyecto político. Y ello supone hacerse una pregunta incómoda... ¿cómo pasamos de las palabras a los hechos? ¿cómo hacemos para derribar el entramado gubernamental y para traer el modelo social que estamos defendiendo? ¿cómo hacemos para proclamar la República, abrir un proceso constituyente y subvertir este sistema económico injusto?

Siempre que se abandona el campo de las formulaciones teóricas, nos adentramos en un terreno incómodo. Porque no es cómodo entrar en un ineludible debate sobre la utilización de la violencia como motor del cambio social. Porque sigue sin existir otra vía para hacer la Revolución que la utilización de una presión coactiva –mayor o menor dependiendo de las circunstancias- sobre las instituciones del Estado. Empujar hasta que se vayan. Una violencia que lo es en la medida que supone una ruptura planificada con la legalidad vigente.

Este terreno siempre es complicado. Cada vez que se trata abiertamente, uno corre el riesgo de ser tildado de golpista o de enemigo de las libertades ciudadanas. Nada más lejos de nuestros sentimientos profundos y de nuestras aspiraciones públicas. Pero es que ya no estamos hablando de un debate tranquilo realizado dentro de un proceso electoral ordinario. Estamos hablando de un Régimen que se ha desplomado sobre nuestros ciudadanos y que, sobre todo, no es capaz de ofrecer soluciones viables a una seria y profundísima crisis. El indiscutible final de un período histórico que una casta política ineficaz se resiste a dar por terminado. No se podrá salir de esta situación -como se ha escrito ya tantas veces por tantas personas- aplicando las soluciones de siempre ofrecidas por el propio Sistema.

Se viene hablando mucho de esta cuestión. Sobre la forma en la que los partidarios del cambio podrían precipitar los acontecimientos. Se dice que esta quiebra institucional podría venir provocada por grandes campañas no violentas que –al estilo de Ghandi en la India de los años treinta- fueran coordinadas a nivel nacional con el único fin de desestabilizar profundamente el funcionamiento normal de los resortes sociales e institucionales. Se dice que también podría tener lugar una huelga general revolucionaria de carácter indefinido que, consiguiendo una paralización radical de una gran parte de los sectores productivos, precipitara un colapso gubernamental. Se ha teorizado –sobre todo a partir del 15-M y de la llamada primavera árabe- acerca de una presión popular directa obtenida mediante grandes concentraciones ciudadanas realizadas en puntos neurálgicos. Hemos discutido, incluso, sobre la posibilidad de articular una batalla electoral sobre un frente amplio de fuerzas alternativas: el famoso cambio desde dentro. Y también ha comenzado a hablarse –a lo largo y ancho de nuestra castigada Europa- de la posibilidad de aplicar soluciones militares a esta situación de emergencia social: el Ejército como motor del cambio político. La extrema necesidad de muchos de nuestros ciudadanos ha sido, tal vez, el detonante de estos planteamientos que no creíamos -en absoluto- vigentes o aplicables a estas alturas de la Historia. Cosas de la desesperación propia de naciones sin salida aparente, y sin viabilidad política o económica alguna.

Las posturas revolucionarias siempre han hecho gala de un enorme rechazo hacia una intervención militar. No sólo por una más que lógica desconfíanza hacia la institución a la hora de adoptar soluciones políticas, sino por una absoluta discordancia con sus planteamientos políticos. Este rechazo al recurso a la fuerza militar se mantiene -lógicamente- al día de hoy y por todos los sectores de la Revolución. En concreto, yo no soy partidario, como creo que nadie pueda serlo en principio. Nadie quiere adoptar una medida tan grave como esta. Más que nada, también, porque son contadas en la Historia las intervenciones militares que han desembocado en situaciones positivas. Me limito a recoger estas noticias dispersas y a ponerlas sobre el tapete público.

Sin embargo, algo podría estar cambiando muy despacio, ya que estas eventuales soluciones militares no tendrían nada que ver con las soluciones militares a las que -como españoles- estamos tristemente acostumbrados. Se trata de otro tipo de militares y de otro tipo de hipotéticas intervenciones. Ideas extraordinarias nacidas al calor de -por desgracia- situaciones también extraordinarias. Posibilidades de actuación real ante un desastre. Si esto fuera cierto -por ahora simples rumores o pinceladas informativas inconexas- y existieran militares capaces de organizarse para ayudar a terminar con el actual estado de cosas, deberíamos tratar de coordinar estas posibles vías de actuación revolucionaria. Desde el momento mismo en que alguien tiene posibilidades reales de transformar la realidad, estamos apartando la frente del escaparate para meternos en la tienda.

