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Dom12042016

Última actualizaciónDom, 04 Dic 2016 4pm

Estas cosas pasan...

patrick

Aquella no una guerra romántica, en el caso de que haya existido alguna vez alguna, aunque lo pareciera. El jovencísimo Capitán Patrick Leigh Fermor, del SOE (Special Operations Executive) de Su Majestad, llevaba un año viviendo en las montañas de Creta. El Ejército Británico Intentaba coordinar el esfuerzo bélico del caótico –pero tenaz- movimiento de resistencia cretense. Reclutados por los diversos servicios de Inteligencia del Imperio, oficiales británicos trataban de llevar el caos a la retaguardia del Eje en el Mediterráneo. Enamorados de la Grecia Clásica, provenientes directamente de los Colleges de Oxford y Cambridge o –simplemente- conocedores del mundo heleno por razones profesionales o familiares –muchas veces entusiástica y peligrosamente amateurs- estos jóvenes eran infiltrados en la Grecia ocupada para continuar la guerra contra alemanes, italianos y búlgaros.

Y aunque Paddy Leigh Fermor conocía perfectamente Grecia –una juventud aventurera le había llevado a participar, pocos años atrás, en la Revolución Venizelista- uno nunca se acostumbraba del todo a la complejidad de su vida política. Sobre todo en Creta donde –a duras penas y unidos tan sólo por el odio a los invasores- convivía una auténtica maraña de organizaciones armadas de ideología nacionalista, monárquica, republicana, comunista o –sin más- dedicadas al robo y al bandidaje tribal al amparo del conflicto bélico. Una tierra dura de combatientes duros, que habían puesto un endeble paréntesis a sus graves conflictos internos en tanto en cuanto persistiera la ocupación extranjera.

Era aquella una guerra sin cuartel de emboscadas y contraemboscadas, de largas marchas nocturnas, de esperas prolongadas en días de ardiente sol y de noches heladas, de piojos y de suciedad, de cuevas y grutas escondidas, de chivatos, confidentes y sobornos, de luces en recónditas playas y de desembarcos clandestinos en la oscuridad, de represalias alemanas sobre pueblos enteros y de ejecuciones sumarias de colaboradores y de prisioneros –apresuradas y confusas- en las afueras de las pequeñas aldeas por las que pasaban, y de combates breves, intensos y sangrientos. Una guerra sucia y cruel en la que, más de una vez, se tenían dudas sobre quién estaba de tu lado y quién no. A años luz de Inglaterra y de las traducciones escolares de Herodoto y de Jenofonte. Alguno de sus camaradas había dicho –restos de aquella pedantería erudita tan en boga en la cada vez más lejana Inglaterra- que ellos ya no leían ni traducían textos de Historia, precisamente porque ahora tocaba hacerla en los valles de Creta. Paddy Leigh Fermor no decía ni que sí ni que no a todo aquello, porque estaba demasiado cansado como para pensar en esas cosas.

El partisano Yannis Tsangarakis le había acompañado todo este tiempo. Eran de la misma edad y habían congeniado casi en el acto. Le había servido de inesperado y leal consejero en estas complicadas cuestiones tribales y políticas cretenses. Era un traductor fiel –hablaba inglés desde su infancia- y era un asombroso guía por las veredas y senderos de cabras por las que su vida transcurría. Yannis Tsangarakis era un combatiente tenaz y valiente: un partisano fiable junto al que se podía luchar con confianza en una guerra de este estilo. El caso es que Yannis y él habían tejido ya los lazos que, recíprocos e invisibles, surgen entre los combatientes dentro del duro marco del peligro. Camarada de armas, Paddy Leigh Fermor profesaba un afecto leal y sincero hacia ese partisano cretense.

Después de una agotadora marcha nocturna –perseguidos de cerca por los durísimos cazadores de montaña alemanes- la partida descansaba a la sombra del muro de piedra de un corral para ovejas. Dormitaban aturdidos por el cansancio y el calor, entre el ruido de las chicharras y el convencimiento de haber dejado atrás al enemigo. Pronto se espabilaron: un niño de un pueblo cercano –uno de aquellos niños nervudos, resistentes y robustos que servían de correo a las guerrillas- llegó con la noticia de que se estaban acercando patrullas alemanas -por dos caminos diferentes- con la evidente intención de cercarlos y de cortar su retirada. Con la rapidez de siempre en estos casos, todos se dispusieron a iniciar –de nuevo- la marcha.

Entonces ocurrió. Revisaron rutinariamente las armas antes de partir. Un cartucho se había quedado en el cargador del fusil de Paddy Leigh Fermor. Al bajar el cerrojo, el cartucho entró automáticamente en la cámara del Lee Enfield reglamentario. Apretó el gatillo para liberar el resorte –un gesto hecho centenares de veces manejando esas armas- y el fusil disparó, acertando a Yannis en el muslo. Paddy había disparado sobre su compañero. No parecía una herida grave pero –al cabo de más o menos una hora- Yannis murió. Se desangró sin que nadie pudiera hacer nada apoyado en aquel maldito muro de piedra.