Cuando se habla de una solución militar ya no se está hablando del clásico pronunciamiento al estilo de nuestros espadones de los Siglos XIX y XX. Al menos, desde nuestros sectores políticos. No se hace referencia a un último recurso que, dado ante el Ejército, puedan plantear las instituciones para respaldar y perpetuar un gobierno injusto. Los soldados como valedores armados de las tesis de la extrema derecha y de las posiciones sociales más conservadoras. En esta línea, deben enmarcarse las manifestaciones que, ante el auge del independentismo, han tenido algunos Jefes militares desde la seguridad de su situación de Reserva. Desde un punto de vista interno, no parecen capaces estas posturas de aglutinar en su torno a las posibles variantes del descontento militar. Chispazos de un militarismo anticuado. Desde un punto de vista externo, tampoco son capaces de suscitar la simpatía –y mucho menos la adhesión- de aquellos sectores políticos que están trabajando por el cambio.

Por el contrario, estaríamos hablando de militares -Jefes, Oficiales, Suboficiales y Tropa- que, comprometidos con las necesidades reales del pueblo español, fueran capaces no sólo de traernos la República y de iniciar el nuevo proceso constituyente que estamos reclamando, sino de hacerlo sin afectar al pleno respeto de los derechos y libertades de los ciudadanos -este proceso revolucionario llega para hacerlos efectivos, y no para anularlos- y actuando de forma conjunta a las formaciones ciudadanas que ya han iniciado la rebelión. Es decir, iniciar un proceso constituyente de carácter civil dentro del marco legal de la República. Esta es la solución militar de la que se está empezando a hablar. Aquella que puedan brindar a la Nación soldados que, conscientes de la extrema gravedad de la situación, proceden a utilizar la fuerza para poner punto y final a un Régimen e instaurar otro.

Existen militares posicionados frente a las medidas económicas del capitalismo. En este sentido, se han manifestado los militares portugueses o griegos –por ejemplo, avisando a sus respectivos gobiernos sobre su oposición a ser utilizados en la resolución de conflictos laborales- y ello a través de asociaciones profesionales que defienden sus derechos legítimos. En España también se han producido manifestaciones públicas similares, y estos signos indicarían –al menos en teoría- que existen militares que no están de acuerdo con las medidas del Gobierno, y que lo están empezando a manifestar públicamente. Soldados de España que, poniendo en riesgo sus respectivas promociones profesionales y sus correspondientes salarios, están levantando la voz frente a tanta injusticia. Círculos tradicionalmente herméticos de los que, tan sólo, podemos aventurar hipótesis. No sabemos hasta qué punto son conscientes nuestros soldados de las consecuencias que la recesión capitalista está teniendo sobre nuestro pueblo, de las eventuales alternativas económicas que se están barajando para poner remedio a esta situación oscura y de los distintos movimientos sociales que se están generando alrededor de estas circunstancias adversas. La mayoría de los ciudadanos españoles están preocupados y alarmados, y es de suponer que nuestros soldados también lo están. El régimen político nacido de la Transición y de la Constitución de 1.978 está saltando en mil pedazos en medio de la corrupción, la inoperancia y la pobreza. A nadie se le escapa que la situación es extraordinaria, y que los remedios -para salir de este mortal estancamiento- deben ser igualmente extraordinarios. Qué menos que un reposado análisis de la situación por parte de los que tienen los medios para hacerla cambiar. Y qué menos que una reflexión serena ante las imágenes diarias de la desolación y de las lágrimas de nuestros ciudadanos.

Se han podido observar algunos puntos de descontento impensables tan sólo hace unos pocos años. Algunas de estas señales podrían ser importantes desde la óptica de la Revolución. Otras no lo son en absoluto. ¿Existen estos nuevos militares españoles? ¿existen estos nuevos militares capaces de propiciar cambios políticos profundos? ¿existen militares republicanos y que sean partidarios de profundas transformaciones políticas y económicas?

Porque si es verdad que existen, esta es su cita con la Historia.

 

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