Murió agarrando la mano de un compungido y perplejo Paddy Leigh Fermor que, entre lágrimas, suplicaba que le perdonara y que no se muriese. Yannis murió con esa entereza ancestral con la que saben morir los hijos de una cultura antigua y austera. Mirando a los ojos de Paddy, y apretando su mano, pudo susurrar un inolvidable no te preocupes Paddy... no es culpa tuya... estas cosas pasan... Lo enterraron a la sombra de dos encinas y –antes de seguir escapando- camuflaron su tumba para no dejar pistas a los alemanes sobre su paso. Y prosiguió la vida, porque quedaban todavía muchos años de guerra. Años de sangre derramada, de acciones valientes y honrosas y –la otra cara de la moneda- de escenas vergonzosas y cobardes.

La muerte del partisano Yannis Tsangarakis se convirtió en un cuento recurrente en las largas noches de las aldeas de la montaña. Dejaba viuda e hijas muy pequeñas. Para unos, no habría sido más que un accidente de los que ocurren diariamente en la guerra. Para otros, se habría tratado de un asesinato deliberado, planeado por los ingleses al objeto de zafarse de un futuro líder cretense para los tiempos de la paz venidera. Salieron a relucir antiguas y arraigadas enemistades familiares entre clanes, así como modernas animadversiones políticas entre los partidos que –en un futuro muy próximo- se iban a enfrentar en una sangrienta guerra civil. Un episodio que, sencillo en apariencia, quedó irremisiblemente enturbiado por esta enredada confusión de cuestiones ajenas. Sea como fuere, la familia de Yannis no quiso hablar –en ningún momento- con el oficial inglés que había sido responsable de su muerte. A pesar de que el mismo Yannis le había perdonado antes de morir, ellos se negaron a hacerlo, así como a tratar con él de cualquier cosa relativa a este asunto.

Llegó la victoria y, con ella, la vuelta de Paddy a una Inglaterra que ya, por lógica, se le había quedado pequeña. Paddy se enamoró y se casó. Comenzó a viajar por el mundo y a escribir libros de viajes. Fue condecorado – a raíz de su intervención en Grecia durante la Guerra- con las más altas distinciones del Imperio Británico. Rehizo su vida como pudo y como le dejaron, como tantos y tantos otros excombatientes que habían sobrevivido y regresado a sus hogares. Le pasaron cosas. Tuvo hijos y distintos trabajos y la guerra iba quedando –paulatinamente- muy lejos en la distancia del tiempo y del olvido.

Sin embargo, Paddy se acordaba casi todos los días de Yannis. Era entonces cuando –retornando a los escenarios, olores y sonidos de Creta-  aparecía el partisano en sus noches como un viejo fantasma de esa intensa etapa de su vida. Una y otra vez,  Paddy repetía los movimientos mecánicos que había hecho con su fusil aquella desgraciada mañana. Se preguntaba –de forma insistente en sus noches de insomnio- si hubiera podido hacer algo que evitara ese disparo y esa muerte. Se torturaba sobre la existencia de ese cartucho que no supo apreciar aquel día. Paddy no encontraba excusa para lo que había ocurrido, y no dejaba de culparse –sin ninguna piedad para sí mismo y sin considerar ninguna otra variante- de aquel disparo. Se culpaba de haber matado a Yannis. De haber acabado con la vida de una de las personas más buenas, desinteresadas y nobles que había conocido nunca. Y, a pesar de haber matado mucho durante aquellos años oscuros y violentos -y de haber visto cosas que ningún ser humano debería ver jamás- sentía remordimientos insalvables por aquello.

Esta historia no termina aquí -en los abismos del remordimiento- y tiene un final luminoso. Este final no repara el daño –la pérdida insustituíble y trágica de una buena persona- pero cierra un capítulo de este particular y doloroso libro. No sé si este relato tiene o no su correspondiente moraleja. Pero es bonito de contar, porque trata sobre la esperanza y sobre el perdón: sobre la capacidad del ser humano para cerrar viejas heridas.

Treinta años más tarde, Paddy y su mujer –Joan- recibieron una maravillosa carta. Contenía no sólo una invitación al bautizo de la nieta del partisano Yannis Tsangarakis, sino una solicitud formal para que fuera el padrino de la niña. La invitación decía que la niña se llamaría Joanna en atención al nombre de la mujer de Paddy. La familia de su camarada muerto quería cerrar –con ese gesto increíblemente hermoso y digno- las viejas heridas del pasado. Aquel nuevo viaje a Creta fue distinto a todos los demás. Durante la emocionante ceremonia, Paddy pensó –mientras miraba a la pequeña que sostenía entre sus brazos sobre la pila bautismal- que todo aquello empezaba a tener sentido, y que la vida escribe extrañas y dolorosas historias que luego –pasado el tiempo- llegan a encajar perfectamente en el particular rompecabezas de cada uno. Veía en la mirada de la niña la misma mirada profunda de Yannis y, por primera vez en mucho tiempo, se encontraba tranquilo y en paz consigo mismo. Era como si el propio Yannis le mirara a través de los ojos de esa niña. Incluso llegó a apreciar en ella su misma sonrisa. La misma sonrisa de su amigo que -pasado el tiempo- había guardado en su memoria.

Podía escuchar –con absoluta nitidez y como si le tuviera delante en ese momento preciso- la voz de Yannis repitiéndole no te preocupes Paddy... no es culpa tuya... estas cosas pasan...

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